Política

De reses y carnicerías populistas

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La derrota de Lula en la primera vuelta presidencial en Brasil ha llevado al despropósito de decir que América Latina regresa a su querencia derechista. No sé de dónde sacan eso: ¿de veras piensan que en una región tan desigual puede haber una predisposición a rechazar la intervención del Estado en favor de los marginados? No creo que el caso brasileño se asemeje a los demás, pero me queda claro que el voto de castigo no es contra una ideología sino contra gobiernos desordenados que lejos de resolver los problemas de sus países los exacerban. Lo explica la era de la ira, que incubó el populismo y que, antes de tirar gobernantes de izquierda, tiró a los de derecha. Crisis económicas, como las de Argentina y Bolivia, o de inseguridad, como en Colombia y en Ecuador, más los eternos escándalos de corrupción, han propiciado triunfos de candidatos conservadores que, paradójicamente, también son en mayor o menor medida populistas.

Yo creo que el enojo social está provocando un rechazo al orden establecido, sea cual sea. Las sociedades se han vuelto más exigentes y demandan satisfacciones casi inmediatas. En nuestra América predominaban hasta hace poco los gobiernos izquierdistas, casi todos malos, y contra ellos se ha expresado la inconformidad. De hecho, me atrevo a vaticinar que en el futuro previsible veremos una nueva ola rosa en el subcontinente que tirará varios de los flamantes populismos de derecha, los cuales empeorarán las cosas. Y es que, salvo Uruguay y Chile, que parecen tener una vacuna contra el virus populista, los latinoamericanos somos víctimas de la epidemia. Los chilenos castigaron a un progresista, pero se decantaron por alguien que pese a su ultraderechismo no tiene carisma ni perfil caudillista.

El asunto es demasiado complejo para ser analizado con las viejas categorías de geometría política. El problema del siglo XXI es el populismo, y no se resuelve optando por el de izquierda o el de derecha. Si Flávio Bolsonaro gana la segunda vuelta brasileña el electorado no tardará mucho en echarlo como hizo con su padre y, me temo, en reemplazarlo con otro caudillo. No quiero ser profeta del desastre, y lo que menos deseo es un periodo más de zozobra a América Latina, pero preveo en la región los tiempos de inestabilidad que acechan al mundo. Y conste, no me refiero a las alternancias, que no son per se inestables y sí son muy saludables en la democracia, sino a los bandazos que se dan entre patriarcas de uno u otro signo que gobiernan a golpes de polarización, que eliminan contrapesos, socavan instituciones y desprecian el conocimiento.

La exigencia es fecunda cuando proviene de la cabeza, no cuando se gesta en el estómago. Qué bueno que no aceptemos un sistema democrático cooptado y que tumbemos gobiernos corruptos; qué malo que no nos demos cuenta de que seguiremos padeciéndolos mientras nos muevan la ira y el culto a la personalidad. La fe en un vengador iluminado atrofia la razón. Si lo que nos guía al elegir es la estridencia polarizante de un candidato, su promesa de una reivindicación revanchista, acabaremos eligiendo después a su némesis. Es decir, si seguimos empecinados en elegir al carnicero de hoy, que será la res de mañana, viviremos en una carnicería.

PD: El caso mexicano amerita otro artículo.


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Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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