Es un cuadro de una sutileza que no termina por ser inocente. Mujer tomando el sol desde un balcón. Parece título de una pintura de Vermeer. La composición es memorable, ya que no retrata a la mujer de cuerpo entero. Apenas unas piernas extendidas al sol en la distancia. El claroscuro de la tarde organiza la escena. Pinceladas de ocre, siena tostada y laca de garanza hacen que la luz caiga sobre las piernas y mantenga el cuerpo y el rostro en la penumbra. Podría ser una escena doméstica: tarde con olor a siesta y sobremesa. Pero no lo es. Es un escándalo. La mujer está tomando el sol en un balcón de Palacio Nacional.
Ahí empieza el desajuste. Pintoresco. Las piernas desnudas asomadas al balcón dejan de ser una escena íntima y se convierten en una intrusión. No solo toman el sol: toman el Zócalo, el poder y la conversación. La imagen al óleo ácido empezó a circular el jueves por la tarde. No tuvo contexto ni presentación. Simplemente se colgó de la sede del Gobierno y con eso bastó. ¿Era real? ¿Era montaje? ¿Era inteligencia artificial?
Nadie parecía responder con certeza. Y, sin embargo, todos reaccionaron. El gobierno la negó acalorado. Otros exhibieron pruebas. Los especialistas discutieron. Las cuentas partidarias se alinearon. En cuestión de horas ya no importaba si era verdad o mentira, sino desde dónde se miraba. Más allá de la imagen, se discutía la posición que cada uno tenía frente a ella. Una conversación que no se detuvo por falta de certeza. Se alimentó de ella.
Todo lo cual revela que hemos llegado a un punto extraño: la realidad ha dejado de ser condición para la conversación pública. Discutimos lo que podría haber pasado. Lo que alguien dijo que pasó. Lo que alguien negó que hubiera pasado y lo que no pasó. Y todo lo hacemos con la misma intensidad que antes reservábamos para los hechos.
No se trata tan solo de esas piernas. Se trata del país entero. Una casa donde se captura al mayor capo del país, pero a la procuraduría se le olvida resguardarla y cualquiera entra a curiosear o llevarse un souvenir. Una refinería que no se incendia por dentro ni por fuera, sino por un rayo que tal vez fue tan solo una chispa. Leyes que no se violan, pero sí se rodean. Versiones oficiales que nacen sospechosas. Consultas populares que siempre confirman lo que el gobierno dice. Candidatos que no son candidatos, pero hacen campaña. Y ahora, unas piernas que parece que no existen, pero alcanzan para encender la conversación nacional.
Normalización de lo incierto. Iniciativas de ley que se proponen con objetivos inciertos. Barcos que navegan con destino incierto. Carpetas de investigación con seguimiento incierto. La normalización de lo incierto como materia del debate público.
Una foto no dice nada. Un video en que alguien recibe sobres amarillos con dinero ya no prueba nada. Todo se perdona. Nada se resuelve. Incertidumbre.
Tal vez por eso la mujer que toma el sol desde un balcón en Palacio Nacional funciona tan bien como una pintura. Porque en un cuadro no importa si algo ocurrió o no. Importa si se sostiene. Y esas piernas —reales o no—se sostienen. De la misma manera en que hoy se sostiene la realidad pública: con un clavo exacto entre lo que es y lo que no es.