Mi papá era ingeniero y piloto privado y en casa siempre hubo literatura relacionada con la aviación y el espacio. Teníamos un montón de revistas, notablemente, Popular Mechanics, Scientific American y Popular Science y muchos libros sobre los programas espaciales de la NASA y los rusos, además del mitológico Cosmos, de Carl Sagan, entre otros libros de divulgación.
Tendría como 10 años. Fuimos a Houston, al space center y quedé mesmerizado por la exhibición. Me acuerdo más de esa visita que una que hicimos a Disneylandia (sitio que me pareció en particular aburrido, cansado y perfectamente olvidable). Una cosa es ver las caricaturas en la tele y otra muy distinta –y bizarra– es ver las botargas bailando en un sitio muy extraño y que bien pudo haber sido diseñado bajo el influjo de alguna droga. Por cierto, más o menos por ese año, mis suegros y su familia (incluida mi mujer) visitaron Disneylandia y se toparon al mismísimo Neil Armstrong, el cual les obsequió un autógrafo que aún guardan. No termino de comprender la conjetura entre ese lugar y el primer hombre que pisó la Luna. Es un dato que me confunde.
Ya en los ochenta comencé a leer ciencia ficción, astronomía y temas afines. Me suscribí a la extinta revista OMNI, continué leyendo las suscripciones de Scientific American y viví una realidad más o menos alternativa que continúa hasta hoy.
Me gusta salir a los desiertos y montañas a acampar. En el día es una experiencia y en la noche comienza otra. Compré un atlas del cielo. Mostraba constelaciones, planetas, estrellas, los deep space objects y otras estructuras y fenómenos cósmicos. Muchas de estas cosas no se pueden observar a simple vista; algunas se ven con binoculares, como la galaxia Andrómeda, pero otras requieren un telescopio. Así que terminé comprando uno. No muy grande, de seis pulgadas, pero lo suficiente como para observar algunas cosas interesantes. Las noches en el desierto fueron mágicas, observando la rotación del cielo, estrellas fugaces y uno que otro satélite artificial. Además de la entretenida conversación que teníamos. No deja de deslumbrarme el telón tan extenso y maravilloso del universo, y no puedo más que pensar en otros mundos tan extraños y fantásticos que deben estar por ahí y de los grandes misterios que nos aguardan. Porque el conocimiento se halla entretejido con la belleza que sentimos y con el pasmo que nos envuelve al contemplar todo aquello.
Con la reciente misión Artemis II a la Luna, despertó en mi esa necesidad de recurrir a la literatura de astronomía y viajes espaciales. Di con un par de libros de los proyectos Mercury, Gemini y Apolo, pero con las fotos originales escaneadas y remasterizadas. En cada página sale una foto y abajo una mezcla entre una descripción de la misma y una conversación entre los astronautas y la Tierra. El formato te atrapa y logra que más o menos vivas la experiencia. También compré un libro de Buzz Aldrin, otro de John Young y un libro magnífico, Moon dust, que habla sobre los astronautas que caminaron sobre la Luna. Me llegó también uno de Asif Siddiqi sobre todas las misiones no tripuladas, sondas científicas enviadas por los Estados Unidos y Rusia, principalmente, desde los años cincuenta. Ah, también compré dos volumenes de fotos –las más recientes– de los telescopios Hubble y Webb. Todos los días leo un poquito de uno, un poquito de otro, y me dejo llevar por esos escenarios y viajes increíbles que casi rayan en lo fantástico. También compré este libro: Principios fundamentales de astrofísica, de Miguel Ángel Sabadell, para comprender los fenómenos que veo en las fotos y con él puedo penetrar un poco más en la esencia de estos cuerpos y sus alucinantes mecanismos internos.
Nuestro planeta no es sino uno más de toda esta enorme variedad de objetos y fenómenos cósmicos. No somos ninguna rareza ni excepción y debemos vernos a nosotros mismos como un proceso más de todo este grandioso escenario que evoluciona y que poco a poco vamos comprendiendo.