Política

El deseo en tiempos sin duración

  • Doble P: Periodismo y Política
  • El deseo en tiempos sin duración
  • Alan Ruíz Galicia

La crisis del deseo es en el fondo una crisis de la temporalidad. No padecemos por la ausencia de deseo, sino por la erosión de la duración. El deseo, al ser procesual, implica espera: en tanto se articula como falta, se sostiene en la postergación, en los desplazamientos, en los rodeos…

Pero nuestra época no prioriza la duración de las experiencias, sino su circulación. Los entornos en los que hoy se organiza la vida cotidiana están diseñados para favorecer el movimiento constante y volver excepcional la permanencia. No se trata de que nada pueda durar, sino de que la duración deja de ser funcional dentro de sistemas que premian el desplazamiento continuo: la presencia hoy exige actualizarse, reaparecer, optimizarse.

El problema es que el deseo no ocurre de una sola vez ni se resuelve en el instante de su aparición: se forma en el tiempo, se sostiene en la espera y se afirma en la distancia entre lo que se quiere y lo que todavía no se alcanza. Desear implica aceptar una falta, habitar una separación, soportar una dilación, que son condiciones que evitan que el deseo se disuelva en fragmentos. Expresado en una imagen: el arco de cupido solo se tensa al tener su objetivo a cierta distancia, y el deseo no es la flecha que se clava, sino la vibración de la cuerda que impulsa el disparo.

El deseo se organiza como relato: alguien desea algo, algo se interpone, algo cambia y ese cambio tiene consecuencias. El feed opera de otro modo. Presenta episodios breves, impactos aislados, en una sucesión que no presupone enlace ni acumulación, donde cada elemento puede funcionar como una unidad autosuficiente. En el flujo algorítmico la tensión no se desarrolla a través del tiempo, sino que se reinicia. No hay progresión ni memoria, solo una continuidad basada en la sustitución.

Vivir en un orden donde la tensión del deseo se reinicia una y otra vez produce un estado de desgaste. La estimulación constante vuelve difícil sostener la atención, permanecer en algo sin que aparezca la necesidad de un nuevo estímulo. El deseo se activa con facilidad, pero se agota rápido. Hay alivios momentáneos, pequeñas descargas, seguidas de una insatisfacción persistente.

Podemos decir que lo que deseamos es desear, en la medida en que el deseo mismo es aquello que se echa en falta. Pero cabe una duda legítima: ¿y si el problema no fuera tanto la erosión del deseo como un desajuste entre sus formas actuales y las categorías con las que intentamos comprenderlo? Lo que solemos leer como pérdida de intensidad puede ser, en parte, la crisis de una idea del deseo ligada a la duración, la continuidad y la acumulación. Tal vez lo que parece debilitamiento sea una mutación de ritmos y modos de existir, registros difíciles de pensar sin forzar el lenguaje.

Además, si pensamos la duración como condición automática del deseo, ocultamos una distinción decisiva: no toda espera abre lugar al deseo. Si nos limitamos a creer que “el deseo ya no es lo que era”, conviene reconocer que lo importante no era solo disponer de tiempo, sino la posibilidad de habitarlo fuera de la pura urgencia, como un intervalo amable, no subordinado a la productividad ni a la espera impuesta. Ese tipo de tiempo —no solo de ocio, sino libre y significativo—ha sido un privilegio, por lo que podemos fácilmente incurrir en una nostalgia engañosa.

Llegados a este punto, el error es esperar una resolución donde apenas se dibujan campos de tensión. La relación entre tiempo y deseo ha sido trastocada, y ese movimiento no admite todavía una forma estable. El deseo aparece de una forma incierta: activado, pero frágil; expuesto a ritmos que no elige y que le cuesta sostener, con puntos de fuga por abrir o clausurar.

En la próxima entrega, la pregunta no será solo qué le pasó al deseo, sino cómo está mutando y quién disputa hoy su forma.

Alan Ruiz
Alan Ruiz


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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