Política

Neuropolítica: definición del campo de batalla

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  • Alan Ruíz Galicia

Alan Ruiz Galicia
Alan Ruiz Galicia

Vivimos un momento en el que el poder dejó de expresarse principalmente como prohibición o mandato y empezó a operar de forma más silenciosa e íntima. La neuropolítica nombra este desplazamiento: un régimen en el que lo político ya no se juega solo en la ley o la institución, sino en la manera en que se conforma la atención, el deseo y la respuesta emocional en la vida cotidiana, antes incluso de que tomemos una decisión.

Partamos de un hecho: el poder se organizaba principalmente en torno al control del cuerpo; ahora se vuelca a la gestión de la atención y de los procesos psíquicos que orientan la conducta. Antoinette Rouvroy y Bernard Berns hablan de “gubernamentalidad algorítmica” para nombrar esta forma de poder que ya no gobierna dando órdenes ni imponiendo leyes, sino anticipando lo que vamos a hacer a partir del análisis masivo de datos: los sistemas calculan nuestra conducta y actúan antes, ajustando opciones, recomendaciones, precios, visibilidad o riesgos. Así, la norma deja de ser una regla explícita y es reemplazada por una predicción estadística. El efecto es tremendo: las personas dejamos de ser sujetos con voluntad y pasamos a ser perfiles probabilísticos, conjuntos de datos que determinan nuestro lugar y valor.

Pero esto es solo el principio. Shoshana Zuboff explica en “La era del capitalismo de la vigilancia” que el capitalismo digital no se limita a observar lo que hacemos para anticiparlo después. Para que sus predicciones sean cada vez más precisas y rentables, necesita intervenir activamente en la conducta. Las plataformas no solo registran nuestras elecciones: diseñan los entornos que las orientan. Ajustan estímulos, opciones y recompensas en tiempo real para influir en lo que hacemos a continuación. No imponen deseos de manera directa, pero algo más eficaz ocurre: crean las condiciones para que ciertos deseos se repitan, se refuercen y terminen convirtiéndose en hábito. Entonces no solo hay cálculo y proyección de nuestras decisiones, sino una deliberada intervención en nuestra existencia.

Esto marca el paso de la era del poder normativo a la era del poder predictivo, pero es solo una parte del problema. Hasta este momento solo he considerado que el poder predice y moldea, pero falta entender las implicaciones de convertirnos en seres predecibles y moldeables. Me refiero al daño existencial: la tragedia humana no es ser gobernados por predicciones, sino la serie de despojos graduales que nos vuelven predecibles.

Lipovetsky dice en “La era del vacío” que antes las sociedades funcionaban a partir del deber, la disciplina y la obediencia, pero que ahora la integración social funciona de otra manera: el sistema ofrece experiencias atractivas, formas de consumo, estilos de vida deseables e identidades prefabricadas para que cada quien sienta que elige libremente cómo vivir. En lugar de imponer una norma rígida, nos despliega un catálogo de opciones: cómo vestir, qué desear, cómo vernos a nosotros mismos, qué tipo de vida considerar exitosa. La sociedad ya no integra a la fuerza: seduce para que queramos pertenecer. La gente no solo forma parte del sistema por temor a ser sancionada, sino por el deseo de realizarse, de sentirse única, auténtica y satisfecha.

Esto implica que tenemos libertad de elegir, pero nos quitaron la libertad de desear, una reducción devastadora de la experiencia humana, porque solo podemos desear lo que ya esta disponible. De esta manera, desear deja de ser una exploración y se convierte en reproducción de un molde de catálogo.

Falta añadir otra capa al estado de las cosas: me refiero a la gestión política de la atención. El problema de la atención es que es un recurso escaso, porque nuestra capacidad de concentrarnos es limitada; sin embargo, el flujo de estímulos digitales es inagotable. En ese desajuste estructural se organiza hoy una parte del poder: las plataformas no solo informan o entretienen, sino que diseñan entornos que capturan y retienen nuestra atención mediante notificaciones, interfaces y contenidos calculados para mantenernos conectados el mayor tiempo posible, de modo que cada segundo de atención se mide, se registra y se convierte en valor económico.

El impacto de que esto tiene en nuestras vidas es que perdemos la capacidad de permanecer, de mantener continuidad. Nos es difícil sostener una idea sin que se disuelva, soportar una conversación sin mirar el teléfono, estar en un momento sin sentir la urgencia de otra cosa. La atención, fragmentada y entrenada para reaccionar, rompe la continuidad de la experiencia interior. Pensamos a medias, sentimos a medias, deseamos a medias. No es que no tengamos pensamientos o deseos propios: es que no logramos habitarlos el tiempo suficiente para que se vuelvan significativos. Poco a poco, el mundo se llena de estímulos, pero la experiencia se vacía.

En tanto que la atención se ha convertido en un recurso explotable y un instrumento de gobierno, deja de ser un asunto privado y se vuelve un problema político. La neuropolítica establece el terreno en disputa: cuando el poder deja de gobernar lo que hacemos y se avoca a intervenir las condiciones mismas desde las que somos capaces de pensar, desear y decidir.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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