El Estrecho de Ormuz es la fiel demostración de que, incluso en la era de la tecnología bélica, la geografía sigue mandando. En su punto más angosto, Ormuz es un pequeño espacio de mar, de apenas 33 kilómetros, que separa a Irán de Omán. Por ahí pasan algunos de los mayores buques petroleros del mundo, confinados a dos carriles de navegación de apenas dos millas cada uno.
Su importancia geopolítica nace precisamente de esa estrechez. Irán no necesita dominar el mar para dominar el estrecho: desde su costa e islas puede utilizar misiles, drones, embarcaciones y minas para impedir el paso. Estados Unidos, en cambio, necesita mantener abierta la ruta para proteger a sus aliados, preservar la libertad de navegación y evitar que Teherán convierta el suministro energético mundial en instrumento de coerción.
Ormuz es, además, una arteria económica global. En 2025 transitaban por ahí alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, cerca de una quinta parte del consumo mundial, además de más de 20% del comercio global de gas natural licuado. Por eso es que no hace falta cerrar el estrecho por completo: basta elevar el riesgo de transitar por ahí, para encarecer seguros, fletes y petróleo.
Washington ha desplegado una enorme capacidad militar alrededor de Ormuz. En estos meses, se ha dedicado a limpiar minas, escoltar buques comerciales, bloquear exportaciones iraníes y atacar sus radares, defensas aéreas y capacidades marítimas. El Presidente Trump afirma que Estados Unidos controla el estrecho. Militarmente, tiene argumentos. Estratégicamente, la afirmación es incompleta.
Y es que controlar Ormuz no significa solamente tener los buques más poderosos. Significa garantizar que ningún misil salga de la costa, ninguna mina llegue al agua, ningún dron alcance un petrolero y, sobre todo, que navieras y aseguradoras crean que cruzarlo es seguro. Eso exigiría neutralizar permanentemente una geografía que favorece a Irán: algo que no se ha logrado. Una cosa es patrullar el estrecho; otra muy distinta, dominarlo. Y es justamente ahí que reside la paradoja. Para Washington, Ormuz es una vía que debe permanecer abierta. Para Teherán, cerrarlo es su principal palanca frente a un adversario mucho más poderoso.
Y por ello, Ormuz recuerda una vieja lección de Sun Tzu: los buenos combatientes primero se colocan fuera del alcance de la derrota y después esperan la oportunidad de vencer. Irán no necesita derrotar a Estados Unidos. Le basta con impedirle transformar su enorme superioridad en una victoria definitiva durante un largo tiempo, para quizá entonces prevalecer. Y esta es la lectura naval de tu Sala de Consejo semanal.