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Algo en el mundo actual es innegable: la inteligencia artificial necesita reglas. Pocas tecnologías concentran tanto poder para transformar economías, modificar sociedades o alterar el equilibrio geopolítico como la IA. Discutir sus límites éticos, la protección de la privacidad o la responsabilidad de quienes la desarrollan no solo es pertinente: es indispensable. Lo que, sin embargo, resulta mucho más discutible es quién debe encabezar esa conversación.

Esta semana, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, volvió a advertir que la inteligencia artificial podría superar a la humanidad y urgió a establecer un sistema global de gobernanza para esta tecnología. El planteamiento parece razonable, salvo por un detalle incómodo: hace mucho tiempo que la humanidad rebasó a la propia ONU.

Mientras el mundo protagonizaba la revolución digital, la inteligencia artificial y la mayor competencia tecnológica de la historia, la ONU fue perdiendo relevancia. No sólo dejó de influir en los grandes asuntos internacionales para los que fue creada, sino que nunca logró convertirse en una voz autorizada en materia de innovación, quizá justamente por su incapacidad para adaptarse al cambio. Hoy, la ONU observa los cambios más de lo que los conduce. Por eso, aunque insista en opinar sobre el futuro tecnológico e incluso vaya más lejos y busque gobernarlo, su autoridad pesa cada vez menos, incluso en los temas que le son propios.

De algún modo, no sorprende que esta visión provenga de un político europeo, que es lo que es Guterres. Durante décadas, buena parte de ese continente ha privilegiado la regulación tecnológica sobre la creación tecnológica. El resultado es visible: Europa conserva universidades extraordinarias, centros de investigación de primer nivel y una enorme tradición científica, pero su presencia entre las grandes empresas tecnológicas del mundo es insignificante. Solo 14 de las 100 mayores empresas tecnológicas en el mundo son europeas. Evidentemente, regular sin innovar no es otra cosa que una pobre estrategia defensiva.

Nada de esto significa que la inteligencia artificial deba desarrollarse sin límites. Al contrario. La discusión sobre transparencia, propiedad intelectual y seguridad infantil es urgente, pero las reglas más eficaces no vendrán de quienes hace rato dejaron de competir en la frontera tecnológica. El futuro de la inteligencia artificial difícilmente será diseñado por políticos que nunca la construyeron. Primero innovan las sociedades; después legislan las instituciones. Invertir ese orden suele producir más burocracia que progreso, como lo ejemplifica con lamentable claridad el triste caso de la ONU. Esta es la cruda reflexión digital de tu Sala de Consejo semanal.


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Arnulfo Valdivia Machuca
  • Arnulfo Valdivia Machuca
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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