En la obra Solo en Berlín, el escritor alemán Hans Fallada retrata la vida cotidiana bajo el nazismo no desde los grandes gestos heroicos, sino desde la resistencia mínima, casi invisible, de ciudadanos comunes que se atreven a disentir. Otto y Anna Quangel, protagonistas de la novela, expresan su oposición al régimen a través de postales anónimas que denuncian la mentira, la violencia y la obediencia ciega. Su lucha no busca derrocar al poder, sino preservar la dignidad moral en un entorno donde el miedo ha sustituido al pensamiento crítico.
Esta forma de resistencia silenciosa guarda ciertos paralelismos simbólicos con la oposición que hoy existe en México frente al proyecto político del partido que está en el poder, sin incluir a los partidos de la oposición. En un contexto democrático, sin duda distinto al totalitarismo nazi, la oposición mexicana enfrenta una narrativa hegemónica que divide entre “pueblo” y “adversarios”, y donde la crítica suele ser descalificada como traición, conservadurismo o corrupción, se les califica de fachos.
Como en la novela de Fallada, muchos opositores no se sienten representados por estructuras fuertes, sino que actúan desde la dispersión, la crítica individual y, en ocasiones, desde una sensación de aislamiento político y social.En Solo en Berlín, el régimen no solo persigue a los disidentes, sino que logra algo más profundo: que la sociedad los ignore o los denuncie. De manera menos extrema, en México se observa cómo una parte de la oposición queda marginada del debate público efectivo, reducida a una simple caricatura, incapaz de articular una narrativa alternativa que conecte con las mayorías.
Hans Fallada sugiere que la verdadera victoria del autoritarismo no es el castigo, sino la normalización del miedo y la apatía. En ese sentido, la novela funciona como una advertencia: cuando la oposición renuncia a la ética, al pensamiento crítico o a la empatía social, queda condenada a la irrelevancia. En México, el reto de la oposición es reconstruir, a través de la sociedad civil, una voz moral limpia, creíble, capaz de dialogar y que pueda terminar con las élites, abusos y promesas incumplidas.
Así, en Solo en Berlín se recuerda que la disidencia corre el riesgo de quedarse sola, hablando al vacío, como las postales de los Quangel que caían en manos indiferentes, pero que aun así afirmaban una verdad esencial: resistir también es negarse a guardar silencio. Aunque parece que los gestos de resistencia parecen inútiles, Neruda nos recuerda que ante la adversidad, se podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la llegada de la primavera.