¿Nos ayudará de algo desactivar los algoritmos basados en interacción? La pregunta toca uno de los temas más sensibles de internet: ¿quién decide lo que vemos al abrir una red social, nosotros o una máquina que aprendió de nuestros clics?
Australia está a punto de convertir esa discusión en un experimento nacional. El gobierno presentó My Feed, My Way, una propuesta que obligaría a las plataformas a ofrecer a los usuarios la posibilidad de elegir entre un feed personalizado por algoritmos o uno que muestre únicamente publicaciones de amigos y creadores que decidieron seguir.
La diferencia parece menor, pero no lo es. Hoy varias plataformas permiten desactivar recomendaciones, aunque la opción suele estar escondida entre menús. Australia pretende colocarla frente al usuario y convertirla en una elección visible.
¿Y qué pasaría si millones de personas dejan de consumir el contenido que una plataforma selecciona para mantenerlas conectadas? Ahí está el verdadero interés. Permitirá verificar si la recomendación algorítmica contribuye a amplificar desinformación, contenido agresivo o materiales dañinos, pero también si el hecho de no tenerla modifica la manera en que descubrimos información.
La propuesta forma parte de una regulación más amplia sobre seguridad digital. También contempla medidas frente a funciones consideradas adictivas y contenido dañino para menores. Las plataformas enfrentarían sanciones de hasta 109.2 millones de dólares australianos.
Pero hay una paradoja. El algoritmo no solamente decide qué mostrar: también resuelve un problema de abundancia. Sin curaduría automática, el usuario podría recuperar cierto control, pero también enfrentarse a un flujo menos relevante. Desde Instagram se ha cuestionado que un feed sin recomendaciones pueda saturarse de contenido de marcas.
Por eso, el caso australiano será interesante más allá de sus fronteras. No se trata únicamente de apagar un algoritmo, sino de comprobar cuánto poder estamos dispuestos a devolver al usuario.
Tal vez el problema no sea que las redes tengan algoritmos, sino que nos acostumbramos a no preguntar quién decide lo que aparece frente a nuestros ojos.