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Sábado , 20.04.2019 / 18:43 Hoy

Fusilerías

La leyenda de "El grito"

Alfredo C. Villeda

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Ekeberg es una pequeña localidad noruega, cerca de la frontera con Suecia, cuya población no alcanza los 500 habitantes. En algún lugar de ese frío rincón del mundo un pintor atormentado, con una difícil infancia, llena de momentos dolorosos por la pérdida de sus familiares más cercanos debido a males del siglo XIX, se acercó a un puente para retratar con su pincel expresionista esa angustia.

En lontananza el cielo es una gigantesca bandera cruzada por latigazos horizontales rojos y amarillos que parecen seguir la cadencia ondulatoria de unas aguas que circundan islotes con hierba que apenas se adivina, de donde se presume han emergido dos figuras espectrales, atuendo oscuro, una con sombrero evidente a la distancia, ambas aproximándose desde lo profundo del cuadro.

La madera del puente es café con destellos naranjas y algunas grietas azules que pueden ser hilos de agua. Todo el detalle se arremolina y genera una atmósfera envolvente sobre un personaje principal, en primer plano, rostro cadavérico con mirada desorbitada, sin párpados ni pestañas, las manos sobre las orejas intentando apagar acaso una voz interior, quizá su daimonion, o como se aventura ahora, un grito que atraviesa la naturaleza.

Según el Museo Británico no es ese personaje momificado el que grita, pues ha descubierto una leyenda en alemán en uno de los cuatro cuadros con el mismo título: “Oí un fuerte grito atravesar la naturaleza”, con lo que se fortalece una tesis ya defendida en el pasado por algunos expertos en la obra de Edvard Munch (1863-1944), parte de la cual se exhibirá a partir del 11 de abril en Inglaterra.

En su controvertido Breviario de estética, Benedetto Croce escribe: “Estas cosas toman el nombre de ‘bellezas naturales’ y ejercitan su poder solamente cuando se las aprehende con el ánimo mismo con que sabe aprehenderlas el artista o los artistas que han sabido valorizarlas, estableciendo el ‘punto de vista’ desde el cual hay que contemplarlas, ligándolas, de esta suerte, a una intuición suya”.

Y más adelante provoca: “Dejemos a los necios afirmar que un hermoso árbol, un bello río, una sublime montaña, un bonito caballo o una estupenda figura humana son superiores al golpe de buril de Miguel Ángel o al verso de Dante; nosotros decimos, con mayor propiedad, que la Naturaleza es estúpida frente al arte y que es muda si el hombre no la hace hablar”.

El hallazgo en torno al célebre cuadro de Munch, icónico ya en la historia del arte, da la razón a la antigua máxima de Croce porque el pintor retrata la angustia a partir de un grito —hoy sabemos por una inscripción que había pasado desapercibida más de un siglo— que cruza la naturaleza, fuera o dentro de su cabeza, y en ese momento cúspide para la pintura ha hecho hablar no solo a un insospechado personaje, anónimo, sino al conjunto del óleo: espectros, cielo crepuscular, aguas en movimiento, islotes desiertos y un puente que cruje una histórica tarde en Ekeberg, un remoto lugar al sur de Oslo.

@acvilleda

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