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  • El ascenso de Apple, medio siglo después de su fundación

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Apple cumple 50 años de historia. Shutterstock.

Al dominar su cadena de suministro global, Apple construyó una ventaja silenciosa que, aún define su poder en la industria tecnológica.

Nuestra memoria colectiva está equivocada.La historia del regreso de Apple  —del borde de la bancarrota a finales de los noventa al nacimiento del iPhone en 2007— suele contarse como el triunfo de la visión de Steve Jobs y el diseño de Jony Ive.

Pero esos años fueron también un infierno de fabricación. Apple tuvo que conciliar sistemas opuestos para producir a gran escala, rápido y sin errores. “Fue una prueba de fuego”, diría Tony Fadell, quien ascendió de contratista a vicepresidente sénior durante este periodo. “No sabíamos lo que no sabíamos”.

La empresa encadenó crisis: el estallido de la burbuja puntocom en 2000, fracasos como el G4 Cube y márgenes mínimos pese al éxito cultural del iMac y el iPod. En los primeros siete años de Jobs como CEO, Apple acumuló apenas 2 mil 100 millones de dólares (mdd) en utilidades; hoy genera esa cifra en una semana.

Para el pequeño grupo que recorrió el mundo montando esa infraestructura, el costo fue alto. “Todo ese diseño ‘increíblemente bueno’ tuvo un precio”, recuerda David Lundgren, director de diseño de producto del primer iMac.

De ese caos emergió una lección clave: no es lo mismo “saber cómo” que “hacer”. Integrar diseño de vanguardia con sistemas de calidad tomó años. No fue sino hasta el iPod nano, en 2005, cuando Apple logró articular ambas cosas. Ahí se sentaron las bases de su jugada más ambiciosa: entrar al mercado de los teléfonos móviles.

Esa decisión la llevaría a convertirse en la empresa más valiosa del mundo antes de la muerte de Jobs en 2011. En la década siguiente, su éxito también reconfiguraría la industria japonesa y la manufactura china , en trayectorias paralelas definidas por su lugar dentro del ecosistema de Apple.

Las practicas de negocios de la manzana hicieron que crecieran, pero le provocó problemas con países de Asia durante su desarrollo.
Tim Cook, Director Ejecutivo de Apple. Shutterstock.

En un comunicado, Apple refutó esta versión de su ascenso. “La premisa es completamente falsa y no refleja cómo trabajamos con nuestros socios de la cadena de suministro”.

De la improvisación al sistema

A principios de los años noventa, cuando la cartera de Apple pasó de unos cuantos productos al año a decenas, la compañía creó el Apple New Product Process (ANPP), una hoja de ruta para desarrollar productos desde el concepto hasta el cliente

Pero cuando Steve Jobs regresó en 1997, ese marco ya no era suficiente.

“Jobs quería una organización muy poco profunda”, recuerda un antiguo ingeniero de fabricación. “Se había creado una burocracia enorme, con vicepresidentes y grupos que no se comunicaban entre sí”. Jobs ejecutó una purga a ese nivel —“excepto Jackie Streeter”, añade—.

Streeter, quien se unió a Apple en los años ochenta, había codesarrollado el ANPP como jefa de ingeniería central. Que Jobs la mantuviera es revelador. 

El Jobs joven, que defendía que era “mejor ser pirata que unirse a la Marina”, había impulsado éxitos como el Mac, pero también fracasos como el Lisa, el Apple III y el NeXTcube. El Jobs más maduro entendía el valor del proceso: ese trabajo poco glamuroso que asegura calidad y consistencia.

Aun así, cuando Apple diseñó el iMac “Bondi Blue” con el objetivo de lanzarlo en 14 meses, el ANPP mostró sus límites. “La gente pensaba que estábamos locos”, recuerda Jon Rubinstein, entonces vicepresidente sénior de ingeniería de hardware. “Básicamente, lo desmantelamos”.

Empezar de cero no fue sencillo. Seis meses después de iniciado el proyecto, Jobs descubrió que el diseño no era viable y obligó a reiniciar. Estalló: “¡95 mil puestos de trabajo dependen de ustedes, y han fracasado!”.

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20 por ciento de los smartphones del mundo

Los produce Apple, pese a que su manufactura depende en gran medida de Asia.

Rubinstein y Glen Miranker, ingenieros provenientes de Motorola, introdujeron mayor rigor con un marco de tres fases para guiar ingeniería, desarrollo y producción. “Es kaizen, mejora continua”, explicaría Rubinstein. “Teníamos un equipo entero dedicado al proceso”.

Ese enfoque evolucionó con el iPod. En 2001, Apple pasó de la concepción al lanzamiento en solo nueve meses, reflejo de una ejecución multifuncional mucho más ágil.

Tony Fadell subraya que los controles de calidad en cada etapa de fabricación fueron decisivos. Una tasa de defectos de 1 por ciento parecía tolerable con cientos de miles de unidades, pero se volvía insostenible cuando la producción alcanzó decenas de millones.

 “Pasamos de una o dos líneas a 10, 20, 100 líneas en paralelo. Cualquier defecto se multiplicaba de inmediato”.

Al mismo tiempo, Apple buscó equilibrar fiabilidad y velocidad. Nuevos empleados de IBM introdujeron una cultura donde “el cronograma es fundamental”, inspirada en la manufactura esbelta de Toyota. Cuando Tim Cook asumió operaciones en 1998, convirtió el tiempo en una ventaja competitiva.

Para algunos, la lentitud era sinónimo de perfección; para Cook, era desperdicio. Como solía decir —fiel a su reputación de “Atila el Huno del inventario”—: “¿Entiendes que cada minuto es un millón de dólares perdidos?”.

Un modelo agresivo con proveedores

A medida que Apple aumentaba el volumen de sus envíos, sus alianzas en la cadena de suministro se volvieron más importantes —y más numerosas—. También emergió una práctica decisiva, aunque éticamente cuestionable.

En los primeros años del regreso de Jobs, Apple prefería depender de un solo proveedor para componentes clave. La lógica era clara: al trabajar con múltiples proveedores, el producto debía adaptarse al “mínimo común denominador”. Jobs, obsesionado con la calidad, optaba por elegir al mejor y asegurar su éxito a toda costa.

Las practicas de negocios de la manzana hicieron que crecieran, pero le provocó problemas con países de Asia durante su desarrollo.
Foxconn, empresa Taiwanesa líder fabricante de electrónica. EFE.

Esto rompía con la práctica de la industria, basada en piezas estándar y múltiples fabricantes. Apple, en cambio, empujaba a sus socios a crear materiales y procesos que aún no existían

“Si encontrábamos una empresa que ya pudiera hacer exactamente lo que queríamos, no estábamos haciendo lo correcto”, recordaría un ingeniero.

Pero el éxito masivo obligó a cambiar. Con ventas del iPod en decenas de millones, depender de un solo proveedor era inviable. La solución: identificar al mejor y luego enseñar a sus competidores hasta eliminar cualquier diferencia. Algunos proveedores lo llamaron “espionaje corporativo”.

El iPod Classic se volvió emblemático. Su carcasa de acero inoxidable, de apenas 0.4 milímetros, lograba un acabado espejo mediante pulido manual de precisión. 

Apple trabajó con artesanos japoneses para desarrollar el proceso, pero cuando la demanda superó su capacidad, intervino con otro enfoque: grabó cada movimiento —ángulo, presión, velocidad, sonido—, lo tradujo a código y lo automatizó a gran escala en China.

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Cerca de 50 por ciento de los iPhone se

Ensamblan en China, consolidando al país como el núcleo de su cadena de suministro.

Este episodio se detalla en un libro japonés de 2013, El verdadero rostro del imperio Apple, de los periodistas Naoyoshi Goto y Jun Morikawa.

Este patrón se repitió. El equipo de diseño de Ive seducía a proveedores japoneses con prestigio y promesas de negocio. Luego, tomaba el control, encontraba costos elevados y resistencia al riesgo, y replicaba la técnica mediante ingeniería inversa en otros países.

El caso de Sharp fue aún más revelador. A finales de los 2000, Apple necesitaba millones de pantallas LCD para el iPhone y ofreció financiar la reconversión de una planta con casi mil mdd por adelantado. 

Dentro de la fábrica, Apple instaló un equipo propio, pero no se trataba de californianos; eran de Asia, “profesionales de pantallas reclutados por Apple de Samsung, Motorola y empresas taiwanesas”, dice. 

“Y al firmar un contrato de suministro exclusivo, Apple obtuvo acceso a todo: el conocimiento de la línea de producción de Sharp, sus métodos de fabricación y su estructura de costos”.

El control era tal que, cuando Apple demandaba pantallas, la planta operaba por encima de 90 por ciento de su capacidad; cuando no, quedaba prácticamente detenida. Sharp no podía vender a otros clientes clave. En la práctica, había cedido el control de su propia producción.

Académicos japoneses describieron este modelo como una “gobernanza cautiva”. Legalmente, Apple se blindaba: sus contratos exigían a los proveedores ceder todos los derechos de propiedad intelectual

Así, con el incentivo de pedidos millonarios, la compañía podía apropiarse del conocimiento generado por terceros.

“Si queríamos incorporar a otro proveedor, decíamos: ‘Nosotros somos dueños de la propiedad intelectual’”, explicó un exingeniero. “Podíamos ir con alguien más y enseñarle exactamente cómo hacerlo”.

Impacto en Japón: pérdida de ventaja

Japón, con su especialización en nichos y salarios elevados, resultó especialmente vulnerable.

Apple encontró una forma indirecta de superarlo: no fabricando mejores productos, sino apropiándose de los procesos clave y replicándolos

Instaló incluso láseres capaces de medir cada dimensión y color de las piezas de sus proveedores, generando un flujo constante de datos hacia Cupertino. Las lecciones del control de calidad estadístico de Homer Sarasohn se actualizaron con tecnología del siglo XXI.

“Los japoneses todavía están furiosos”, afirma un alto ejecutivo de la cadena de suministro. “Su valor, su mano de obra, su fórmula secreta, fueron extraídos por completo… Apple tomaba los videos y no había nada que se pudiera hacer. Lo llamaban su propiedad intelectual”.

Para sostener su ritmo de innovación, Apple creó equipos de expertos cuya misión era recorrer el mundo en busca de técnicas poco conocidas —desde cámaras hasta relojes— y adaptarlas a la fabricación de iPhones y MacBooks. 

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Más de 100 líneas de producción pueden operar

En paralelo para un solo producto de Apple en momentos de alta demanda.

Las propias vacantes de la compañía lo confirman: estos especialistas pasan hasta 25 por ciento de su tiempo en fábricas, desarrollando procesos escalables con proveedores.

El alcance de su trabajo era notable. Matt Theobald, ingeniero con 17 años en Apple, aparece como coinventor de tecnologías tan dispares como sistemas de alineación de vidrio para altas temperaturas, carcasas unificadas de portátiles, estructuras de telar y máquinas Jacquard.

Las practicas de negocios de la manzana hicieron que crecieran, pero le provocó problemas con países de Asia durante su desarrollo.
Momentos clave para el desarrollo de Apple.

Detrás de esa diversidad hay una estrategia consistente: financiar a los proveedores, integrarse en su operación, absorber el conocimiento, asegurarse contractualmente la propiedad intelectual y, finalmente, estandarizar y trasladar esos procesos a otros fabricantes.

“Podía ir a Japón o a cualquier parte del mundo para trabajar con los mejores proveedores”, recuerda un antiguo experto. “Luego buscábamos cómo escalar”.

En ese punto, China y Taiwán ofrecían una ventaja: máquinas “suficientemente buenas” y capacidad de producción masiva. Los proveedores japoneses, en cambio, producían máquinas “demasiado buenas”, difíciles de escalar al ritmo que exigía Apple

Algunos ingenieros lo reconocen con incomodidad: “Me sentía fatal… perjudicábamos al propietario original de la propiedad intelectual. Lo hice una y otra vez”.

Dentro de Apple, sin embargo, la lectura era distinta. “Es la supervivencia del más apto”, afirma un exingeniero. “Si tienes una gran idea pero no puedes llevarla a escala, no has evolucionado”. Y remata: “No se trataba de aplastar a nadie. Era simple: necesitamos millones por semana o no funciona”.

China: el verdadero ganador estratégico

El libro de jugadas que Apple perfeccionó en el último cuarto de siglo le dio una ventaja competitiva silenciosa, pero decisiva: el control profundo de su cadena de suministro.

Encontró a los mejores proveedores, absorbió su ADN de fabricación y lo codificó en patentes, procesos y configuraciones. Llegó a entender la manufactura con tal precisión que podía enfrentar proveedores entre sí, transferir conocimiento y sustituirlos cuando fuera necesario.

Fue un cambio de paradigma. Pero, en paralelo, China desarrolló otro modelo que hoy no solo desafía a Apple, sino a Occidente entero.

Los empresarios chinos lo resumen en tres palabras: yang-tao-sha —“criar, atrapar, matar”—. La lógica se remonta a finales de los años setenta, cuando Deng Xiaoping observó el rezago industrial del país

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El iPod pasó del concepto al mercado en solo

Nueve meses en 2001, marcando un salto en la ejecución industrial de Apple.

China era entonces más pobre que África subsahariana, pero tenía dos activos clave: una enorme fuerza laboral dispuesta a aprender y un Estado capaz de dirigir su uso.

Para atraer capital y conocimiento extranjero —y evitar la fuga de talento hacia Hong Kong— China creó Shenzhen, una zona económica especial diseñada como imán para la inversión mundial. A esto sumó salarios competitivos, una moneda subvaluada, incentivos fiscales y subsidios industriales.

El resultado fue una transferencia masiva de “conocimiento tácito”: habilidades que no se enseñan, se aprenden haciendo. Ese aprendizaje práctico se convirtió en el cimiento de su competitividad industrial.

Apple y China descubrieron juntos que la misma mano de obra que cosía prendas podía ensamblar iPods y iPhones. Mientras las empresas occidentales relegaban la manufactura para enfocarse en diseño, marca y finanzas —la llamada “curva sonriente”—, China apostó por lo contrario: dominar el centro de la curva.

Apple dominó esta estrategia tan bien que ahora vale 3.7 billones de dólares y genera utilidades anuales superiores a los 100 mil millones de dólares. 

​Sin embargo, China apostó a que esta curva de valor, a nivel nacional, está invertida: la llamamos “la curva gruñona del desarrollo de productos”.

Para una empresa como Apple, los extremos generan valor. Para un país, China entendió que la escala productiva genera poder. Su apuesta fue clara: priorizar capacidades sobre utilidades de corto plazo.

“A largo plazo, en una perspectiva macroeconómica, creo que los chinos dieron un paso atrás y dijeron: ‘Bueno, si lo fabricamos todo, eso es poder’”, dice un antiguo gerente de operaciones de Apple.
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Apple acumuló apenas 2 mil 100 mdd

En utilidades entre 1997 y 2004; hoy genera esa cifra en aproximadamente una semana.

Esa estrategia transformó la relación. A partir de 2006, Apple intentó aislar su conocimiento con instalaciones dedicadas como el “Apple Garden” de Foxconn. Pero el aprendizaje ya estaba en marcha.

Hoy Apple produce cerca de una quinta parte de los smartphones del mundo, pero no puede hacerlo sin China. Mientras tanto, marcas chinas controlan la mitad del mercado mundial de teléfonos inteligentes y dominan sectores críticos como baterías, tierras raras y componentes electrónicos.

El contraste es revelador. Apple logró absorber conocimiento de Japón y relegar a empresas como Sony o Sharp a roles invisibles dentro de sus productos. 

En China ocurrió lo contrario: proveedores como BYD escalaron la cadena de valor. De fabricar carcasas para Apple pasaron a liderar la industria de vehículos eléctricos, superando incluso a Tesla en ventas.

Apple no solo externalizó la manufactura; ayudó a construir la capacidad industrial de su mayor competidor.

En su aniversario número cincuenta, Apple celebra un triunfo del diseño, el software y la marca. Pero su legado más profundo podría ser la cadena de suministro que creó… y que ya no controla por completo.

A Estados Unidos le tomó una generación reaprender las lecciones que enseñó a Japón. Esta vez, quizá no haya una segunda oportunidad.

MGS

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