La escena de este fin de semana en La Ceiba, no fue solo un ríspido intercambio de palabras; fue un mensaje político con destinatario directo y réplica en todo el estado. El gobernador, Alejandro Armenta, no se guardó nada frente al edil de Xicotepec, Carlos Barragán. En un choque de 45 segundos, el mandatario exhibió lo que muchos ciudadanos reclaman en silencio: el hedor a moches y milpas, además de los contratos ventajosos en la obra pública municipal.
El detonante fue el reclamo por la costosa pavimentación de un tramo de 500 metros de la calle Aviación, que superó el millón de pesos, ante lo que Armenta fue tajante: “Esas obras salen caras porque te dan tu moche”. La respuesta de Barragán en sus redes sociales, donde apeló a una supuesta pulcritud avalada en tiempos de Moreno Valle, suena más a un discurso de supervivencia que a una sólida defensa técnica. Invocar la honestidad frente a los hijos y nietos es un recurso emocional recurrente, pero en la administración pública lo que hablan son las facturas, los espesores del concreto y la calidad de los materiales.
Y es que el historial de Barragán lo persigue. Las quejas en comunidades como Los Limones, donde la promesa de un auditorio terminó convertida en un domo de materiales endebles para ahorrar presupuesto, o la opacidad en la remodelación del panteón, validan la sospecha estatal. La política de Cero Tolerancia anunciada por la Secretaría de Anticorrupción y Buen Gobierno, con 312 expedientes en marcha, parece ser la espada de Damocles que pende sobre los alcaldes que aún creen que el presupuesto es un botín personal.
Según lo veo, el manotazo en la mesa era necesario y hasta plausible. Sin embargo, este jalón de orejas no debe ser exclusivo para Xicotepec. Si el combate a la corrupción es la bandera de este sexenio, la Auditoría -desde su autonomía- debe poner la regla y no ser la excepción mediática.
Puebla tiene 217 municipios y en muchos de ellos los abusos son el pan de cada día. Celebremos que se exhiba el exceso, pero ojalá que la vara sea igual de alta para todos.
La transparencia no es un acto de fe, es una obligación y una deuda social que ya pasa factura.