Cultura

De la ruina a la rapiña

Imagina que acabas de cumplir diez años y tu familia sufre para sobrevivir. Cierto día, un vecino compasivo le regala a tu padre una caja repleta de bolsas de frijol. Inesperadamente, sin embargo, tu papá confisca el total de los frijoles y los pone a la venta al doble de su precio. Por supuesto, no puedes decir nada. Es tu papá, él sabe, él decide. Tarde o temprano lo vas a entender.

Proclamar que son felices en esa eterna infancia de la que no saldrán. E. Mastrascusa
Proclamar que son felices en esa eterna infancia de la que no saldrán. E.Mastrascusa

Siempre hay, en las explicaciones que se dan a los niños, un elemento fuera de su alcance. Algo que no se entiende porque es cosa de adultos. Más de una vez los pescarás hablando con sigilo de un tema que te afecta, en cuya discusión no participas por tu corta edad. Imagínate ahora que tienes setenta años y hasta donde recuerdas la vida entera la has pasado así. No es que no hayas crecido, es que vives en Cuba.

Hagamos ahora cuentas humanitarias. Una bolsa de un kilo de frijol mexicano suele costar entre 20 y 40 pesos en nuestro país. En las tiendas de divisas de La Habana, tan solo medio kilo se cotiza en casi tres dólares. Es decir, a 110 pesos el kilo. Y si esto de por sí es escandaloso, ¿cómo entender que aquellas suntuosas mercancías fueran parte de la donación humanitaria llegada desde México para aliviar la crisis imperante en Cuba? ¿Exagero al decir que, no conforme con hambrear a su gente, el Estado cubano la despoja y encima la esquilma?

Vista desde los ojos del ciudadano, la chapuza resulta múltiple y tragicómica: te pagan un salario miserable en moneda local, pero quieren venderte lo que a ellos les regalan (en tu nombre, por cierto) al triple de su precio original, y al cabo esperan que les pagues en dólares. Resumiendo: el Estado te vende a un precio exorbitante lo que ya era tuyo. Por lo visto, la miseria oficial excede las miserias personales.

Niveles semejantes de rapiña describen por sí mismos la erosión de los valores más elementales en un régimen cuyas grandes jactancias hablan de moralidad, solidaridad y la tan cacareada dignidad. Que no sea un hambreador, ni un bandido, ni un paria, sino el Estado mismo quien saca provecho de escasez y pobreza, en medio de una inmensa crisis alimentaria y energética de la cual es causante y responsable, es una paradoja digna de una novela de George Orwell.

Desde niños tendemos a pensar que el chofer del camión sabe lo que hace. De otra manera no estaría ahí, ¿verdad? Al madurar, no obstante, va uno cayendo en cuenta de que en ese y otros aspectos de la realidad no existen garantías. Nuestra vida y destino dependen a menudo de gente menos apta que nosotros. Gente que no por fuerza se interesa en hacer bien su trabajo. Gente cuyos caprichos, decisiones y errores abarcan una parte de nuestra suerte. Gente cuyo poder la pone por encima de nosotros. Para un Estado inepto e indolente, tal no es ya la excepción sino la regla.

Saber que vas viajando a bordo de un camión cuyo chofer no sabe manejar es la clásica trama de una pesadilla, pero al final la gente se acostumbra. Pocas taras sociales complacen tanto a los regímenes autoritarios como la profusión del conformismo. Aceptar ser tratado como un niño, forzado a la obediencia y despojado de cualquier forma de autodeterminación, supone renunciar a las prerrogativas esenciales del ser humano. Peor aún cuando sabes que vas directamente hacia el abismo por cuenta de una panda de incompetentes, ebrios de ideología alucinada, a quienes no hay manera de contradecir.

Todo proceso de deshumanización empieza por castrar la iniciativa. Deshacer todo rastro de individualidad. Hacer de la persona un mero engrane. Apresarla en la colectividad. Y proclamar entonces que son todos felices en esa eterna infancia de la que por su bien jamás saldrán. 


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Xavier Velasco
  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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