Ha finalizado 2025. Es el primer día de 2026. Más que por fechas precisas, hoy el mundo se mueve por fenómenos geopolíticos visibles. De ahí la importancia de comprender lo que ha sucedido en el año que concluye para, así sea en principio, prever lo que va a suceder en el que inicia.
2025 fue un año convulso. En lo económico, el dólar cerró con su mayor caída anual desde 2017. El dato es más que financiero: es político. Cuando la moneda que aún articula reservas, deuda y comercio se debilita, no cae un índice; se encarece la gobernanza global.
En lo comercial, la prueba de estrés tuvo fecha y eslogan. Donald Trump sacudió al mundo el 2 de abril con su “Día de la Liberación”, una imposición arancelaria global del 10%. El episodio dejó una lección clara: la globalización ya no se discute en foros multilaterales, se reescribe en decretos unilaterales, no sólo desde Estados Unidos, sino desde múltiples centros que buscan convertirse en epicentros de poder.
En lo regional, América Latina y el Caribe atravesaron un 2025 complejo, marcado por presiones arancelarias, tensiones migratorias y, sobre todo, por la decisión estadounidense de recuperar su hegemonía regional bajo una renovada Doctrina Monroe. Así, la región se volvió a convertir en tablero y no en jugador.
En los mercados, 2025 fue un manual de fe. La lección no es moral, sino operativa. En épocas dominadas por grandes relatos como la inteligencia artificial, el nearshoring y las criptomonedas, el precio deja de reflejar valor y se convierte en percepción: sube porque sube, hasta que deja de hacerlo.
¿Y 2026? Seguramente será la traducción de tres vectores nacidos en 2025.
Primero, dinero desconfiado. Un dólar débil implica más coberturas, mayor diversificación y un apetito selectivo por mercados emergentes. En la práctica, esto se traduce en crecimiento difícil, con menos inversión de largo plazo, para mantener la liquidez en caja.
Segundo, el comercio como arma política. Los aranceles ya no serán excepción, sino régimen. Habrá ganadores por sustitución de importaciones y perdedores por represalias. La estrategia no será exportar más, sino exportar distinto.
Finalmente, la volatilidad se institucionalizará. El mundo entra a 2026 con liderazgos tensionados, oposiciones radicalizadas, guerras activas y otras gestándose. La estabilidad, aquello que más se busca, es lo que menos se verá. El riesgo país será, más que un cálculo, una narrativa.
Por eso, toca prepararnos. En 2026, la ventaja competitiva, personal, empresarial e institucional, será aprender a pensar mejor bajo presión, a cada segundo, en cada momento, a cada despertar. Y esta es la prospectiva anual de tu Sala de Consejo semanal.