Política

Sin derecho a envejecer

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Sin derecho a envejecer
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

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Solía tener un jefe que me repetía: “Isaac, tú no tienes derecho a enfermarte ni a morirte”. Y yo me sentía orgulloso porque interpretaba esa frase como un reconocimiento a mi capacidad, mi entrega y mis resultados. Lo asociaba con la frase que también siempre me repetía una tía que mucho me maternó: “en el trabajo debes volverte indispensable” así podrás asegurarte un futuro exitoso.

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Hasta que llegó el día en que ya se me había liberado mi carta permiso para enfermarme y si quería en ese mismo instante morirme, daba igual. Me comunicó la liberación de esa condena con otra frase igual que atesoro en el alma: “Isaac, no hay amigos”.

La posibilidad de que me enfermara y/o muriera, se me arrancó en aras de una presunta productividad laboral. Quizá no sea generalizada esta demanda o tal vez sí, y tenga la misma fecha de caducidad que tuvo la mía. No lo sé, ni pretendo saberlo, cada quién podrá hablar lo que pueda hablar, conforme crea que le ha ido en este tema.

Pero de lo que sí tengo una certeza casi inquebrantable es que a todos se nos negó el derecho a envejecer. Y lo aceptamos gustosos, como yo pedía a gritos silenciosos las palabras de mi antiguo jefe.

Me lo ha confirmado de nueva cuenta el reciente escándalo de unas Descasadas, que han sido quemadas en la hoguera del moderno Salem. Los posts se han sustituido a los leños, pero tienen el mismo efecto en la piel y en la historia.

¡Qué nadie envejezca! Es el mandato de la modernidad tardía que al principio a todos nos sabe a miel, pero que de a poco nos lo tragamos como si fuera hiel.

Empezamos por las palabras. No hay que llamarles viejos a los viejos. Es ofensivo. No se ofenden ellos, los viejos, si no que nos ofendemos los eternos jóvenes. A esa edad cronológica, a la que algún día habremos de llegar si es que no nos consumimos por el estrés, hay que llamarle de otra manera.

Ya no es la edad de oro, ni la tercera edad, quizá porque la tercera sea la vencida. Ahora ellos y espero que algún día seamos nosotros, son los “adultos mayores”. ¿Qué significa ser un adulto mayor, más allá de los meros eufemismos? Si hay adultos mayores, hay adultos menores, ¿y esos de qué se encargan?

Atrás quedó la época dorada del cine y el teatro mexicano en donde una valiente Sara García con sus 39 años a cuestas (¿son muchos o son pocos?) decidió comenzar a interpretar papeles de anciana. Lo hizo de manera tan magistral que encarnó el papel de la perfecta abuela mexicana: toda una matriarca, dadora y cuidadora del gran mito familiar.

Cuando las parejas se conocían de jóvenes su ideal era llegar juntos a la vejez. Hoy no, la apuesta es permanecer como dice la Guzmán “eternamente bella, bella” y joven, a lo Cheer, Madonna, George Clooney o Brad Pitt.

Pero no sólo debemos hablar de los estándares de belleza que han llevado la exigencia hasta límites impensables de manejo perverso del cuerpo y el afán imaginario de detener o cuando menos retrasar el envejecimiento.

También debemos reconocer que al quitarnos el derecho a la vejez se nos está obligando a producir más allá de las capacidades físicas de cualquiera. Y ahí radica, me parece, el auténtico problema que han desvelado Las Descasadas.

El uso del cuerpo joven, eternamente joven, no es meramente estético, como lo quisieron señalar con sus críticas al “olor a baúl”, humedad, flacidez de los brazos y otras partes del cuerpo. Es ante todo un uso productivo, que le de al mercado el plus que está esperando.

La vejez tenía –hasta hace no mucho–, esa aura de sabiduría a la que todos aspiraban. El viejo era un cuidador de una basta red de apoyo. Claro que el cuidado era a través de sus consejos, su guía, sus enseñanzas. Hoy nada de eso tiene valor.

Si el viejo no puede dar una pensión a sus hijos, nietos, si no tiene la fuerza para llevarlos a la natación, las artes marciales, o de compras al centro comercial, su función no se entiende dentro del rol familiar. Estorba.

Por eso no hay que llamarles viejos a los viejos que seremos. Porque es sinónimo de desechabilidad.

Quememos en la hoguera a todos los infieles que se atrevan a recordarnos que no tenemos derecho a envejecer.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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