Cultura

La teoría de la simulación

Una nota antes de empezar: haré esto de memoria. Eso significa –y a la vez justifica– que este texto parte de la imprecisión. No trato, pues, de hacer un relato exacto de lo que he vivido ni de lo que he pensado. Esta escritura de la memoria parte del sentimiento que se hace pasar por un ejercicio intelectual.

Es un trueque común en las escrituras de la memoria: lo que se siente pasa por lo que se piensa. De algún modo, el sentimiento y su manifestación física se camuflan mediante el discurso y pasan por pensamiento, mediante una concatenación de argumentos que parecen ideas.

Es un principio de la simulación: el sentir –emocional y subjetivo– que se convierte, aparentemente, en pensamiento: en un producto total de la racionalidad y la objetividad.

Simulamos pensar cuando en realidad sólo estamos sintiendo: pretendemos la profundidad cuando sólo logramos hacer conexiones superficiales que generan emociones. Algunos pensarán que ahí radica, por ejemplo, el deslumbramiento estético de ciertas manifestaciones literarias: la poesía performática, el spoken word, la poesía experimental (whatever that means) y, en cierto grado, la llamada literatura expandida.

Es decir, manifestaciones que tienden al cruce disciplinar, a la exploración superficial de la teatralidad, la oratoria, el arte visual, la experimentación electrónica de recursos audiovisuales, etc., para generar un discurso –en todo caso efectista–, en el que la palabra –lo poético– no funciona sin todo aquello que la rodea: que desaparece fuera del acto.

Es decir, la simulación mediante lo que sólo existe durante su ejecución mediante el deslumbramiento. ¿Para qué escribir un poema que sólo existe cuando se ejecuta, y que, de hecho, sólo existe en ese contexto –momento– de performatividad atravesado por otros discursos que también son inexistentes fuera de esa articulación absolutamente temporal?

II

Antier, terminé en el concierto de Muse. La ventaja de nuestro tiempo es que no necesitamos saber quiénes son Muse para saber quiénes son Muse. No sé quiénes son sus integrantes, no estoy al tanto de su discografía, ni sé, en realidad, cuáles son sus éxitos indiscutibles, o si tienen siquiera alguno.

Y a pesar de esta ignorancia voluntaria, sé quiénes son. Cuando los escuché por primera vez, hace más de quince años, una cosa me quedó clara: lo que escuché en el Showbiz fue a una banda que simulaba la complejidad del discurso progresivo de otros grupos, digamos, de culto (aburridos, la mayoría), pero con un estilo de ligereza que suavizaba esa complejidad, pero sin perder el elemento espectacular.

Siempre he pensado que en el fondo de bandas como Muse hay un ejercicio de abierta simulación mediante el deslumbramiento de un virtuosismo pasional y estéril.

Precisamente: la articulación de un discurso musical en el cruce de lo performático y de la visualidad desbordante: pantallas, luces, pirotecnia, láseres, serpentinas, confeti, lámparas de celulares que sustituyen el antiguo discurso melancólico del encendedor: preferida retroalimentación del público durante las baladas.

Por accidente he visto videos de sus conciertos (soy, muy a mi pesar, un hombre de mi tiempo) y creía que era un espectáculo que en algún momento tenía que presenciar. Cuando me invitaron acepté, pues el hecho de atravesar una época, digamos, de vacas flacas, no me permite rechazar ninguna invitación: freelanceo para sobrevivir: soy, muy a mi pesar, un hombre de mi tiempo.

Y esto no es una perífrasis del gratis hasta las patadas, no se confundan. Más bien: si mis amigxs me ven devastado, pasando días enteros en cama viendo una y otra vez la misma película en Netflix (jamás sabrán cuál), y me dicen: “Alfonso, ponte pantalones y vamos a un concierto”, o a un bar, o a lo que sea, acepto. Sin mis amigxs, la depresión y la ansiedad serían peores (gracias, pues, lxs quiero).

Así, lo reconozco: mis expectativas eran muy altas. Y el título de la gira sugería un espectáculo en la frontera de la irrealidad: Simulation Theory World Tour. Pero el concierto, en realidad, jamás alcanzó un pico de frenesí insuperable.

No hubo un momento paroxístico en el que se conjuntaran sus talentos aparentemente virtuosos con la espectacularidad audiovisual que prometen sus videos y los conceptos de sus discos. Pero, al final, ya calmado, luego de casi dos horas de un audio más bien deficiente, lo comprendí todo. Digamos: comprendí la teoría de la simulación según Muse, el concepto de su espectáculo (al menos del que me tocó vivir): la aceptación total del régimen de la simulación: “simulemos que toquemos, que somos una banda de estadio, que este foro y esta gente no nos quedan, en realidad, grandes”.

@eljalf

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