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Miércoles , 24.04.2019 / 16:15 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Alberca

Adrián Herrera

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Eran pasadas las cuatro y el sol estaba calentando rico. En cuanto llegué al hotel subí rápidamente al cuarto y me cambié. Cogí mi toalla y bajé a la alberca. La idea era zambullirme antes de que se ocultara el sol y comenzaran a soplar esos vientos fríos y nefastos que soplan en la tarde. A esa hora es raro encontrar gente pero cuando llegué ya se había congregado una pequeña multitud; estaban hacia el fondo de la alberca, junto a los asadores: conversaban en silencio. Dejé mi toalla sobre una de esas sillas largas con respaldo reclinable, me quité la camisa y me tiré al agua. La alberca no es profunda, tendrá como un metro y cacho, a lo mucho. El agua me refrescó y tonificó mis músculos. El aroma a cloro me irritó un poco y pensé que ese elemento era como una sustancia bondadosa que limpiaba mi piel de bacterias y de la suciedad que había recogido por la ciudad durante el día. Al pensar eso sentí una especie de alivio. Comencé a flotar boca arriba y contemplé el cielo; el sol caía rápidamente hacia el oeste pero todavía calentaba. Algunas nubes errantes pasaron encima de mí y no pude más que sentir una cierta inquietud, pues sabía que una vez que disminuyera la temperatura, vendrían más nubes, viento y tal vez lluvia. Así era el clima en esa región.

Mientras flotaba, mis oídos permanecían bajo el agua por lo que escuchaba las voces del grupillo al fondo de la alberca; llegaban como sonidos apagados, indescifrables, densos y untuosos. Por un momento pensé que encenderían los asadores, pondrían música y se armaría tremendo ambiente, pero se veían muy serios, discretos y controlados. El cielo comenzó a nublarse un poco y sentí una brisa un poco más que fresca refrescar mi rostro; una leve excitación recorrió mi piel. Sabía lo que estaba por ocurrir. Me incorporé y quedé con el agua hasta el ombligo. El sol ya se ha ocultado detrás del muro de la alberca y a medida que avanza su sombra la temperatura del ambiente disminuye. De pronto, algo ocurre; el grupúsculo de bañantes se han puesto túnicas blancas y se toman de las manos. Cierran los ojos y oran. No alcanzo a entender bien lo que dicen pero invocan a un ser superior. Entonces le retiran la túnica a un miembro y queda en truza; lo encaminan hacia las escalinatas de la alberca y todos entran al agua. Ante tal escena, temo y me repliego hasta la esquina más remota de la alberca. Con el agua hasta la cintura, lo rodean, alguien lo toma de la frente y del abdomen, lo deja caer de espaldas y sumerge en el agua dos veces: el grupo comienza a entonar un cántico de júbilo. ¡Algarabía! El iniciado llora, da testimonio, se siente liberado, conectado, realizado. Se retiran; avanzan lerdamente a través del agua, suben las escaleras y van escurriendo el agua luminosa por las baldosas que rodean a la alberca. Salgo tan rápido como puedo e intento sacarle la vuelta al grupo y huir, pero mi plan falla y tres de ellos me interceptan; uno me toma del brazo y con rostro sombrío y voz grave me jala y dice: –Hermano, ¿deseas ser bautizado? Entonces comenzó a llover. Aproveché el divertimento y huí. Salí de ahí temblando, no sé si por el frío o por el prospecto de ser integrado a un rito y fe para mí desconocidos. Ya en mi cuarto intenté dormir, pero el fragor de los truenos y el resplandor de los rayos proyectándose en mi habitación no me dejaron descansar, además de las notables pesadillas que padecí esa noche. A la mañana siguiente me desperté pensando sobre si el cloro del agua de la alberca habría agregado algún elemento decisivo en la santificación de aquel ritual. Quizá en ello radica su valor; vaya usted a saber.

chefherrera@gmail.com

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