Espectáculos
  • Adiós a Willie Colón: el monstruo que convirtió el barrio en crónica musical

  • El trombonista del Bronx fue pilar de la industria musical latina; durante su larga trayectoria, apuntaló éxitos que América Latina aún canta y baila con devoción.
Adiós a Willie Colón: un monstruo de la música popular

DOMINGA.– “Me llamo William Anthony Colón, mi nombre artístico es Willie Colón, pero dos sobrenombres me definen mejor: El Malo o El Diablo. Esa pudo haber sido su tarjeta de presentación. Si existiera una mitología de la música latina, él sería una mixtura de deidad y héroe. Debido a sus grandes aportaciones y creador de grandes éxitos para otros artistas, ha sido cantado, bailado y aplaudido. Fabricante de estrellas e intérprete inmenso de hits, a esa tarea dedicó su vida.

A los 75 años murió uno de los pilares de la música del siglo XX, conmocionando a toda la América hispanohablante. Dentro de los ritmos afroantillanos, supo mezclar sus distintas habilidades –ejecutante del trombón, arreglista, compositor, productor, director, cantante y gran divulgador musical– para crear una obra sólida que se extendió por seis décadas, entre la grabación de álbumes propios y de otros artistas, así como la realización de conciertos por todo el planeta.

Aunque de raíces puertorriqueñas, Willie Colón nació en el Bronx el 28 de abril de 1950, en el ombligo del siglo pasado. Es probable que por ello se sintiera tan de su era y sus creaciones se refirieran a asuntos del tiempo que le tocó vivir, con todos sus avatares socioeconómicos.

Como tuvo color musical desde niño (su abuela materna lo indujo y apoyó siempre al comprarle instrumentos musicales), Colón comenzó a grabar siendo muy joven, tanto que su madre tuvo que firmar su primer contrato con Futura Records. Willie tenía 15 años cuando dio a conocer dos temas, “Fuego al barrio” y “Se baila mejor”, interpretados por Tony Vázquez y producidos por uno de sus mentores: Al Santiago, muy reconocido tras bambalinas en la industria latina de la música.

La aventura duró muy poco para Colón, pues a los 17 años, ya con un poco más de “experiencia”, marginó a Tony Vázquez de su grupo, eligió a otro joven como su cantante (él sí nacido en Borinquen) y a partir de ahí construyó su primera gran complicidad artística. Ese otro chaval era, ni más ni menos, que Héctor Juan Pérez Martínez, cuatro años mayor que Willie y que fue venerado en el Olimpo de la música latina bajo el nombre de Héctor Lavoe. Con éste como aliado principalísimo, Willie Colón colocó las bases no sólo de su obra, sino de la música latina en general.

Un boricua y un panameño, sus grandes cómplices

Nueve son los discos que, de 1967 a 1983, el fabuloso dueto Colón-Lavoe le entregó al mundo musical a través del sello Fania: El Malo, The Hustler, Guisando: Doing a job, Cosa Nuestra, Asalto Navideño, Vol. 1, La gran fuga, El Juicio, Lo mato (si no compra este disco), Asalto Navideño, Vol. 2, The Good, the Bad and the Ugly y Vigilante.

El tremendo liderazgo musical de Colón explotó al sumar a Lavoe, que detentó siempre tres características innatas: un muy distinguible y espléndido timbre de voz, un carisma a toda prueba y un carácter indisciplinado que el público latino suele dispensar a sus favoritos. A casi 60 años de su debut discográfico, este par sigue sonando en las principales urbes de América Latina.

Nacido en Panamá en 1948, Rubén Blades (cantante, compositor, abogado y político) fue el otro gran cómplice de Willie Colón. Un socio con el que creó verdaderos hitos discográficos de 1977 a 1995: ¡Metiendo mano!, Siembra (el disco de salsa más vendido en toda la historia y no hay dato que lo niegue), Canciones del Solar de los Aburridos, The Last Fight y Tras la tormenta.

¿Cuál es la diferencia entre su primera complicidad y la que tejió con Blades? Sobre todo, las letras impregnadas de situación social, de apremios de las clases bajas de América Latina, del acontecer cotidiano de esos habitantes de las urbes, porque una cosa es clara: la salsa es de banqueta, es de poste de luz, no es de sierra o bohío, por más que sus orígenes rítmicos sean el campo y la montaña de Cuba o de Puerto Rico.

Bajo el liderazgo y talento de Colón, las letras de Blades, plenas de compromiso social, ganaron terreno en el gusto del público, aportando una nueva manera de concebir y escuchar los beats latinos: más cerca de los problemas de la gente de a pie, pero conservando esos acordes que invitan a bailar. La salsa, pues, como registro histórico.

El propio Colón, que siempre sostuvo que la salsa era un movimiento social más que un ritmo, lo estableció así:

“Es que la salsa es como un periódico, una crónica de nuestra vida en la gran ciudad, y por eso habla de temas como la criminalidad, la droga, la prostitución, el dolor, el desarraigo y hasta de nuestra historia de explotados y subdesarrollados” (Los rostros de la salsa, Planeta, 1999).

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Willie Colón en pleno concierto, donde su trombón marcó la identidad sonora de la salsa urbana. | Especial

Impulsor de sus colegas

El fuerte temperamento de Willie Colón le ayudó a erigir su trayectoria, qué duda cabe. Pero también fue un factor que supo usar como virtud y así apoyar a sus colegas desde su faceta de productor. Uno de los grandes hitos de esa parte de su carrera fue el disco Caribe, de la cantante venezolana Soledad Bravo. Ese álbum lanzado en 1982 contiene cinco temas de Chico Buarque, uno de Milton Nascimento y otro de Silvio Rodríguez. La orquesta es una magnífica selección de virtuosos: entre otros, el pianista José Torres (a quien Rubén Blades llamaba “El católico maravilloso”, en contrapunto irónico con el conocido apodo de Larry Harlow), los percusionistas José Mangual Jr. y Milton Cardona, el timbalero Jimmy Delgado, los trombonistas Lewis Khan y Leopoldo Pineda.

También colaboró el célebre cuatrista boricua Yomo Toro, específicamente en el tema “Son desangrado”. Y fue precisamente Colón el responsable de esa formidable producción de hace 46 años y que funde magistralmente trova, nueva canción brasileña y salsa. Ese disco significó un antes y un después en el ámbito de la mezcla de ritmos nacionales.

Pero Colón no sólo poseía carácter, liderazgo y gran fuerza de voluntad. También tenía una conciencia clara del tiempo que le tocó vivir, y de la calidad de artistas que lo rodeaban, además de una sólida cultura musical.

Él mismo lo explicó así: “Me gustan todas las músicas. A veces se me antoja escuchar cosas diferentes. ¿Mis favoritos? Chico Buarque, Bach, Brahms, The Beatles, Elvis Presley, Roy Orbison, Rafael Cortijo, Salif Keita, Ricardo Ray, Tito Puente, Miguel Aceves Mejía, The Eagles, Chicago, Chappottín, Sergio Mendes, Tito Rodríguez, Joe Cuba, Sezen Asku, Martinho Dávila, Rafael Hernández, Tite Curet Alonso. Todos estos están presentes en mi música”.

Por ejemplo, acerca del mencionado Buarque, Colón grabó su tema “Oh, qué será”, traducido al español. Este famoso track, incluido en el álbum Fantasmas (Fania Records, 1981), se convirtió en un gran éxito de la salsa no sólo porque la traducción de Colón se ajusta perfectamente a la circunstancia social de América Latina entera —incluido, por supuesto, Brasil—, sino porque utiliza una muy reconocible introducción que el músico del Bronx obtiene directamente de la novela La hora de la estrella, de la escritora brasileña Clarice Lispector.

La canción comienza con una parte no cantada que, palabras más, palabras menos, hace referencia a este párrafo que forma parte de la dedicatoria que Lispector obsequia a los lectores de su última novela:

Se trata de un libro inacabado porque no tiene respuesta, respuesta que, espero, que alguien en el mundo me dará. ¿Ustedes? Es una historia en technicolor para tener algún lujo, por Dios, que yo también lo necesito. Amén por todos nosotros”.

¿Virtuoso o no?

El gran trompetista mexicano Rafael Méndez fue el primer ídolo musical de Willie Colón. Esa cúspide de admiraciones está habitada también por Louis Armstrong, Al Hirt, Víctor Paz y el australiano James Morrison. Pero específicamente del trombón, su instrumento, nunca negó la influencia de Barry Rogers, quien él mismo llamó “el padre del trombón salsero” y de quien asimismo decía que era el pionero del trombón criollo: 

“El hombre tocaba duro y rajado, pero con una autoridad y una elocuencia musical insólita. Barry era un hombre del Renacimiento”.

Y sí, Barry, como los elefantes, “barritaba” e imponía su metálico sonido en todas las orquestas de las que hizo parte. Y continúa Colón en su apasionada descripción de su amigo neoyorquino:

“Navegante, fotógrafo, mecánico, cocinero. El hombre llegaba a los conciertos y bailes, sacaba sus herramientas… ¡Y afinaba el piano! Tocaba con intensidad y contaba una historia musical con cada solo. Ha habido mejores técnicos, pero para mí no hay otro trombonista y muy pocos músicos con su grandiosidad de pensamientos. Más que un gran trombonista, un gran músico, un gran artista”.

Este elogio de Barry Rogers viene a cuento porque Willie Colón, con todos sus atributos, siempre fue considerado “el menos músico de los líderes salseros”. Es decir, quizá su manera de interpretar el trombón tuvo cierta peculiaridad reconocible, pero carecía la majestuosidad y potencia de la forma de tocar de otros trombonistas salseros (no tan líderes) como Lewis Khan, el propio Rogers, Jimmy Bosch o Papo Vásquez, por citar sólo a un puñado de ejecutantes, esos sí, virtuosos.

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Más que virtuoso académico, Colón fue un arquitecto del sonido crudo que definió la salsa urbana. | Especial

Sobre la tarima mexicana

Muchos fueron los foros, salas de concierto y estadios que pisó y conquistó Willie Colón a lo largo del planeta. Literalmente. Muchos llenos, millones de voces coreando sus letras, miles de millones de aplausos. Esa fue su cosecha particular. México fue una de sus casas principales. Tocó en prácticamente toda la República, aunque su público mayoritario fue el de la capital del país, donde, de la mano de Lavoe y Blades, impera en Tepito, Peñón de los Baños, Bondojito y todos los tianguis de la gran urbe, aunque hoy su música conviva con el reguetón.

Quien esto redacta vio a Willie Colón en vivo y es testigo de su idilio con la gente en dos momentos particularmente: uno, en 2016, durante los dos conciertos al hilo, en una misma noche, que Colón brindó en el marco de la gira mundial por sus 50 años de trayectoria. El primer recital fue en el teatro Metropólitan y el segundo se llevó a cabo en el desaparecido Forum Tasqueña. Inolvidable.

Otro momento mexicano fue en Boca del Río, Veracruz, en 2012. Y lo recuerdo así: "El recibimiento que a Willie Colón le brindaron los 85 mil asistentes, a pesar de que interpretó puros clásicos (o quizá por ello, ahí existe una paradoja), fue apoteósico. La gente, su público mexicano, ya lo conoce de pe a pa, pero eso no obsta para que su sola aparición impacte en el caluroso ambiente de manera brutal. El músico neoyorquino no se dio a desear: Che-che-colé, uno de los grandes temas nacidos en la gloria setentera de la salsa, prendió a la multitud que, generosa, vitoreaba y se movía con gozo".

“El que cantaba en realidad –lo sabía el respetable que coreaba sin equivocar la letra– era el finado cantante de los cantantes, Héctor Lavoe, disfrazado de Colón, su gran socio musical. Willie Colón sabe hacer su chamba, que ni qué. Para eso lo trajeron. No le asusta encabezar el primer día de actividades del festival de música afroantillana. Tiene tantos años sobre la tarima, que en su comunión con el público no hay reserva ni cautela: de Te conozco, bacalao a Calle Luna, Calle Sol, pasando por la complacencia de complacencias, Idilio, el trombonista del Bronx sabía que estaba tocando fibras sensibles del público. El gigantesco coro colectivo fue monumental. ¿Son tracks viejos y conocidos? Sí, sin lugar a dudas, pero, ¿importa acaso? Claro que no. La prueba máxima fue el cierre de su participación: regaló Talento de TV, Asia, Gitana –con una sublime introducción de saxofón– y El gran varón, su culminación sobre la tarima”.

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Dos apodos del lado oscuro

¿Por qué le decían El Malo o El Diablo a Willie Colón? La primera respuesta se la dio a Leonardo Padura (Los rostros de la salsa, Planeta, 1999):

“Para mucha gente sigo siendo ‘el malo’, pero es que en realidad lo fui. En mi barrio, si quería conservar la trompeta que me compró la abuela, tenía que defenderla. Así y todo me la robaron dos veces y creo que por eso me pasé al trombón: es más grande y más difícil de llevárselo…”.

La segunda se la ofreció a quien esto escribe:

“¡El Diablo! Fue nuestro grito de guerra; lo creó el gran Héctor Lavoe. Ambos éramos flaquitos, jóvenes. Con mi segundo trombón y seis ‘gatos’ arrasábamos con orquestas de 15 o 20 músicos. Hay que señalar que crecí sin mi padre. Me criaron mi abuela y mi madre. No tuve hermanos mayores. Tuve que hacer la mayoría de mis cosas yo solo. No confiaba en nadie. Ese ambiente te puede convertir en un diablito en la Tierra”.

Otra referencia a esta cualidad “malvada” de Colón la hace el especialista César Miguel Rondón en El libro de la salsa. Crónica de la música del Caribe urbano (1979), en donde el periodista venezolano dice que Colón, efectivamente, no fue un virtuoso del trombón, pero sí subraya el carácter eminentemente urbano de aquella música que emergía, mezclada con los ritmos afroantillanos, de Nueva York: “Al margen de los incipientes trombones desafinados de Willie Colón, el músico al barrio de donde había salido una música culturalmente válida, por todo lo que de identificación y autenticidad ella supone. Willie Colón, con quince años, escribió y cantó este tema para todos sus compañeros de generación, los mismos que, como él, no habían sido criados en la placidez de las buenas costumbres y la música ‘bien hecha’:

No hay problema en el barrio
de quien se llama El Malo.
Si dicen que no soy yo
les doy un puño de regalo.
¿Quién se llama El Malo?
No hay discusión,
El Malo de aquí soy yo.

Grandes polémicas

Willie Colón se veía a sí mismo de esta manera: “Compositor, intérprete, líder de grupo, promotor de un movimiento musical/social. [Soy] un poco de todas esas cosas, pero al fin un hombre que vivió su vida, llevado por el destino; a veces a la buena y a veces arrastrado, como todos los demás”. Sin embargo, ese carácter recio que en los hechos sí se opuso en muchos momentos a ese mencionado “destino”, lo llevó a dirimir sus diferencias incluso en tribunales o en compartir sus posturas en redes sociales.

Por ejemplo, en los inicios de su carrera dentro del sello que lo debutó, Colón destacó una anécdota:

Víctor Gallo, el contralor de mi disquera Fania, decía que yo veía fantasmas donde no los había, pero él andaba con los bolsillos explotando con los dólares que yo le traía a la compañía por las ventas de mis discos. Gallo y muchos otros magnates de la industria me querían presentar como una persona problemática. Para ellos, el hecho de que uno quiera hacer valer sus derechos es ser peleón. Para mí, [luchar] fue la única manera de llegar de donde estaba hasta donde estoy. Mis experiencias y los instintos que cultivé en la selva de cemento me han servido bien”.

Esa misma manera de acometer sus diferencias lo llevó a otro ring: el de los tribunales, donde fue a parar una querella que interpuso contra Rubén Blades, “por incumplimiento de contrato”. El caso comenzó en 2003, cuando ambos compartieron tarima en el Estadio Hiram Bithorn Sosa, en la capital boricua, con el fin de festejar un cuarto de siglo de su exitoso disco Siembra. Tras el recital, Colón acusó a Blades de no pagarle el monto firmado. La demanda se oficializó en 2007, cuando Willie Colón alegó que el panameño aún le debía 115 mil dólares.

Sin embargo, sus últimas posturas políticas, que manifestó en sus redes sociales, provocaron sendas polémicas. A pesar de que en su obra musical solía defender las causas latinas, los meses finales de su vida los dedicó a defender al gobierno de Donald Trump, a justificar el uso de armas de fuego y la acción del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés) contra grupos de migrantes latinos en territorio de Estados Unidos, país que, por cierto, Colón jamás abandonó como residencia.

Respetos

Algunos de los colegas de Willie Colón, muchos de ellos integrantes del Olimpo latino de la música popular, lamentaron profundamente, a través de sus redes, la partida de El Malo. Por ejemplo, Papo Lucca, ilustrísimo pianista de la Sonora Ponceña: “Hoy mi corazón se entristece profundamente con la partida de Willie Colón, un gigante de nuestra música y figura determinante en la historia de la salsa”. Otro gigante, el gran bajista y arreglista Bobby Valentín, duro entre los duros, lamentó “la partida de un gran visionario, con una identidad propia”, y aseguró que “su legado vivirá en todos nosotros”.

Asimismo, el prestigioso pianista Richie Ray le brindó una despedida sobrecargada de emoción y respeto:

“Hoy honramos a un gigante de nuestra música, un arquitecto del sonido que marcó generaciones con su trombón y su visión. Willie no sólo fue un músico extraordinario, fue un líder, un innovador y una huella firme dentro y fuera del escenario. Su legado vive en cada nota de salsa que hizo vibrar al mundo, en cada canción que contó nuestras historias y en cada corazón que tocó con su arte. Su partida deja un silencio profundo, pero también una herencia eterna. La música no muere cuando nace del alma, y la de Willie seguirá sonando mientras haya un pueblo que cante, que recuerde y que agradezca. Tu huella es imborrable”.

Sin embargo, quizá los internautas esperaban con mayor curiosidad las palabras de Rubén Blades, su gran cómplice creativo, sí, pero también su rival en los tribunales. Aunque el panameño se reservó la hechura de un futuro texto, sí compartió:

“Acabo de confirmar lo que me resistía a creer: Willie Colón efectivamente ha fallecido. A su esposa Julia, a sus hijos, familia y seres queridos envío mi sentido pésame. Más adelante y con calma escribiré sobre Willie y su vital e importante legado musical”.
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Rubén Blades se despide de Willie Colón | Especial

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