En cierta ocasión, un psicoanalista dictó una conferencia en la universidad en la que trabajaba. No recuerdo en este momento (y para ser franco creo que en ningún otro) de qué iba su conferencia, cuál era la temática o al menos el título.
Lo que sí tengo muy presente es que una de las asistentes, al parecer alumna, llevó a su hijo de brazos a esta conferencia y como era de esperarse, el niño en algún momento de la gran disertación soltó en llanto. Y por más arrullos, palmaditas y balanceos que le hizo no logró calmarlo.
Al principio, todos hicimos como que eso no estaba pasando, típico de una situación así. Pero llegó el momento en que, aunque no moviéramos un dedo solo los ojos, estábamos prestando más atención a lo que hacía la afligida madre, que al rosario de conceptos clínicos que nos recetaba el conferenciante.
Fue ahí cuando el psicoanalista quiso tratar de ligar lo que estaba exponiendo con la irrupción de ese momento, principalmente con la manifestación de una incomodidad en el infante que se presentaba en forma de gritos y pataleos.
Así, le pidió a la madre que se lo diera para que él lo cargara. De esta manera apostó a que el bebé habría de tranquilizarse en sus brazos, mientras él rezaba no sé qué palabras de un amor prestado. Esto que esperaba y que deseaban seguramente la mayoría de los presentes no se cumplió.
El bebé siguió chillando, tanto o más como cuando vaticinó que gracias a sus superpoderes psicoanalíticos podría calmarlo. Y el respetable público intentó pasar por alto el bochornoso momento con unas risitas sofocadas entre las palmas de las manos.
La viñeta académica no se aleja mucho de lo que realizan los padres cuando ven que un niño está inquieto, no para de llorar o tiene sueño. También apuestan a que ellos tienen la llave que abrirá la puerta de la serenidad, para que padres, hijos y convidados al llanto del menor pasten sobre prados tranquilos y beban de las aguas del río de la felicidad.
Sacarán de su repertorio algunas estrategias, como arrullarlos a ras del suelo, cantarles cierta melodía por todos conocida, pero con otra tesitura, acariciarles la cabeza de izquierda a derecha, pellizcarles un piecito, hacerles un remolino entre los ojos con el dedo índice, qué sé yo.
En fin, harán lo que creen que les funcionó con sus hijos. Y subrayo “creen que les funcionó” porque, ¿seguramente habrá funcionado? Sí, en un par de ocasiones. Y por eso piensan que pueden repetir esa fórmula, no solo con sus hijos sino con los ajenos. Pero lo cierto es que, sin temor a equivocarme, la mayoría de las veces no les funcionó.
Comento estas cosas porque cuando se trata de las cuestiones psicológicas, las llamadas afecciones psicológicas, todo mundo cree saber qué se debe hacer para afrontarlas. Hablemos ya de temores, de angustias, de rupturas amorosas, de duelos, de incertidumbre. Cualquiera de nosotros habrá hecho algo en su momento que nos funcionó. Cierto.
Pero no eso que nos funcionó en una ocasión, no funciona siempre, ese es el gran detalle, a veces el síntoma ya no camina. Es ahí cuando se pone en juego la verdadera necesidad de cuestionarnos sobre nuestro estar en la vida. Cuando somos llamados a una especie de juicio sin convocatoria, sin jurado y sin veredicto.
Incluso, no por el hecho de que nos haya funcionado un par de veces se puede replicar ese mismo método en cualquier persona. Esto hay que tenerlo muy en cuenta y tenerlo muy presente.
Porque es muy sencillo que las personas con poca, nula o mucha preparación, como el caso de este psicoanalista en comento, quieran jugarle al superpoderoso y decir que tienen fórmulas para afrontar cualquier situación.
Entonces, quien recurre a esta promesa de falso profeta, quien es capaz de decir qué hacer, qué decirle al otro en ciertos momentos de su vida, no está haciendo más que jugarle al mago.
Y por cierto, una de las 600 terapias psi que pululan en el mundo occidental es la psicomagía, que combina ritos chamánicos, poesía, teatro, filosofía y sí, psicoanálisis.