Existen dos tipos de fantasmas: los de verdad, o sea los que hacen ruidos, se aparecen y asustan, y los que imaginamos y arrastramos dentro de nosotros y proyectamos en nuestra realidad cotidiana. Los primeros son interesantes porque en el fondo, son puro entretenimiento. Los segundos son una monserga. Veamos el primer tipo; en el poema de Poe, "Spirits of the dead", la segunda estrofa dice:
"Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono, —porque los espíritus de los muertos que estuvieron frente a ti en la vida, están nuevamente alrededor de ti en la muerte, —y su voluntad te ensombrecerá: quédate quieto".
El narrador está en un cementerio y, aunque nadie lo acompaña, se encuentra rodeado de las almas de los difuntos. Ellos siempre están ahí porque su recuerdo nos acompaña, porque sus nombres están labrados en lápidas de mármol, porque llevamos su sangre, porque siempre hay algo que nos refiere a ellos: su presencia es constante. Este fantasma es el verdadero inmortal, pues ha trascendido su tiempo, su sustancia y se halla envuelto en un velo de misterio que solo él (y tal vez ni eso) sabe y conoce.
Nos da esta impresión de que ellos saben algo que nosotros no. Los muertos ahora tienen una respuesta que nosotros no imaginamos pero que de alguna forma sospechamos.
Morir es un secreto que se llevan a los que les ocurre, y sólo ellos saben —o no— lo que ocurre durante y después. Quizá al morir y pasar a otro estado no se tenga ya la consciencia ni memoria de lo que se fue en vida.
El fantasma no puede morir ya, sólo aparecer y desaparecer a su usanza; cuales quieran que sean los motivos para deambular por cementerios o casas viejas, son sitios que de alguna forma le son naturales y los vivos se presentan como intrusos de estas moradas supernaturales. Pero el espectro sostiene graves ataduras con la vida que ha dejado y con las personas con las cuales tuvo contacto; así quedan cuentas sin saldar, venganzas, acechos y rumores que se escuchan entre los rincones, detrás de las puertas y entre los suspiros del viento entre el bosque.
Pero el misterio es y será tal vez el más grande de las sinrazones del fantasma, porque el espectro asusta sin motivo, sólo por el placer de hacerlo. Es la destilación del miedo en su esencia irreducible. No hay cuentas que cobrar ni asuntos que finiquitar: el objetivo es suscitar miedo, regocijarse en él y tal vez, matar con él. Esa es la motivación del fantasma.
El segundo tipo de fantasma es peor porque ese lo venimos arrastrando y nos cuesta mucho mandarlo al carajo, y además, no es divertido. Recuerdo el cuento de Carlos Fuentes, "Chac Mool", donde se relata cómo un sujeto compra una estatua de este personaje prehispánico, después cobra vida y lo fastidia hasta la muerte.
El cuento lo interpreto como una alegoría de cómo los mexicanos vivimos con fantasmas a cuestas; fantasmas históricos, culturales, fantasmas de lo cotidiano, económicos y políticos y psicológicos. ¿Podemos coexistir con esta fauna amplísima de espectros y presencias inmateriales? Yo creo que no. Son molestos, entrometidos, necios e impertinentes. Me parece que los dejamos intervenir de más en nuestros asuntos inmediatos. Y eso es lo que hace que nuestras vidas sean de complicadas a miserables. Propongo espantarlos con humo de chile; dejar de darles de comer el Día de Muertos y prohibir las sesiones espiritistas. Sólo así podremos continuar con nuestras concretas y físicas existencias y dejar atrás a los fantasmas, tanto a los personales como a los compartidos, y saber diferenciar los que son diversión de los que no sirven para nada.
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