Política

El derecho a desear

  • Doble P: Periodismo y Política
  • El derecho a desear
  • Alan Ruíz Galicia

A la moral pública le asusta la intensidad; a sus defensores, las pasiones humanas más intransigentes y vivificantes les ponen nerviosos. Por eso vigilan y persiguen a los disidentes del deseo. Esta policía del placer ajeno considera preferible el conformismo y la renuncia que la experimentación que proponen los legítimos apetitos que nos habitan. El problema no es, por supuesto, que este sector social abandone su propia dicha, sino que se entregan al único placer que les queda: obligar a que otros también renuncien a los deleites que propone la existencia.

Estos representantes del buen desear son la expresión de una corroída cuestión occidental: el placer se ha asociado a la culpa, el pecado y la vergüenza, lo que resulta en un deseo moralizado, disciplinado y catalogado. Sin embargo, el problema no solo es que existen quienes miden el deseo con regla, lo pesan con báscula y lo etiquetan con código de barras, sino que en nuestros días el deseo es intervenido de manera intensiva por la experiencia digital, especialmente por parte de las plataformas, que no solo conectan personas, sino que orientan la construcción de nuestra identidad, la normalización de ciertos modelos afectivos y las formas de vida que aprendemos a anhelar. De este modo, algo distintivo de nuestro momento histórico es que el deseo deja de ser algo que se descubre, para convertirse en algo que se entrena a través del consumo de contenidos audiovisuales.

Para añadir otro piso a este análisis, quiero poner en la mesa una idea del economista y filósofo Frédéric Lordon (Capitalismo, deseo y servidumbre) quien explica que en el sistema vigente se gobierna a través de “proponer” deseos a los sujetos, quienes los toman como propios y en consecuencia ejercen una obediencia feliz. Esto significa que gobernar hoy es orientar aquello que la gente quiere, y ser un buen gobernado es aceptar el menú que se pone a nuestra disposición sin rechistar.

Pero traspasemos el filtro de lo obvio. Puede parecer que concibo al deseo como una pulsión individual, libre y autónoma, que primero colisiona con los representantes de una moral pública basada en la constante exhibición de rectitud, y que, en un segundo momento, es moldeado por el uso intensivo de redes sociales y rentabilizado por las élites gerenciales del sistema capitalista. Pero es menos sencillo que esto. René Girard ha argumentado que el deseo no surge de un «yo profundo» sino de la mirada del otro. En este sentido, el deseo siempre es social y relacional, porque aparece cuando imitamos las preferencias de los demás: “el hombre es el ser que no sabe qué desear y se vuelve hacia los otros para decidir” (La violencia y lo sagrado). Esto supone que no deseamos objetos por sus cualidades propias, sino porque alguien más los pretende o los valora. Para Girard, el deseo no puede provenir de nuestro interior porque se conforma en la tensión hacia el otro. Esto nos hace palpar un miedo inesperado: que si bien existen instituciones y corporaciones tecnológicas globales que moldean y administran el deseo, nuestro deseo por sí mismo no es original, sino “mimético”.

El deseo humano aparece rodeado de peligros: enfrenta a quien lo disciplina, quien lo moldea, quien lo predice y condiciona, quien le recuerda que es imitativo. Solo puede evadir a sus captores a través de sorprenderlos, de tomarlos desprevenidos; tal vez puede escabullirse disfrazado de flâneur, el paseante que se pierde en la muchedumbre y que disfruta el acto de deambular sin dejarse seducir por las vitrinas. Quizá cuando el deseo se entrega a la deriva y la aventura puede aspirar a alcanzar un estado de libertad. Así es como moverse sin un destino fijo se convierte en su último refugio.

Cuando un deseo se entrega a su propia exploración, importa menos si el final de su travesía le lleva a aceptarse, reafirmarse o transformarse, pues lo crucial es lo que se ha puesto en marcha: cuerpos se han agitado, encuentros se han concretado y la existencia ha sido vitalizada.

La libertad de desear es la primera libertad. Le sigue la libertad de elegir.

Nota: estas líneas no cierran la discusión: apenas la abren. Volveré sobre estas preguntas en la próxima entrega.

Alan Ruiz Galicia
Alan Ruiz Galicia

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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