¿Qué pasa cuando quien construyó buena parte del mundo digital que hoy cuestionamos nos pide que lo dejemos avanzar sin demasiadas reglas?
Mark Zuckerberg, dueño de Meta, publicó su manifiesto, una suerte de defensa a lo que llamó la superinteligencia personal: agentes de IA capaces de entender nuestros objetivos, cuidar nuestra salud, ayudarnos a trabajar y hasta planear una receta. La promesa: máquinas que nos quiten carga de encima.
La IA nos hará más libres, dice Meta, aunque para lograrlo necesita cada vez más información personal.
Zuck también pide menos obstáculos regulatorios, bajo el argumento de que una regulación centralizada podría frenar la innovación y hacer que Estados Unidos pierda ventaja frente a otros países. Pero cuesta no levantar una ceja cuando quien lo plantea dirige una compañía que se beneficiaría de tener el camino despejado.
Pero, hay otra contradicción. Zuckerberg presenta la IA como una herramienta para ampliar las capacidades humanas, pero Meta también la ha utilizado para sustituir tareas y puestos de trabajo. Entonces, ¿la IA libera al ser humano o hace más eficiente a la empresa?
Probablemente ambas. Ahí está el debate.
Facebook, Instagram y WhatsApp demostraron que una plataforma puede convertirse en parte de la vida cotidiana de millones. El crecimiento de Meta también se apoyó en moverse rápido y escalar productos antes de que la regulación pudiera alcanzarlos.
Por eso conviene leer completo el manifiesto, pero no confundirlo con una profecía.
La inteligencia artificial puede abrir oportunidades. Pero pedir que avance con menos restricciones porque “beneficiará a todos” obliga a una pregunta incómoda: ¿quién decide qué riesgos estamos dispuestos a aceptar?
Sin duda, cuando una empresa que se ha beneficiado enormemente de la libertad del mundo digital pide todavía más libertad, quizá no estamos escuchando un discurso neutral sobre el futuro. Estamos escuchando a uno de sus principales interesados.