Política

Lotería tapatía (Parte 41)

  • Doble P: Periodismo y Política
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  • Alan Ruíz Galicia

¡El Corredor!

La prueba de 800 metros tiene retos únicos. Podemos dividirla en tres etapas: primero está la salida o arranque, que tiene que ser potente; la segunda instancia consiste en que, una vez que se alcanzó una buena velocidad, hay que mantener el ritmo; en tercer lugar está el cierre, que es lo más difícil, puesto que en el último tramo el cansancio se vuelve evidente: las piernas pesan y la coordinación se dificulta, pero en ese punto es cuando hay que empujar, hay que luchar, hay que partírsela. 

El arranque. Raúl Bravo entrenaba en el Bosque de los Colomos en una época en que todavía el piso era de tierra y no estaba cubierto de adoquín. Dice que, en ese tiempo, había parejas que utilizaban las cuevas circundantes para tener encuentros pasionales, especialmente la que está cerca del jardín japonés. Durante sus años juveniles, Raúl practicó en ese sitio distintos deportes; con el tiempo, descubrió que sus cualidades eran de corredor de 800 metros.

A los 19 años, Raúl se dedicaba al deporte y al mismo tiempo estudiaba Administración de Empresas en la Universidad de Guadalajara. Como atleta era bastante bueno, una promesa: al ganar una prueba nacional, miembros del Comité Olímpico Mexicano lo invitaron a quedarse en Ciudad de México, donde había sido la competencia, para que pudiera entrenarse durante un mes para ser representante nacional en los Juegos Panamericanos. Como estaba de vacaciones de la escuela, Raúl decidió aceptar, por lo que se convirtió en huésped del Centro Deportivo Olímpico Mexicano (CDOM), el complejo deportivo de alto rendimiento para atletas nacionales.

Raúl dice que lo primero que le sorprendió es cambiar su dieta: pasó de comer tortillas, pan y aguas frescas, a beber té frío y comer arroz blanco. Cada día tenía que hacer tres entrenamientos: de 6 de la mañana a las 9, luego de 12 a 2, y finalmente de 4 a 9. Su reto era dar la marca: estaba un segundo y siete décimas por encima de lo que se requería para asistir a la competencia internacional, por lo que en treinta días tenía que lograr bajar sus tiempos de manera significativa.

Mantener el ritmo

Al final de un mes de trabajo intenso, Raúl tuvo que demostrar que daba el ancho para asistir a los Panamericanos. Su entrenador insistía en que su problema era la salida, que era menos explosiva de lo necesario, por lo que al medir sus tiempos, tendría el apoyo de un velocista en la primera parte de la prueba, de manera que Raúl tenía que aguantarle el ritmo y luego seguir por su cuenta. Así lo hizo. Recuerda que al dar la primera vuelta a la pista, le gritaron que iba lento, por lo que tuvo que entregar su resto. Lo dio todo. Ni siquiera se detuvo en la meta, sino que siguió hasta una alambrada en la que vomitó por el esfuerzo. Se acercó al entrenador, quien finalmente le dijo con entusiasmo: “¡bajaste dos segundos y medio!”.

Raúl hizo su parte. Estaba listo para asistir a los Juegos Panamericanos de Puerto Rico de 1979. Incluso regresó a Guadalajara para reunir sus papeles para tramitar su visa. Sin embargo, el Comité Olímpico Mexicano le avisó que no tenía recursos suficientes para que pudiera viajar a competir. Le ofrecieron una alternativa: que él y su familia pagaran, y que “más adelante” la institución les regresaría el dinero. Se necesitaban 13 mil 500 pesos de aquella época, lo que equivale a poco más de 400 mil pesos actuales. Raúl ni siquiera le contó a sus papás, a quienes había escuchado discutir por problemas económicos.

Aunque fue registrado como competidor en los Juegos Panamericanos, su carril estuvo vacío. Raúl demandó al Comité Olímpico Mexicano por robarse los recursos destinados a los atletas. A partir de ese momento, bloquearon su carrera. Como no lo registraban en las competencias, para asistir a los Juegos Centroamericanos tuvo que ponerse detrás de otro competidor y demostrar que daba la marca. Con todo en contra, finalmente pudo representar a nuestro país en dicha competencia internacional.

Cerrar la carrera

Raúl se dedicó al deporte de alto rendimiento de los 19 a los 26 años. Después hizo su vida, como todos. Corría en las mañanas por gusto y por salud; por lo menos así fue hasta hace 6 años, cuando comenzó a sentir vértigos, inestabilidad y trastornos del equilibrio. Fue al doctor y le diagnosticaron problemas en el oído interno. Esto implica que es peligroso correr, puesto que se puede caer; además, desarrolló tinnitus: escucha permanentemente un zumbido sin que exista nada que lo produzca. Llegó el punto en que ni siquiera podía dormir por el incesante sonido. Dejó de correr. Deprimido y con ataques de ansiedad, solicitó apoyo psiquiátrico.

Como resultado del tratamiento, sus emociones se aplanaron: menos angustia… también menos entusiasmo. Pero hace unos meses, harto de sentirse así, se puso su vieja ropa deportiva y salió a dar una caminata al Bosque de los Colomos, donde solía entrenar. Comenzó con un paseo cuidadoso, pero en un punto, decidió trotar. Lo hizo por 40 minutos. Llegó a su casa cansado, y por la fatiga, pudo dormir toda la noche. A partir de ese momento, dejó los medicamentos y desarrolló la rutina de trotar a diario para poder descansar.

Lo más difícil siempre es el cierre de la carrera: cuando el cansancio pesa, las piernas fallan y la coordinación se enreda. Ahí no queda otra cosa que empujar. 

Israel López - El corredor
Israel López


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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