Mi tía nos contaba historias de fantasmas, aparecidos, muertos y espectros en el rancho frente a la chimenea. Éramos niños y creíamos todo. Y aunque nos asustábamos, el miedo era sólo un catalizador, un condimento potente que estimulaba algo más esencial, más profundo, algo que en ese momento no podíamos reconocer del todo, pero que de cierta manera intuíamos.
Los fantasmas sólo existen en el momento en que cuentas la historia, lees el cuento o tienes una experiencia inquietante y luego desaparecen. Pero son particularmente persistentes y nos salen al encuentro –nos asaltan– con tanta frecuencia.
¿Dónde habita el fantasma: dentro o fuera de nosotros? En ambos sitios. La psicología argumenta que tal presencia no es otra cosa que la distorsión de la mente y cuando lo vemos fuera, es un problema de percepción, de una combinación de factores. No es la explicación científica lo que me interesa aquí, sino la literaria: el fantasma es un fenómeno natural en nosotros.
Son, por otro lado, divertidos y necesarios para una buena conversación.
Hay varios tipos de fantasmas: los de la conciencia, que se proyectan al exterior en forma de delusiones morales y éticas. Los generados por huellas que son preformadas a partir de recuerdos y demabulan en la memoria, acechándonos. Los colectivos, tejidos con remedos de historia alimentados por la infatuación del nacionalismo, las ideologías y las religiones. Los santos, mártires y beatos, que conforman un panteón abundantísimo. Los fantasmas mitológicos, como arcángeles, demonios y otros seres culturalmente creados, que persisten en la memoria de los pueblos. Dios, el gran fantasma. Los que se consolidan en fiestas populares, como el Día de Muertos. Los circunstanciales, como sombras, ruidos, temblores y destellos misteriosos que nos acechan en esas noches solitarias, en donde nuestras mentes se regocijan tejiendo escenarios inquietantes. Los que aparecen en forma de robots, computadoras y teléfonos celulares, espejismos de una tecnología creada para facilitar la vida, pero que ha generado un espectro electrónico omnipresente y casi ominisciente, alimentado por nuestra patológica y obsesiva tendencia a generar información y vivir en una realidad virtual desconectada de nuestra realidad orgánica, que paulatinamente nos llevan a tener una existencia que emula nuestra conexión sensorial con el mundo físico.
Los fantasmas son los títeres misteriosos de la conciencia.
Las emociones y deseos que ocultamos y que nos negamos y resistimos a experimentar se vuelven efectivamente fantasmas, espejismos que lentamente van tomando control de nuestra volición; se apoderan de nuestros impulsos y reaccionamos como movidos por una fuerza irracional.
El fantasma es un deseo, un anhelo de trascender lo orgánico, la memoria. Pero también es un temor –horror– que viene de una intuición de que no debemos intentar violar los límites y condiciones de la naturaleza de la cual somos parte.
Pero hay otro fantasma, el de todos los días, el que persiste en nuestras casas, en la memoria, en nuestra necedad alimentada por la melancolía y la nostalgia, por la incapacidad de soltar, de deshacerse de cosas que sabemos que no podemos cargar con ellas. La ropa vieja que guardamos y que cuelga de un clóset polvoriento y mohoso, objetos rezagados en cajas que ignoramos qué contienen, cosas que han sido poco a poco replegadas hacia el fondo de los cajones, fotos de gente muerta y objetos estáticos, testigos de nuestro decaimiento constante, imparable.
No podemos desprendernos de estos objetos porque encapsulan recuerdos y de esa manera nos aferramos a imágenes de nosotros mismos, y de épocas pretéritas que ya no son. Nos rehusamos a envejecer y no logramos asimilar y aceptar nuestra realidad inmediata y, peor, evitamos reconocer nuestro insoslayable final. Nuestras vidas son lentos procesos en los cuales vamos prefigurando y confeccionando estos espectros. Pero olvidamos un hecho esencial: nosotros somos los fantasmas. Siempre lo fuimos.