Imagínese esto. Son las cinco de la mañana del miércoles pasado. Las calles del poniente de Torreón están sumidas en la oscuridad.
De pronto, las cámaras del C2 detectan una silueta increíble sobre la calzada Industria: dos hermanitos, dos niños pequeños, deambulan completamente solos en medio de la noche ¿Su transporte? Un patín eléctrico.
Por la sencilla razón de que son —literalmente— menores de edad, llamemos a estos hermanitos "Ana y Pedro" de 10 y cinco años respectivamente.
De inmediato se envió una patrulla de Seguridad Pública. Cuando los oficiales interceptaron a los niños, en medio de la penumbra; los arbotantes seguían encendidos.
Al preguntarles qué hacían a esas horas de la madrugada, los menores —entre la inocencia y el desconcierto— se limitaron a responder que estaban jugando.
¿Jugando en un puente vial a las cinco de la mañana?
Las preguntas que hoy me asaltan son obligadas: ¿Dónde estaban los padres? ¿Por qué los niños tuvieron acceso a este vehículo? ¿Nadie los echó de menos durante toda la noche?
Los elementos de seguridad resguardaron a los menores y los pusieron a disposición de la PRONNIF para garantizar su integridad.
Pero aquí viene lo verdaderamente indignante, la radiografía de nuestra descomposición social: horas más tarde, Lorena, la madre de los chicos recurrió a las redes sociales para solicitar el apoyo de la ciudadanía para localizar a sus hijos.
Para ese momento, ella no sabía que la autoridad ya los había resguardaron.
Léame bien: los niños deambularon toda la noche por un sector sumamente complicado de la ciudad, a merced de cualquier peligro, y sus tutores ni siquiera se dieron cuenta de que "Ana y Pedro" nunca durmieron en su cama.
¿Qué estaban haciendo o pensando esos padres? Solo ellos lo saben. Pero el juicio social ya está hecho.
Es alarmante cómo una madre y un padre pueden desentenderse de sus hijos toda la noche, y que sea hasta el día siguiente cuando pretendan activar una búsqueda desde la comodidad de una pantalla.
Los hijos no se cuidan con "posteos" de Facebook; se cuidan con presencia, con límites y con amor en el hogar.
Hoy la tecnología salvó a Ana y a Pedro, pero nos dejó claro que, en algunos hogares de La Laguna, la paternidad se ejerce con indolencia y en las plataformas digitales.