Cultura

Ruidos

Si hiciéramos una recopilación de todos los ruidos que se generan en una ciudad grande en México, lograríamos estructurar una sinfonía esquizofrénica como nunca se ha escuchado en la historia de este planeta.

Hace poco pasé una noche en el bosque. Llevaba tiempo sin salir. Lo primero que escuché al bajar de la camioneta fue el viento. Fresco, aromático, vigorizante. Luego aves. Después el sonido de mis pasos haciendo crujir las hojas secas de la vereda. Por la noche observé el cielo y antes de dormir pasé un rato escuchando a los animales nocturnos. Cuando regresé a casa noté lo relajado que venía y lamenté no hacer estas salidas más seguido.

En casa tenemos una bocina que reproduce sonidos de la naturaleza: tormenta eléctrica, lluvia suave, cantos de aves, sonidos del bosque, el siseo de un arroyo, etcétera. Mi mujer y yo la ponemos casi todas las noches. A ella le tranquiliza la noche de tormenta mientras que yo prefiero los sonidos nocturnos del campo. Entonces pienso en este émulo fársico de la naturaleza en que hemos transformado la vida en la gran ciudad. Quizá el cerebro se engañe creyendo que realmente estamos en el campo, pero es sólo un escenario artificial, estéril.

Los sonidos de la ciudad son estimulantes, sí, pero de manera equivocada. Los repartidores en moto hacen un ruido enervante con sus motores, pitan para anunciar que ya llegaron y los perros ladran histéricos. Tres sonidos entrelazados en un solo proceso. Es demencial. Luego están las hechizantes sirenas que terminan siendo como mantras: de policía, de ambulancias, de protección civil, de bomberos. Por las noches sobre la avenida grande se escuchan carreras de autos y motos. Ah, y las ya habituales balaceras, muy importantes. Barrios y vecindarios aportan sustanciales gritos y riñas, tanto caseras como callejeras, y embelesan el ambiente, junto con las fiestas en donde la gente se esmera en lucir a todo volumen sus bocinas gigantes. Y luego están los televisores: hay quienes disfrutan dejarlos encendidos a todo volumen y aunque no les prestan atención, el punto es que el aparato se exprese y sea libre. Porque tanto la tele, como el radio, son esos miembros de la familia y de los negocios que siempre están allí, encendidos, y no importa lo que estén transmitiendo, la cosa es dejarlos ser. Lluvia, tormentas, granizo y ventoleras añaden su tesitura, así como el canto de aves –cada vez más raras– y entre los maullidos, siseos y peleas de los gatos por las noches y las turbinas de los aviones de pasajeros rasgando la atmósfera, ya sólo nos falta el estruendo apocalíptico de una erupción volcánica y los resquebrajos de un sismo.

Atravesé una cafetería para ir al baño. Me concentré en los ruidos. Entre la maraña sonora no se podían distinguir conversaciones: gente sorbiendo, eructando, riendo a carcajadas, chiflando, gritando, elaborando vocalizaciones bizarras, hablando sin decir nada y sin escuchar, meseros haciendo tintinar copas, vasos y platos, la campanita de la puerta cada que alguien la abre, celulares y zapatos percutiendo el suelo en todo momento.

Somos generadores de ruidos inconexos y caóticos, micos desquiciados y parlanchines que, de escuchar y registrar todos los sonidos del mundo durante milenios, decidimos crear una morusa inconexa y sin sentido de sonidos disparatados y carentes de significado. Me sorprende que todavía seamos capaces de hacer música y de comunicarnos con lenguaje articulado.

Estamos saturados de ruidos, de luces. El cerebro necesita descansar. El estrés generado por este estilo de vida es tremendo y cobra factura, tanto en salud mental como en la manera en que nos comportamos en sociedad. Y no nos damos cuenta de ello. Vamos progresivamente volviéndonos neuróticos, el ruido nos desequilibra y trastorna. Pareciera que debemos acostumbrarnos, pero no tenemos por qué hacerlo.

Pero lo más imperioso y acuciante aquí es que, sucintamente puesto, no sabemos estarnos callados ni un momento. Quietos y en silencio.


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Adrián Herrera
  • Adrián Herrera
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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