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Donde viven los monstruos

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Donde viven los monstruos
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

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Max es un niño que tiene entre 9 y 45 años, como cualquiera de su edad hace cosas de su edad. Cosas que a su madre le molestan cuando se vuelven repetitivas e incesantes. Así que como lo hace cualquier cuidador, le intenta poner límites a su desenfreno. Pero fracasa, como fracasa cualquiera que intenta ponerle límites al otro.

Harta de las travesuras infantiles la madre le grita a Max: ¡eres un salvaje (monstruo)! Y el responde en consecuencia a su nombre con una advertencia performativa: ¡te comeré!

Por eso no le queda más remedio que castigar su cuerpo y sus apetitos. Lo manda, apoyada de la voz de un padre ausente como están todos los padres en el relato mítico de las formaciones neuróticas, a encerrarse en su cuarto sin recibir alimentos esa noche.

La habitación de Max se convierte esa aciaga noche en un bosque y en un océano, por el que habrá de navegar durante un largo año durante todo un día hasta que logra desembarcar a donde viven los monstruos, las cosas salvajes como él.

Desde luego ellos mostraron sus afilados dientes y sus terribles garras. Max los miró como quien mira con tranquilidad el espejo y encuentra sus ojos. A ellos también les advirtió: “quietos”. Y no tuvieron más remedio que nombrarlo su rey, el rey de todos los monstruos.

Su majestad, el monstruo, ordenó su propia bacanal. Y hubo euforia y descontrol. A pesar de vivir en un mundo sin límites para las travesuras de los salvajes, Max solo deseaba vivir en un lugar donde hubiera alguien que lo quisiera más que a nadie.

Harto de esa vida ordenó el silencio. Mandó a los salvajes nativos a la cama y sin cenar. Mientras él se hundía en la añoranza del objeto perdido. Como le pasa a cualquiera en duelo, sabía lo que había perdido, pero no sabía que parte de él se había ido con esa pérdida.

Hasta que el olor a un caldito de pollo le despertó el alma, renunció a ser el rey de los monstruos y como Ulises se tardó otro año durante todo un día en regresar a su amada Ítaca, para encontrarse con la noche de su habitación en donde la cena aún estaba caliente.

Max, es el protagonista del libro “Donde viven los monstruos” de Maurice Sendak y desde luego no es un niño que tenga entre 9 y 45 años, esa es una lectura propia que traje a cuento porque quiero abordar justamente el tema que tanto inquieta a la sociedad y sus medios de comunicación: ¿Dónde viven los monstruos?

Crímenes, atroces sí, como los cometidos por Lindsay Clancy o Diego Sebastián Rosen, nos obligan a gritar y repetir, una y otra vez: “monstruos”, para aliviar una parte de la calamidad, hasta que nos encontramos con la siguiente monstruosidad.

Pero ¿qué es un monstruo? Un monstruo es Max, el niño que puede tener la edad que quiera el lector o el relator de las monstruosidades. Entre 9 y 45 años según mi propia lectura. Indeterminada de acuerdo con Sendak. Quizá entre 4 y 6 años, de acuerdo con otras lecturas psicológicas o psicoanalíticas.

Es ese niño con pijama de lobo que le grita a su mamá: “¡te voy a comer!” Es quien llega a su punto de partida, ve a los ojos a los monstruos, los hace callar y se corona como su rey para gritar: “que comiencen los festejos”.

Pero sobre todo es quien regresa a la noche de su cuarto, porque una sopa hecha con el amor de la madre le recuerda que sí hay alguien en este mundo que lo ama más que a nadie y no lo amenaza con devorarlo.

Con esto quiero decir que esos monstruos que cometen los crímenes más atroces o los más cotidianos habitan en la lejana isla de nuestra habitación. El cuento de Maurice Sendak está más próximo a describirnos el “perfil” de un asesino, de un estafador, de un secuestrador, que cualquier manual de criminalística y criminología en el que se han convertido las películas y series de televisión.

Más que una banalidad el mal tiene una dimensión de cercanía, el Das Unheimliche freudiano, es justamente eso que no es absolutamente ajeno o desconocido, por el contrario, es enteramente familiar.

Esos monstruos que de día y/o de noche hacen sus festividades de los apetitos, de día y de noche dirán a alguien que le aman y que quieren ser amados. Besarán en la frente o en los labios soñando con un mundo mejor. Aceptar esta realidad nos acercaría más a la comprensión de lo enteramente humano, con sus oscuros y sus claros.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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