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Jueves , 21.02.2019 / 11:13 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Cada libro, todos los libros

Augusto Chacón

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Una pared de la que no se ve el color con el que está pintada. Una pared atravesada por repisas de madera. Una pared que perdió su índole de componente de la estructura de una edificación y ganó la más considerable de librero; pared sostén del techo, división de estancias y asiento de adminículos para estar en otros mundos, pasados o futuros, reales o ficticios; adminículos distintos en color, en textura, en tamaño e idénticos en el concepto que les da sentido: libro. Una pared librero, de cualquier dimensión, es retrato de familia, seña de identidad, es una manera de decir: mira quiénes somos, de uno en una, y de dónde venimos.

Un librero, con muchos o con no tantos libros es un cuerpo entero, aunque cada volumen de los que lo conforman no necesita a sus vecinos de tapa para contener la totalidad que le es exclusiva; es independiente hasta que quien lo lee no puede evitar ponerlo a dialogar con los demás que constituyen la colección. Así sea arbitraria la mezcla, lo que con el tiempo recordamos es el librero completo, las veces que recurrimos a él a pesar de que tenía al poeta de rima empalagosa junto al Atlas que unos meses después de ser colocado ahí perdió vigencia merced a otra clase de arbitrariedad, la de la geopolítica; pero esto lo sabemos después, cuando por uno de esos misterios de la memoria regresamos a detalles pretéritos de nuestra vida y el librero aparece al centro: qué fue de cada libro, es decir, de esa particular circunstancia en que nos acompañó; no es raro que cierta ansia se nos instale por volver a tenerlo en la mano o por simplemente verlo en su hábitat natural otra vez, en el librero, o mejor dicho, en ese peculiar anaquel que sin darnos cuenta, seguramente sin proponérnoslo, construimos para los libros que dejan de ser un objeto con todo y que nunca cesamos de añorarlos como cosa tangible.

Tan poderosa es la presencia física de los libros que la intolerancia secular tiene entre sus ejercicios favoritos la quema de ellos; en el siglo VI el pontífice Gregorio I ordenó quemar ejemplares, con obras griegas y latinas clásicas, de la biblioteca de la casa de los papas en Letrán; el misionero Diego de Landa, en el siglo XVI, en el auto de fe de Maní, en lo que hoy es Yucatán, hizo una pira con códices mayas; los nazis y otras manadas de su ralea hicieron lo mismo en el siglo XX. La prohibición para que ciertos libros migren ha sido una constante a lo largo de la historia, pues persiste sólida la creencia en que el objeto libro y las ideas abstractas que presumiblemente contiene, son una sola entidad; entonces, al incinerar al primero las otras se ayuntan con el humo y desaparecen. De ahí que los libros, los hechos con cartón, papel, tinta e hilo no dejen de atraernos, de ahí que la imagen de un librero sea tan grata para la mayoría; una cierta libertad, una cierta rebeldía y una dosis de secretos pensamientos de los que brotan al leer (muchos nunca los confesaremos) nos guiñan desde la acumulación de lomos multicolores.

Pero, lejos del librero pululan otros libros. Muchos, inabarcables, si nos asomamos a la FIL. No es así del todo; son unos cuantos los que están para cada uno de nosotros, y el momento en que los encontramos es magnífico: de inmediato sabemos que ya nada nos podrá separar (ni el prejuicio básico: “no robarás”). Pocas sensaciones tan agradables como tener un libro de estos entre las manos y sentir que es hermoso; un caso reciente, claro, personal: El Llano Grande. Un recorrido por el territorio rulfiano, texto de Juan José Doñán, fotografía de Rubén Orozco y compuesto por Avelino Sordo Vilchis (lo editaron la Secretaría de Cultura de Jalisco y Rayuela, Diseño Editorial). Libro bellísimo en todas sus partes; las pruebas para su degustación, para el inicio de su camino hacia cada pared-librero-historia personal serán el lunes 27, a las ocho de la noche en la Casa Iteso Clavigero.

agustino20@gmail.com

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