Cultura

Acerca de “Consecuencias”: un texto de Charles Bukowski

Literatura

Con autorización de editorial Anagrama, ofrecemos este texto de ‘Relatos y ensayos’, una compilación con el aliento más provocador del llamado “poeta de los bajos fondos”.

“Consecuencias de una larga nota de rechazo”, Blackrose Editions, N. P., 1983

La revista Story de Whit Burnett había descubierto a William Saroyan y muchos más y, aunque solo pagaba veinticinco dólares por cuento, publicar en Story tenía un aura que era mucho mejor que la que te daban el Atlantic, Harper’s o el New Yorker.

Yo escribía dos o tres relatos breves a la semana y los enviaba todos a Story. Me gustaba hasta su nota de rechazo estándar, que empezaba: “Por desgracia, esta es una nota de rechazo...”.

Bebía, me moría de hambre, me mudé de una ciudad a otra y seguí escribiendo dos o tres cuentos a la semana y enviándolos a Story. Empeñaba y desempeñaba la máquina de escribir cada dos por tres, y luego por fin no pude recuperarla. Tenía que escribir los cuentos a tinta, todo en letras mayúsculas. Escribí a mano en letras mayúsculas tantos cuentos que era capaz de escribirlos más rápido que con letra ligada. Compraba sellos antes que comida, sobres, papel antes que comida. Pero no antes que bebida.

Cada vez que me mudaba a una ciudad nueva, tenía docenas y docenas de relatos rechazados que tiraba a las papeleras de alguna pensión. Solo disponía de una maleta, y cuando metía la radio, un par extra de zapatos de faena, camisas, ropa interior, bermudas, calcetines, artículos de higiene personal, toallas y demás, no quedaba mucho sitio para hojas no solicitadas.

Charles Bukowski. ‘Relatos y ensayos’, compilación. Anagrama
Portada de ‘Relatos y ensayos’, compilación de escritos de Charles Bukowski. (Anagrama)

Hubo nuevas ciudades y nuevos cuentos escritos a mano. Y Whit Burnett no era ningún esnob. Los leía. Y a menudo me llegaba una nota a máquina personalizada: “Este casi entra. Haga el favor de enviarnos más...”.

Cualquier nota de rechazo a máquina era un inmenso milagro para mí. Creo que seguía escribiendo para recibir notas de rechazo a máquina...

Fue una noche en Saint Louis. Había estado haciendo horas extra como mozo de almacén en el sótano de una tienda de ropa de mujer. Cuando me iba, el jefe me llamó a su despacho. Estaba sentado a su mesa fumando un puro y un amigo suyo estaba sentado cerca de él en un mullido sillón. Los dos parecían muy gordos y saludables, de lo más imperiales, casi inteligentes.

—Quiero presentarte a un amigo mío —dijo mi jefe—. También es escritor.

—Hola —dije.

Nos estrechamos la mano. Él siguió sentado en el sillón mullido. Los dos estaban ahí con sus puros caros. Estaban tranquilos a más no poder. Yo había desperdiciado inútilmente toda la mañana y la tarde por una miseria, por un sueldo de mera supervivencia, sin conseguir nunca dinero suficiente para escapar, y mucho menos resistir. La esclavitud no se había abolido, se había ampliado y mejorado para incluir a negros y blancos y cualquier otro color útil.

Mi jefe expulsó un asombroso penacho de humo denso, se retrepó un poco en el sillón de cuero y dijo:

—Mi amigo ha publicado muchos libros, gana mucho dinero escribiendo...

Había tenido que poner en mi solicitud de trabajo: Escritor. Más que nada para justificar los largos periodos en el paro.

Me quedé ahí plantado. Qué iba a decir. Al final, le pregunté a mi jefe si podía irme. Me dijo que muy bien...

Siempre volvía a mi habitación andando y era otoño y los árboles no tenían hojas, solo docenas de ramas desnudas que despuntaban en todas direcciones, y ya había anochecido. Me dolían los pies, me dolía la espalda, notaba los ojos como si me los hubieran succionado hasta dejarlos secos. Mi ropa era barata y estaba arrugada, me faltaba un botón de la camisa cerca de la cintura y la parte delantera se abría dejando a la vista la camiseta sucia. Tenía 24 años y ya estaba tres cuartas partes muerto, pero aún me dedicaba al relato breve.

Mientras caminaba, me cambió la cabeza. Fue fácil, sencillamente se me fue en dirección opuesta.

Pensé, voy a ir a por ello. Es posible que ahora no tenga ni diez centavos, pero de alguna manera conseguiré dinero. Contrataré y despediré a gente solo para entretenerme, compraré pieles y coches a mujeres y me desharé de ellas en cuanto aparezca la primera arruga. Reinventaré la palabra “despiadado”. ¡Me volveré más frío que el frío más frío y me encantará! ¡Y si no puedo dirigir fábricas, asaltaré bancos, le prenderé fuego a medio universo! ¡Estoy harto, estoy harto, al cuerno con tanto escribir!

Seguí andando, llegué a la pensión, subí las escaleras, abrí la puerta de mi habitación y ahí en la alfombra, gracias a la amabilidad de mi casera, estaba el mismo sobre color salmón de siempre. Era grueso, un cuento rechazado.

Abrí la ventana, cogí la botella de vino fresco del alféizar, la abrí, me serví un vaso. El aire frío del otoño en Saint Louis refrescaba el vino a la perfección. Tomé un trago, me senté, encendí un pitillo. Me senté en el borde de la cama y retiré el cierre, como tenía por costumbre, para sacar las hojas.

Al menos era una nota de rechazo escrita a máquina.

Estimado señor Bukowski:
Lo lamentamos, pero este no ha pasado la criba. Sin embargo, nos gustó mucho “Consecuencias de una larga nota de rechazo” y lo publicaremos en nuestro número de marzo-abril. Sus textos nos han interesado mucho y nos alegra... Firmado: Whit Burnett

Me acerqué a la cómoda y dejé la nota encima. Luego apuré el vaso. Me senté en la cama a mirar las paredes. Me quité los zapatos y los tiré a la otra punta del cuarto. Miré los zapatos. Miré la cómoda. Me fijé en cada uno de los tiradores de los cajones de la cómoda. Me serví otro vaso. Me lo bebí. Después me levanté, me acerqué a la cómoda, cogí la nota y la volví a leer. Después metí la nota en un cajón de la cómoda, regresé a la cama y bebí un poco más. Luego me levanté, abrí el cajón y leí la nota de nuevo.

Whit Burnett, qué clase tenía.

Me terminé la botella de vino, busqué la de reserva en el armario, la abrí, me la bebí..., escuchando el único disco de Mozart que tenía en el tocadiscos un par de veces...

Por la mañana desperté sin resaca, busqué la nota y la leí de cabo a rabo otra vez.

AQ / MCB

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