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Domingo , 17.02.2019 / 14:23 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Máquinas

Adrián Herrera

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De noche, muy tarde, salen anuncios en la tele que desafían los sentidos y el intelecto. Hay de todo; sustancias cuasi mágicas que arreglan y curan todo, tratamientos de belleza y máquinas para hacer todo tipo de ejercicios. Estos aparatos captan mi atención; proponen movimientos nunca antes vistos para el cuerpo humano. Tan extraños que en un punto parece que el modelo que los ejecuta está a punto de romperse o desbaratarse. La idea de estos aparatos es, según la compañía que los vende, crear el cuerpo perfecto para sentirse bien y nos muestra una foto borrosa de un gordo seguida del mismo gordo tiempo después, flaco y mamado. Sí, hay algo de eso: el ejercicio es bueno y nos mantiene en forma. Pero no es una máquina terapéutica, propiamente. Son un montón de fierros y ligas que producen movimientos curiosos, aparatos para hacer ejercicio en casa. Son máquinas utópicas, reductos de diseños mal avenidos del renacimiento, copias grises y desajustadas de orgías mentales de Leonardo da Vinci que pretenden, a través del “antes y después” regresarte tu dignidad, corregir tu imagen ante el espejo y la sociedad y garantizarte que te vas a sentir muy bien. Bien flacos, bien buenos y musculosos, pero hemos perdido la capacidad para valorar lo intelectual, lo emocional: ahora todo queda en manos de la apariencia. Mire, hace cien años las gordas eran la moda. Luego entraron las anoréxicas, después las “llenitas” y así sucesivamente. El estándar de belleza es relativo a la época. Las máquinas renacentistas para quitar kilos se venden a montones: siempre es la misma cosa, pero con diseños cambiantes. La estrategia mercadotécnica es la misma.

Tenemos un problema de percepción grave; vivimos en un país con récord de obesos y en donde la mayoría de la población son prietos. Empero, los anuncios siempre usan niñas esbeltas y jóvenes musculosos, y casi siempre son rubios y blancos. Eso me dice que la idea que se tiene de belleza (o más bien, la idea que los mercadotecnistas han implantado en nosotros) es muy distinta a la realidad estadística.

El problema, por un lado, no es de apariencia, es de salud; ya se saben las consecuencias que traen la obesidad y las dietas desequilibradas. Los efectos sobre el aparato cardiovascular y sobre las articulaciones, entre otras, son tremendas. Basta con revisar la estadística de estas enfermedades en el país para entender que, antes que un problema estético, tenemos uno verdaderamente patológico. Pero presentamos esta tendencia a aparentar lo que no somos, quizá con la creencia de que al hacerlo nuestras dolencias desaparecerán, pero ya sabemos que esto no ocurre. El efecto psicológico que estos anuncios tienen en la población es maquiavélico. ¿Cómo te imaginas que se sienten las personas cuyo físico no coincide con el de los anuncios que ve en los medios? El inconsciente registra las cosas de cierta manera y eso influye en nuestro comportamiento. Todos quieren estar bien buenos, pues así están siendo secretamente convencidos de que son incapaces de gozar su sexualidad, su sensualidad y su afectividad con el físico que poseen. Imagino una telenovela con actores morenos y regulares: lamentablemente, si hacemos esto podría bajar el rating, pues nos han hecho creer que los feos necesitan a los bonitos para identificarse con ellos y soñar que algún día serán así. La mercadotecnia es una utopía, es un mundo virtual creado no con seres perfectos, si no personajes que se moldean según las características de la población.

El otro día fui a un centro comercial; me detuve en las tiendas de ropa y me fijé en las fotos de los modelos que usan para anunciarla; personas bien seleccionadas con características físicas que nada tienen que ver con la fisonomía del mexicano promedio. Ni las personas que compran el producto ni los empleados que los venden son así. Algunos, sí, y se han de sentir soñados. Y lo que veo en esos anuncios de tele en la madrugada es una gran familia de güeros musculosos y niñas bronceadas con nalgas duras donde todos sonríen y son felices vendiendo las fabulosas máquinas renacentistas, inventos estériles, montón de fierros que nos mueven como muñecos atarantados y nos hacen ver ridículos, y exponen nuestra inseguridad y poco cerebro. No: verse bien no es sinónimo de estar bien. Y sentirse bien por usar máquinas de ejercicio, beber sustancias seudomilagrosas, llevar dietas de moda o vestirse de acuerdo a ciertas tendencias es un fenómeno que puede explicarse por el efecto psicológico de campañas publicitarias. Insisto: deberían comenzar campañas masivas para estimular la civilidad, la reflexión, la apreciación artística, la buena alimentación y, claro, la tolerancia. Me gustaría ver el efecto, a largo plazo, que eso tendría en nuestro país. Sospecho que se irían a la mierda los estereotipos bajo los cuales nos han indoctrinado desde hace años y que generan intolerancia, división y estilos de vida perniciosos.

chefherrera@gmail.com

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