La política dejó de ser, hace tiempo, una disputa racional por programas de gobierno. Hoy es, cada vez más, una batalla por emociones disponibles: miedo, hartazgo, orgullo, rabia, esperanza, pertenencia. Esto es algo que Colombia acaba de recordarnos con una claridad brutal.
Hace algunos meses casi nadie preveía que Abelardo de la Espriella pudiera ganar la Presidencia de ese país. Su candidatura parecía más una irrupción excéntrica que una ruta viable hacia la Casa de Nariño. Sin embargo, ganó. Y no ganó solamente por lo que propuso, sino por lo que logró activar en el sistema nervioso de una parte suficiente del electorado colombiano.
Su campaña entendió algo que muchas fuerzas políticas alrededor del mundo siguen subestimando: antes que convencer, la política contemporánea debe conmover. Abelardo construyó símbolos, gestos, e imágenes. Se presentó literalmente como un tigre, capaz de ser el reverso del gobierno saliente, el castigo a lo injusto, la ruptura con lo inaceptable y la restauración de la sensatez. Pero no solo desde lo analítico, sino desde lo pasional. Abelardo tiene una oratoria impresionante y argumentos contundentes, pero su voz no le habló sólo al cálculo ciudadano; le habló al cansancio, al enojo, a la sensación de pérdida de control y al deseo de orden.
Desde el espacio de la neuroemoción, su triunfo puede leerse como el resultado de una campaña que redujo la complejidad del país a códigos sentimentales simples y poderosos. En sociedades saturadas de información, el cerebro ya no procesa plataformas extensas: reconoce amenazas, identifica enemigos, busca tribu y recompensa certezas. La razón llega después, sólo para justificar lo que la emoción ya decidió.
Por eso la polarización no fue un accidente de la campaña; fue parte de su arquitectura. Al intensificar contrastes, el mensaje obligó a elegir entre identidades opuestas. En ese clima, los partidos de centro prácticamente desaparecieron de la votación, porque el centro suele hablar en matices y las sociedades emocionalmente encendidas interpretan el matiz como cobardía.
Pero ganar una elección no es lo mismo que gobernar un país. Ese será ahora el enorme reto de Abelardo: comprender que sólo la mitad del electorado votó por él, pues la diferencia fue de apenas 250 mil votos y el país quedó partido en dos. En una Colombia tan enfrentada, su victoria será insuficiente si se convierte en mandato de facción. Para tener gobernabilidad, deberá gobernar para todos. El Tigre deberá cumplir las feroces propuestas de campaña que convencieron a los suyos, pero también deberá abrazar a los contrarios, que desconfían profundamente de él. Sólo así el símbolo podrá convertirse en Estado. Esta es la opinión electoral de tu Sala de Consejo semanal.