Política

Una ola violenta

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A una ola siempre la sigue otra ola. Una tras otra. Similares y distintas, todas buscando salir del mar. Desbastar la roca: pulirla, limarla. Civilizar la roca que no la quiere dejar pasar. Ir y venir en un viaje sin fin, en donde algo de ella llega al litoral y, contrario a su voluntad, mucho de ella es arrastrado de regreso al mar. Quizá por eso, harta e indignada, un día salió del mar una ola con un martillo, se estrelló contra la piedra con la intención de por fin partirla, clavó su falda de espuma en la roca y dejó a la vista de todos que de ahí, nadie la iba a hacer regresar.

Así se clasifica la historia del feminismo, en olas. Una ola tras otra ola. Debería ser desde el principio de los tiempos, pero de manera formal surge en el siglo XIX. Una ola persiguiendo los derechos legales de las mujeres, otra ola sumando los derechos de reproducción, los laborales… olas que buscan abrir el camino para todas… limando la roca, civilizando la piedra.

En el eco de este largo juego de paciencias, en 2019 surge un movimiento que, visto desde esta columna, resulta una nueva ola con una característica diferente: la violencia. ¿Por qué? Porque esta es una nueva generación que, ante todo, domina la tecnología. A través de ella, en las redes sociales, esta generación ha visto cómo se comparte y amplifica la violencia contra las mujeres no solo en México, también en el mundo. Las redes, en donde 75 por ciento del acoso es contra mujeres y que hoy con la pandemia está creciendo. Las redes, en donde esta generación ha conocido las caras y las historias de las víctimas, pero también, en donde se han conocido entre ellas mismas. Grupos de mujeres que se han conectado y, al compartir indignación, han ido perdiendo el miedo y cobrando fuerza hasta desbordarse de las redes y llegar a las calles. Furia desbordada contra un gobierno que cuenta con niñas vendidas y 11 asesinadas cada día. ¿Por qué la violencia de las que sufren violencia? Porque es indignación sumada y amplificada y porque la violencia tiene una característica brutalmente ejecutiva: acciona un resultado. Un golpe de voz, un manotazo, un martillazo: sorprenden, contienen y amedrentan. Por primera vez son los otros los que tienen miedo, no las mujeres y eso le ha dado una cresta inesperada al movimiento. Esta es la violencia “legítima” o, por lo menos, la que nos ha hecho reflexionar, la que ha puesto en perspectiva la importancia de la vida de las mujeres sobre la de los monumentos; sin embargo, también hay violencia infiltrada, la pagada, la que golpea policías, la de los saqueos. Esa es la violencia “ilegítima”, la que provocando o exhibiendo en el fondo busca desprestigiar al feminismo. Ninguna va a parar.

Después de las manifestaciones por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer del pasado 25 de noviembre, la jefa de Gobierno solo alcanzó a preguntar: “¿De qué sirven estas manifestaciones violentas?”.

Aquí va la respuesta: sirven para lograr una cresta en la ola, para evidenciar que no hay resultados, que siguen las muertas, el acoso y la venta de niñas por mezcal; sirven para evidenciar que no basta nombrar mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Sirven, sencillamente, para tratar de romper la piedra que no ha dejado pasar la ola. 

@olabuenaga

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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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