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Una década de robos y escapes: la historia de la Ma Baker de Tampico

Comerciantes y ciudadanos la retuvieron tras reconocerla por presuntos robos; después fue entregada a la Guardia Estatal y trasladada ante la Fiscalía.

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M+.- Durante diez años, María del Carmen “S” aprendió a desaparecer.

No necesitaba armas, amenazas ni grandes golpes. Le bastaba un bolso abierto, un teléfono distraído o una mujer concentrada en elegir un par de zapatos. Entraba, observaba, esperaba el segundo exacto y metía la mano. Después caminaba como si nada hubiera ocurrido.

Cuando alguien descubría el robo, Carmen ya estaba lejos.

En el sur de Tamaulipas y el norte de Veracruz, su nombre terminó circulando de boca en boca, acompañado de fotografías, videos y advertencias entre comerciantes. La conocían en tiendas, mercados, zapaterías y centros comerciales. La habían señalado una y otra vez. Incluso una magistrada del Poder Judicial estuvo entre sus víctimas.


Para algunos, construyó una fama que recordaba, salvando todas las distancias, a la de Ma Baker en el Chicago de los años treinta: no porque sus delitos fueran comparables, sino porque su nombre dejó de ser el de una delincuente desconocida y se convirtió en una referencia entre policías, comerciantes y víctimas.


Durante una década, Carmen entraba, robaba y desaparecía; su rostro circulaba, pero ella siempre encontraba la manera de volver a empezar en otra tienda, otra plaza u otra calle.

Así, la mujer consiguió algo que para una delincuente común parecía casi imposible: mantenerse fuera de prisión.

Pero a los 51 años, esa racha terminó este martes en el centro de Tampico.

Y la caída no llegó después de una operación policiaca.

Llegó cuando una multitud de comerciantes y ciudadanos que aseguraban haber sido víctimas de sus robos la reconoció, la siguió, la alcanzó y terminó golpeándola, rapándola y despojándola de la ropa.

La escena parecía el último capítulo de una historia de persecuciones en la que la perseguida, durante años, siempre encontraba una salida.

Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos permanecían alrededor de una mujer señalada por robos en el centro de Tampico.
Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos rodeaban a la mujer retenida. | Alejandro R.

La ladrona que aprendió el sistema

Los policías con mayor antigüedad en la zona recuerdan sus primeros años como fardera.

María del Carmen ''S'', originaria de Naranjos, Veracruz, fue detenida en diversas ocasiones, pero nunca llegó a purgar una condena en prisión. Con el tiempo, de acuerdo con testimonios recabados entre policías y comerciantes, entendió algo fundamental: el robo simple, cuando se cometía sin violencia, tenía consecuencias distintas a un delito cometido con agresión.

Carmen encontró ahí su territorio. No necesitaba enfrentarse con nadie. No golpeaba. No sacaba un arma. No provocaba escándalos. Robaba y corría.

Hace aproximadamente una década comenzó a frecuentar las tiendas de autoservicio. Las amas de casa eran sus principales objetivos. Mientras ellas llenaban el carrito y concentraban la atención en la despensa, Carmen observaba.

Una cartera. Un teléfono. Un bolso. Un descuido. Eso era suficiente.

Los empleados llegaron a encontrar jornadas en las que hasta tres mujeres exigían revisar las cámaras después de haber sido víctimas en el mismo establecimiento.

Pero entonces había otro problema: conseguir las imágenes.

Las empresas no siempre las entregaban con facilidad y, sin una denuncia formal, el caso podía terminar prácticamente en nada.

Carmen volvía a la calle. El rostro comenzó a circular. La tecnología terminó convirtiéndose en su principal enemiga.

Los teléfonos celulares permitieron fotografiarla. Las cámaras comenzaron a multiplicarse. Y las redes sociales hicieron lo que durante años no habían conseguido los señalamientos aislados: ponerle rostro a una mujer que había aprendido a moverse sin dejar demasiado rastro.

En 2021 ocurrió uno de los primeros episodios que la expusieron públicamente.

Un grupo de mujeres la encaró después de sorprenderla con las manos dentro de una bolsa. La fotografiaron y las imágenes comenzaron a circular en internet.

La policía llegó. Las afectadas recuperaron sus pertenencias. Pero no todas quisieron seguir con el procedimiento. Y sin una denuncia formal y su ratificación, la autoridad tenía poco margen para mantenerla detenida.


Carmen volvió a desaparecer. Como tantas otras veces. De las tiendas a las plazas La exposición obligó a cambiar de territorio.

En 2023 comenzó a aparecer en plazas y centros comerciales. Pero ahí encontró un público que ya había visto su rostro en redes sociales.

La reconocían. La vigilaban. La descubrían. Entonces volvió a moverse. El primer cuadro de Tampico terminó convirtiéndose en su nuevo territorio.

Las zapaterías fueron particularmente atractivas. Era sencillo entender por qué.

Una mujer se sentaba para medirse un calzado y dejaba el bolso a un lado. Un hombre colocaba el teléfono sobre una silla. El personal atendía a varios clientes al mismo tiempo.

Y Carmen esperaba.

Las fotografías de la mujer comenzaron a multiplicarse en Facebook y WhatsApp. Comerciantes intercambiaban alertas cuando alguien aseguraba haberla visto.

Pero ella conocía las calles. Sabía por dónde entrar. Sabía por dónde salir. Y, sobre todo, sabía que muchas de sus víctimas no llegarían hasta una denuncia formal.

Ese fue, durante años, su mejor escudo.

Hasta una magistrada cayó. En una ocasión, Carmen no sabía quién era la mujer a la que acababa de robar. Era una magistrada del Poder Judicial.

La servidora pública intentó utilizar las herramientas a su alcance para lograr que la responsable fuera detenida y enfrentara un proceso.

Pero volvió a encontrarse con el mismo obstáculo que habían enfrentado otras víctimas: la dificultad para reunir denunciantes y pruebas suficientes que permitieran llevar el caso más lejos.

El episodio llegó a los medios de comunicación. La magistrada intentó visibilizarlo. Pero Carmen volvió a escapar de las consecuencias que durante años parecían perseguirla sin alcanzarla.

La leyenda crecía. Y también su fama.

Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos permanecían alrededor de una mujer señalada por robos en el centro de Tampico.
Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos rodeaban a la mujer retenida. | Alejandro R.

Cuando Tampico dejó de ser suficiente


Después de años de moverse por el centro de Tampico, Carmen comenzó a ampliar su radio de acción. Llegó a Altamira.

Ahí ocurrió algo que hasta entonces no había sido tan evidente: los comerciantes comenzaron a organizarse para identificarla.

El 3 de marzo de 2026, después de una ola de robos, comerciantes de la calle Hidalgo colocaron lonas con su fotografía.

Su rostro quedó expuesto en las calles.

Los anuncios incluían una advertencia: ante lo que consideraban ineficacia de las autoridades, estaban dispuestos a hacer justicia por mano propia.

La presión funcionó. Las quejas en esa zona disminuyeron. Pero Carmen no desapareció.


Se movió otra vez.

Pánuco, Veracruz, a unos 45 minutos de Tampico, también apareció en el mapa de sus recorridos.

Y entonces comenzaron a surgir más nombres alrededor de ella.

Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos permanecían alrededor de una mujer señalada por robos en el centro de Tampico.
Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos rodeaban a la mujer retenida. | Alejandro R.

La red que apareció detrás


El 14 de marzo, comerciantes de los mercados de Tampico retuvieron a un hombre identificado como "Juan Valedor", señalado por cometer robos en la zona.

Cuando su rostro comenzó a circular, usuarios de redes sociales lo identificaron como cuñado de Carmen.

También apareció el nombre de Jorge, señalado como su actual pareja sentimental y quien, según lo referido por comerciantes, asumiría el pago de multas administrativas tanto de su hermano como de la propia María del Carmen.

A la lista se sumaron otros dos hombres. Uno es conocido como "El Chin'', a quien comerciantes atribuyen una forma distinta de operar: empujar a mujeres para despojarlas de sus pertenencias.

El otro es Armando.

Los señalamientos contra este grupo tienen un elemento en común: entradas y salidas constantes de los separos municipales.

La explicación que ofrecen quienes conocen los casos vuelve a aparecer una y otra vez: robos sin violencia y bienes de poco valor, circunstancias que terminaban favoreciendo que los involucrados recuperaran la libertad.

Carmen, entretanto, seguía en las calles.

Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos permanecían alrededor de una mujer señalada por robos en el centro de Tampico.
Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos rodeaban a la mujer retenida. | Alejandro R.

La última carrera


Este martes, a las 14:00 horas, ingresó a El Baratero, sobre la calle Altamira, un negocio ubicado en la zona centro de Tampico, famoso por ofrecer una gran variedad de productos económicos, novedades y artículos de remate.

Era, en apariencia, otra jornada más. Pero esta vez algo cambió. Carmen tomó un iPhone.

El movimiento quedó registrado en el sistema de videovigilancia.

Los locatarios no llamaron solamente a la policía. Activaron WhatsApp.

La alerta comenzó a circular. Había que seguirla.

La mujer salió del establecimiento y avanzó hacia una tienda de autoservicio cercana. Esta vez no consiguió desaparecer.

Más de 50 personas comenzaron a reunirse. Comerciantes. Clientes. Antiguos afectados. Personas que aseguraban haberla visto antes.


La historia de diez años de robos parecía haber alcanzado su último tramo.

El personal de seguridad privada intentó protegerla y bajó la cortina metálica para contener a la multitud.

No fue suficiente.

Algunos de los presentes lograron inmovilizarla con cinchos de plástico. Después vino la agresión.

Un joven utilizó una máquina eléctrica para raparle el cabello.

Una mujer la golpeó hasta hacerla caer. Otros intentaban acercarse.

Al menos una veintena de personas aseguraba haber sido víctima de sus robos, amenazas o extorsiones.

“Ya estamos hartos de ella, ha cometido muchos, muchos robos, somos muchos los afectados, por eso decidimos organizarnos y ahora que la ubicamos darle su merecido a la pinche vieja, a ver si que quedan ganas de regresar a robar”, gritaba una comerciante mientras intentaba abrirse paso para golpearla.
Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos permanecían alrededor de una mujer señalada por robos en el centro de Tampico.
Elementos de seguridad intervinieron mientras ciudadanos rodeaban a la mujer retenida. | Alejandro R.

La última imagen de la fugitiva

Durante el forcejeo, la ropa superior de Carmen terminó desgarrada.

La Guardia Estatal tardó en llegar porque las unidades atendían otros auxilios.

Cuando finalmente aparecieron los agentes, encontraron a una multitud que ya no quería solamente que Carmen fuera detenida.

Querían asegurarse de que no saliera nuevamente. Algunos encararon a los policías.

La desconfianza era evidente: aseguraban que en unas horas la mujer estaría otra vez en las calles.

Los uniformados recibieron instrucciones por teléfono. Cortaron los cinchos. La sujetaron de los brazos. Y comenzaron a sacarla.

Carmen permaneció callada. No lloró. Mantuvo la cabeza inclinada mientras caminaba entre los gritos.

El cabello que durante años había llevado como cualquier otra mujer había desaparecido bajo la máquina de cortar.

El rostro estaba ensangrentado. La ropa, desgarrada.

Y alrededor, los comerciantes que durante años habían intercambiado fotografías de ella ahora tenían a la mujer frente a sus ojos.


Por primera vez, no estaba escapando.

La policía le proporcionó una playera y le colocó las esposas antes de trasladarla a las instalaciones de la Fiscalía General de Justicia.

La mujer que durante una década había convertido los descuidos en una forma de vida terminó finalmente detrás de una patrulla.

No fue una persecución de película. No hubo una gran operación. No hubo detectives siguiendo una pista durante meses.

Hubo algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más revelador: comerciantes que aprendieron su rostro, víctimas que comenzaron a reconocerse entre sí y una red de alertas que esta vez consiguió seguir sus pasos hasta cerrarle todas las salidas.

A sus 51 años, después de diez años de entrar, tomar y desaparecer, Carmen finalmente se quedó sin una puerta por la que escapar.

Ahora la historia ya no está en manos de los comerciantes que durante años la persiguieron.

Está en manos de la Fiscalía y de las denuncias que los afectados decidan presentar.

La pregunta que queda abierta es la misma que acompañó durante años a esta mujer: si esta vez las denuncias serán suficientes para impedir que vuelva a convertirse, una vez más, en la ladrona que siempre conseguía desaparecer.


RCEH

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Anahy Meza
  • Anahy Meza
  • Periodista, coordinadora de la Mesa de Asignaciones, escribo desde hace 20 años. Me apasiona la cobertura de notas de Seguridad y delincuencia organizada. Persigo datos, no rumores: si incomoda, es porque importa. Rebelde corazón, barra brava de los Pumas, celeste por amor a la Jaiba Brava del Tampico Madero.
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