En un diálogo sobre la oratoria, Cicerón pone a tres personajes a hablar sobre la importancia de la voz. Uno de ellos menciona que nada hay tan agradable al oído como las variaciones en el tono. Menciona que Graco, al dar un discurso, escondía a un flautista detrás de él, para que tocara algunas notas que le sugirieran subir el tono si se había aplanado o bajarlo cuando se exaltaba más de la cuenta. Uno de ellos expresa su admiración por Graco. Otro dice que también lo admira, pero “me entristece que hombres de talento hayan cometido tantos errores en la función pública, y esos mismos errores se siguen tejiendo, y no son buenas las perspectivas para el futuro, y ya nos gustaría hoy tener a los funcionarios del pasado, esos mismos que en tiempos de nuestros padres…”.
El tercero en el diálogo le pide que se calle. “Deja ese tipo de conversación, y volvamos a la flauta de Graco, pues quisiera comprender bien su función”.
Aunque desde siempre las personas prudentes piden que no se hable de política, toda conversación avanza siempre sobre frágiles rieles y se puede descarrilar y caer en el barranco de la politiquería.
Se sirve un ron Havana Club. Apenas se está degustando. Apenas se menciona su añejamiento de siete años y algo ocurre… Pronto se cae en la situación de Cuba, el petróleo que envía México, Fidel, Díaz-Canel, los presos políticos, el imperialismo yanqui…
“Señores, volvamos al ron. Podrán sentir el aroma de tabaco…”.
“¡Ron y tabaco!”, dice alguien. Y sumando la caña de azúcar comienza a hablar de la esclavitud en el Caribe, los malditos colonialistas europeos, la United Fruit, la situación en Haití, si los dominicanos deben abrir la frontera, que esa isla se llamaba La Española, que la descubrió Colón, que Colón no descubrió nada, que si su estatua en Reforma… Y ningún territorio nuevo se descubre repitiendo los mismos lugares comunes sobre ese pasado.
El Gentlemen’s Book of Etiquette tiene en su primera línea del capítulo primero el más importante de los consejos: “La primera regla para una conversación cordial es evitar las discusiones políticas o religiosas”. En los ciento sesenta años desde la aparición de ese libro, vale lo mismo el consejo sobre política, pero hoy se puede hablar de religión.
En caso de que la conversación se encamine hacia la política, “escucha las opiniones de los demás con cortesía”, dice el libro, “y mantente en calma, pues un hombre exaltado deja de ser un caballero”.
Es preferible leer los temas políticos que escucharlos. Es más digerible una opinión contraria en texto que en persona. Y, si algo no nos parece, podemos interrumpir la lectura; actitud menos grave que interrumpir a quien habla.
Y por hablar de política ya no supimos cómo funciona la flauta de Graco.
AQ / MCB