La participación de Argentina en la Copa Mundial de Fútbol dejó un sabor amargo. Para los argentinos, por haber perdido una final que creían destinada a ganar. Para el resto del mundo, por descubrir que detrás de una selección admirable existe también una cultura futbolística abominable, que no sabe diferenciar la pasión de la matonería.
La absurda actitud del equipo argentino después de la derrota frente a España fue solo el desenlace. Durante el torneo hubo acusaciones de insultos racistas, agresiones y violencia de aficionados y jugadores. En la final, Argentina recibió seis tarjetas amarillas y una roja; después llegaron los golpes y los jugadores remataron dando la espalda a la celebración española. Estos no fueron episodios aislados: proyectaron una forma de entender la vida en la que vencer justifica todo y perder convierte al adversario en enemigo.
El fútbol ocupa en Argentina un lugar que rebasa ampliamente al deporte. El historiador Mark Orton lo describe como uno de los principales símbolos de identidad nacional: una herramienta que integró inmigrantes, construyó argentinidad y proyectó al país ante el mundo. La psicología social ayuda a explicar el resto. Cuando una comunidad deposita su autoestima en un equipo, sus triunfos se viven como superioridad propia y sus derrotas como humillación personal. Ganar equivale a valer; perder a dejar de existir.
Esa relación ha producido una selección de fútbol extraordinariamente exitosa, que sin embargo está respaldada en una identidad patológica: agresividad, arrogancia, odio y la incapacidad de respetar a los demás. Detrás aparece además una paradoja nacional. Argentina fue uno de los países más ricos del mundo en 1913, sólo para convertirse en un país en el que en 2002 el 60% de su población vivía en la pobreza y 25% en la indigencia. Es un país marcado por crisis recurrentes que, incluso después de sus recientes avances, mantiene una inflación superior al 30 por ciento para 2026 y un deterioro de la calidad de vida. En ese contexto, es que el fútbol ha ofrecido una grandeza inmediata frente a una realidad nacional mucho menos satisfactoria.
Por supuesto, esto no define a todos los argentinos. Millones son personas sensatas, educadas y ajenas al fanatismo. Pero en un Mundial hablan quienes ocupan el megáfono: aficionados, dirigentes y jugadores. Y quienes lo ocuparon esta vez proyectaron algo terrible: una autoestima colectiva bajísima, que necesita humillar para sentirse viva. Argentina perdió una copa y perdió el respeto del mundo. El desafío ahora quizá sea aprender a no perderse a sí mismos en cada competencia. Es la reflexión antropológicamente austral de tu Sala de Consejo semanal.