Un programa que se llame “La última palabra” no puede ser un buen programa.
¿Por qué? Porque aunque la vanidad de algunos veteranos interprete esa expresión como una manifestación de éxito, ser el último, hoy, es sinónimo de fracaso.
No, pero espérese, se pone peor: Los responsables de este concepto del canal FOX Sports se sienten tan, tan, pero tan superiores que llegó la gran fiesta futbolera de la humanidad y en lugar de hacer, al menos, una edición especial de lo que ofrecen todos los días, decidieron seguir haciendo el mismo programa de siempre.
No le movieron ni tantito. ¡Pan con lo mismo! Como la sección de deportes de cualquier noticiario. ¡Es una desgracia!
Por si todo lo que le estoy diciendo no fuera lo suficientemente delicado, ¿usted, como público, entiende el papel de FOX Sports en la realidad de la televisión y de las plataformas de 2026?
¿FOX Sports es de la misma empresa que los canales FOX y FOX ONE? ¿Es la misma FOX de hace 20 años? ¿Es una compañía mexicana o extranjera? ¿Entonces por qué se llama así?
Sí es importante lo que le estoy preguntando porque si uno no entiende quién es quién, no sabe qué esperar y, en consecuencia, no sintoniza. No mira. ¡Se va!
¿Qué es “La última palabra”? Un programa de televisión de paga, de periodismo deportivo, larguísimo, tedioso, casi sin enlaces y casi sin ilustraciones.
Usted se puede poner a lavar la ropa, a lavar los trastes, a limpiar la casa, tenerlo de fondo y no pasa nada. Como si fuera radio, pero mala radio.
Perdón pero yo no puedo con eso, especialmente en este momento histórico en que tenemos verdaderos prodigios que unen la radio con la televisión abierta y la televisión de paga como “La delantera” de W Radio, Imagen Televisión y Claro Sports.
Si usted sintoniza “La delantera”, se entera, se divierte, se involucra, analiza, se carcajea, participa, debate. ¡No se quiere perder nada! ¡Absolutamente nada!
Si usted sintoniza “La última palabra”, se pone de rodillas, abre los brazos y le pide a Dios que se acabe pronto porque el nivel de aburrimiento es infinito. ¡Y dura dos horas!
Cualquier podcast de cualquier influencer sin recursos ni experiencia es más atractivo que esto.
Imagínese un escenario gigantesco, pero pelón. Pantalla verde de hace mil años, ilustrado con tecnología digital. Del lado izquierdo está, de pie, el conductor titular. Y en una barra larga, sentados, cuatro comentaristas.
El titular finge ser un abogado del diablo y, a fuerza, quiere que los comentaristas se peleen. Como programa de chismes de 1996, pero con la gran fiesta de futbol del mundo. ¡30 años después!
El nivel de información es absolutamente convencional. Estos comunicadores, todos hombres, ni nos informan de algo que no nos informe nadie más, ni nos dicen nada que no nos diga nadie más.
Y es aquí donde viene la parte triste: los personajes mediáticos.
Cualquier persona puede pararse frente a una cámara y un micrófono y opinar, pero no cualquier persona puede ser un personaje mediático.
Por eso hay gente que triunfa y gente que no, en este negocio.
De todos los señores que hacen “La última palabra”, el único que es un personaje mediático es Carlos Hermosillo.
Don Carlos, más allá de su pasado, no actúa. Goza, se apasiona, justifica, se ve pleno, entusiasta, feliz. Es de verdad. Es genial. Un personaje mediático total.
Sus compañeros Joaquín del Olmo, Fabián Estay, Raúl Ortiz y Oscar Guzmán vienen como de otra parte del multiverso.
Fingen, posan, engolan la voz, trabajan más para ellos que para el público. No sé si estén cansados, hartos o en la rutina, pero no brillan y aquí, de lo que se trata, es de brillar, de destacar, de aportar.
“La última palabra” es televisión de paga en un ecosistema mediático dividido entre las redes sociales, las plataformas y la televisión abierta.
Por lo mismo, tiene que ser mil veces mejor que las redes sociales, las plataformas y la televisión abierta. Y no lo es.
¿Será posible que no les dé ni tantita pena? ¿Y el productor (o productora)? ¿No les dice nada? ¡Caramba! ¡Es la fiesta deportiva del momento! ¡Era su oportunidad para sacar la casta!
¿Ahora entiende por qué le digo que es una desgracia? ¿O usted qué opina?