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  • Antes de los terremotos, México tuvo otro 19 de septiembre trágico: el día en que 'Hilda' devastó Tampico y dejó miles de víctimas

  • El agua alcanzó casi seis metros sobre la marea media y cubrió tres cuartas partes de Tampico y sus alrededores.
Hilda, el huracán que convirtió al 19 de septiembre en una fecha trágica para Tampico. | Foto: Archivo Milenio
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M+.- Cada 19 de septiembre regresan a la mente de don Roberto Mariño aquellas imágenes: personas ahogadas, casas de madera flotando por el río, animales arrastrados por la corriente, personas buscando refugio en árboles y techos, y helicópteros de Estados Unidos lanzando víveres hacia familias atrapadas en azoteas.

Para quienes sobrevivieron al ciclón Hilda y la posterior inundación que trajo consigo, septiembre no es solamente un mes en el calendario, es el mes en que Tampico estuvo bajo el agua.

A sus 92 años de edad, don Roberto no olvida el impactante suceso. 

“Yo vivía en el Triángulo, en un segundo piso y ahí me lo pasé con mi carnal, que en paz descanse, en la azotea”, dijo a MILENIO.

El huracán Hilda fue un fenómeno de categoría 4 que golpeó el sur de Tamaulipas en septiembre de 1955 y desencadenó una de las mayores tragedias naturales en la historia de Tampico y su zona conurbada. 

El meteoro llegó después de varios días de lluvias provocadas por otros sistemas, elevó el nivel de ríos y lagunas y, al tocar tierra, provocó una inundación que cubrió buena parte de la ciudad.

Justo el 19 de septiembre, el agua alcanzó casi seis metros sobre la marea media del puerto y dejó miles de damnificados y muertos.

A 71 años de aquella tragedia, Hilda permanece en la memoria de quienes sobrevivieron y de las generaciones que heredaron sus historias.

El día que Tampico se convirtió en una isla: recuerdos de la inundación provocada por Hilda. | Foto: Archivo Milenio
El día que Tampico se convirtió en una isla: recuerdos de la inundación provocada por Hilda. | Foto: Archivo Milenio

Imágenes que no se olvidan

El señor Mariño narra a MILENIO que en aquel entonces vivían en una casa de huéspedes con su madre, pero ella se fue en busca de un sitio más seguro en otra parte de la ciudad. “Todos se salieron por temor a un derrumbe, porque era una casa vieja”.

El hoy adulto mayor tenía entonces 21 años y cuenta que jamás imaginó que el lugar donde rentaban se iba a convertir prácticamente en una isla.

Subieron a la azotea y allí se quedaron. Desde lo alto podían mirar hacia el río. Abajo, el agua parecía querer tragarse a Tampico: casas de madera pasaban flotando frente a ellos, arrastradas por la corriente.

No pedazos, no tablas, casas completas que arrancaba la corriente y se las llevaba. Hilda rugía y la ciudad parecía deshacerse frente a ellos.

La lluvia había comenzado días antes, recuerda Roberto Mariño. Y cuando el ciclón pareció alejarse, regresó. Con él volvió también el agua.

La llamada “cola del ciclón” terminó por empujar hacia la ciudad una enorme cantidad de agua acumulada. La inundación comenzó a crecer hasta alcanzar la plaza y llegar al mercado.

Y mientras abajo la ciudad se convertía en un laberinto de corrientes, Roberto y su hermano permanecían arriba, esperando. No tenían electricidad; las noches transcurrían completamente a oscuras. Recuerda que el agua seguía subiendo y estuvo a punto de alcanzarlos.

“Pasaban las casas de madera enteritas allá en el río. Hubo muchos ahogados, el periódico decía que más de 12 mil”.

Durante los días siguientes, los helicópteros del Ejército de Estados Unidos comenzaron a sobrevolar las zonas inundadas y lanzaban víveres para quienes permanecían atrapados.

“Nosotros teníamos que comer allá arriba y cuando pasaban los helicópteros nos preguntaban si queríamos salirnos”, comenta el sobreviviente del Hilda, quien en aquella época se ganaba la vida como pintor.

Así pasaron los días y se convirtieron en semanas. Roberto Mariño calcula que permanecieron alrededor de un mes refugiados en las alturas.

En medio de aquella devastación tenía miedo. Pero había algo todavía más poderoso: el amor. No dejaba de pensar en su novia y, para verla, no dudó en aventurarse a nadar varias cuadras.

“Yo andaba de novio, y mi novia estaba por el parque Méndez, fui varias veces a verla, hasta que le dije que ya no iría, ya no me quise arriesgar, estaba la corriente fuerte”.

Durante aquel mes, aun con la ciudad inundada, el amor encontró caminos.

Aquella experiencia quedó grabada para siempre en su memoria, y siete décadas después, don Roberto recuerda aquellos días aciagos, en los que, incluso, pasó su cumpleaños.

Recuerda que, cuando el agua finalmente comenzó a retirarse, apareció otra ciudad, cubierta de lodo, malos olores y desperdicios.

Helicópteros, casas flotando y familias atrapadas: las escenas que dejó Hilda en Tampico. | Foto: Archivo Milenio
Helicópteros, casas flotando y familias atrapadas: las escenas que dejó Hilda en Tampico. | Foto: Archivo Milenio

Un barco “lloraba” al girar sin control

Desde el vecino municipio de Pueblo Viejo, Veracruz, una niña de 13 años atestiguaba el impacto de la tragedia. Se llamaba Juana Isidra Hernández Gómez.

Ella falleció hace cuatro años, pero su nieto, el promotor cultural y fotógrafo Luis Fernando Castillo, conserva la historia que ella repetía cada septiembre.

“Mi abuela nos platicaba la historia y nos emocionaba de imaginarnos todo lo que pudo haber pasado”.

Juana cruzaba diariamente el río Pánuco para llegar a trabajar en Tampico. En aquella época, las personas comenzaban a laborar desde muy temprana edad.

A sus 13 años ya tenía empleo en una pequeña fábrica donde bordaba y cosía.

Cuando comenzaron a llegar las noticias de que Hilda se acercaba, su patrón decidió cerrar y enviar a los trabajadores a sus casas. A Juana la acompañó personalmente hasta la avenida Monterrey.

Allí estaba la estación del ferrocarril y también las embarcaciones que comunicaban con Pueblo Viejo. El agua ya había subido. La vía del tren era prácticamente lo único que todavía detenía la inundación.

Juana abordó una embarcación y regresó a su hogar.

Aquella noche, junto a sus seres queridos, se refugiaron en casa de unos tíos, la única construcción de material de todos sus familiares y que, además, se ubicaba en la parte más alta del pueblo. Y ahí esperaron.

“Amanece y escuchan una sirena de un barco que, con mucha desesperación, iba pitando, iba sonando, y todos los niños salieron a ver qué es lo que pasaba. Se dieron cuenta de que un barco había roto amarras y venía, sin control, girando de salida hacia el mar”, relata Luis Fernando.

Años después, quienes presenciaron aquella escena decían que “se les ponía la piel chinita porque parecía que el barco iba llorando y veían la desesperación de la gente que iba asomada por las ventanas como tratando de tomar el control, pero al parecer iba apagado, no alcanzaron a prender motores”.

Finalmente, el buque llegó a la bocana y terminó golpeando en la escollera.

“Con el barco iban casas, techos, animales muertos, incluso cuentan que veían personas entre los árboles que también eran arrastrados por la corriente”.

Pero el entrevistado subraya: “Lo que más les hizo llorar a todos los vecinos de Pueblo Viejo fue ver a Tampico inundado. Finalmente, allá no pasó nada, porque está en alto”.

Desde el otro lado del río Pánuco podían contemplar la ciudad porteña bajo el agua. Y se preocuparon por sus familiares, sus amigos y los lugares donde trabajaban.

El ciclón Hilda había dejado una ciudad herida y una comunidad había contemplado la tragedia con impotencia.

En el municipio norveracruzano, la vida también cambió. Durante un tiempo, muchos de quienes trabajaban en Tampico dejaron de cruzar. La comunicación se había cortado y había miedo. Después, algunos regresaron, pero ya no era solamente para trabajar, también llegaron a ayudar a limpiar, porque la ciudad necesitaba manos.

Luis Fernando Castillo cuenta que la experiencia marcó profundamente a su abuela.

Por la impresión del suceso, la señora Juana Isidra ya no quería salir de su casa. Luego de varios meses regresó al Tampico reconstruido que sobrevivió al huracán y su inundación.


“Cuando mi abuela se casa, viene a vivir al Cascajal, pero con el tiempo decidieron irse a otro lugar por el temor de que otra inundación les pegara y terminaron viviendo en la colonia Allende, cerca del Issste y lejos del río y de la laguna del Carpintero”, comenta.

Una ciudad convertida en barro

Héctor Ramírez tenía 11 años cuando enfrentó la experiencia del ciclón Hilda. Vivía con sus padres y sus seis hermanos en Tampico.

La familia terminó refugiándose en la colonia Aurora, en casa de una tía.

Su vivienda no fue destruida, aguantó el meteoro y la inundación, pero afuera la ciudad era otra cosa.

Héctor recuerda el agua en la plaza de la Libertad, a los comerciantes del mercado tratando de proteger sus mercancías y el movimiento de la Cruz Roja.

“Recuerdo los helicópteros y el lodo, parecía una ciudad de barro”, expone.

Durante alrededor de una semana permanecieron prácticamente encerrados.

“Los soldados vigilaban las calles, nadie debía salir. No solamente por el agua, también para evitar saqueos”.

No había electricidad ni agua potable. Pero en la casa de su tía había un pozo artesanal; de ahí obtenían agua para bañarse y para otras necesidades. Pero para beberla tenían que hervirla.

“La comida se compartía entre la familia. Era una forma de sobrevivir mientras la gente esperaba que el agua bajara”.

Pero Héctor era un niño y salía de vez en cuando, sin alcanzar a comprender la magnitud de lo que estaba viviendo. Salía a comprar y regresaba.

Recuerda el relato de su madre sobre una corriente particularmente peligrosa que alcanzó a arrastrar personas cerca del cine Olimpia.

Y a la orilla del mercado municipal pasaban las palizadas. Todo aquello que el agua encontraba a su paso podía terminar flotando. La ciudad parecía haber perdido su forma.

“Tampico no recuperó de inmediato su rostro, quedó el lodo, los malos olores, casas que ya no estaban, negocios destruidos”, expone.

La ciudad que sobrevivió

Hilda no solamente dejó personas sin vida. Dejó calles inundadas, casas destruidas, negocios sin mercancía, pozos contaminados y familias que durante semanas tuvieron que vivir en condiciones extraordinarias.

Han pasado 71 años. Todo cambió y la ciudad creció. Pero el Hilda se quedó a vivir en la memoria de los tampiqueños.

El agua, en esos días, convirtió a Tampico en un lugar irreconocible. Hoy, el recuerdo del ciclón no habita solamente en los archivos históricos, sino también en las voces de quienes todavía pueden contar lo que vivieron.

El 19 de septiembre se recuerda el peor desastre que enlutó al sur de Tamaulipas.

Sin embargo, también despertó la solidaridad del país vecino, que respondió con un despliegue de fuerza nunca antes visto, movilizando recursos para salvar vidas y brindar ayuda humanitaria.

“El agua seguía subiendo”: sobrevivientes cuentan cómo enfrentaron el huracán Hilda en Tampico. | Foto: Archivo Milenio
“El agua seguía subiendo”: sobrevivientes cuentan cómo enfrentaron el huracán Hilda en Tampico. | Foto: Archivo Milenio

Los ríos Pánuco, Tamesí y las lagunas del Carpintero, Chairel y Pueblo Viejo se unieron, formando un solo cuerpo de agua. La cresta de la inundación alcanzó los 5.88 metros sobre la marea media del puerto, sumergiendo tres cuartas partes de la ciudad y sus alrededores, en un área aproximada de 6,400 kilómetros cuadrados, afirma el historiador Francisco Ramos Alcocer.

Narra que el huracán Hilda, de categoría cuatro, tuvo ráfagas que superaban los 270 kilómetros por hora. “Llegó cuando Gladys ya había elevado los niveles de ríos y lagunas, y Janeth irrumpió poco después, desatando la gran inundación”.

El saldo: más de 60 mil damnificados y al menos 12 mil muertos.

Familias enteras desaparecieron. La corriente implacable arrastró a hombres, mujeres y niños, y se tragó a su paso desde chozas hasta casas de madera arrancadas de raíz.

En su desesperación, hubo quienes se amarraron a los árboles para no morir ahogados, mientras otros se refugiaron en azoteas esperando ser rescatados.

“La crisis era inmensa y superaba la capacidad de respuesta de las autoridades”, señala el historiador.

A la una de la madrugada de aquel lunes, el ciclón tocó tierra, tomando a muchos desprevenidos. En su última transmisión, la radio gritó: “¡El ciclón está aquí!”, “¡Está aquí!”. Y el terror se apoderó de la gente.

El monstruo atravesó las entrañas de la ciudad con una fuerza descomunal.

“Volaban láminas, y las familias huían como podían de sus viviendas, buscando refugio en las zonas más altas”, destaca Ramos Alcocer.

A las cuatro y media de la madrugada, una calma absoluta invadió el ambiente, dando una falsa sensación de que todo había pasado. La gente, confiada, salió a ver los destrozos, pero una hora después el viento volvió con furia, primero en ráfagas, luego en remolinos que arrasaban con todo.

Sobrevivientes del Huracán Hilda en Tampico. | Foto: Archivo Milenio
Sobrevivientes del Huracán Hilda en Tampico. | Foto: Archivo Milenio

Era el ojo del huracán, y ahora sus vientos iban en sentido contrario. El amanecer reveló un escenario apocalíptico: lo que antes era una ciudad ahora parecía una zona de guerra.

Destrozos por doquier, escombros cubriendo las calles, árboles arrancados de raíz, postes, marquesinas y anuncios caídos, cables tirados, ramas dispersas, todo bajo una capa de devastación.

Sí. Como Hilda es el nombre del huracán, la concordancia correcta es en masculino cuando nos referimos al fenómeno: “Hilda fue…”, “el Hilda”.

Así, el 19 de septiembre quedó marcado una vez más como una fecha trágica para México.

En 1955 fue Hilda el que convirtió a Tampico en una ciudad bajo el agua; décadas después, ese mismo día volvería a quedar asociado con la tragedia por los terremotos de 1985 y 2017, que sacudieron al país y dejaron miles de víctimas.

Tres desastres separados por los años, pero unidos por una misma fecha en la memoria nacional: el 19 de septiembre.

JETL

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Cristina Gómez
  • Cristina Gómez
  • Con más de tres décadas en el periodismo, escribir es mi pasión. Buscadora de verdades ocultas, de convertir cifras en relatos y de tejer reportajes que dejen huella en la memoria colectiva, porque todo dato encierra un rostro, una vida, una historia. Orgullosamente panuquense y tampiqueña por adopción.
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