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  • Mundial 2026 reinventó la patria para hijos de migrantes y futbolistas binacionales

En el Mundial del 2026 se evidenció casos relacionados con la identidad nacional. | Especial

Detrás de cada camiseta hay una historia de migración, dobles nacionalidades y fronteras cruzadas. El Mundial 2026 revela que la patria ya no coincide con el lugar donde naciste.

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DOMINGA.– La tarde del 25 de junio el Estadio Azteca se caía de emoción: con un marcador 3-0 la Selección Mexicana de futbol derrotaba a la de Chequia y pasaba a la ronda de dieciseisavos de final de la Copa Mundial FIFA 2026. Pero de los tres autores de esos goles, sólo Mateo Chávez nació en México. Julián Andrés Quiñones, nacido en Colombia, y Álvaro Fidalgo, español de nacimiento, completaron esa triada con la que México logró pasar como líder de grupo a la siguiente ronda.

En ningún otro campeonato el asunto de la identidad nacional había estado tan presente. En un momento en el que visas y pasaportes se convierten en la llave que abre o cierra las puertas a una vida mejor para millones de personas en el mundo; en medio de las narrativas políticas de muros y rejas, de discursos antiinmigrantes y la prioridad nacional, en cada partido escuchamos hablar de jugadores que nacieron en un país, juegan en la liga de otro y, en ocasiones, juegan en la selección de un tercero. El futbol, aparentemente lejos del mundo real, se da el lujo de escoger con qué llave abre qué puerta y hasta de qué color la quiere pintar.

Un buen ejemplo de estos casos lo tenemos en casa, con el seleccionado tricolor Santiago Giménez y sus tres nacionalidades: la argentina, por nacimiento; la mexicana, por naturalización, y la italiana, por ascendencia paterna. Giménez nació en Buenos Aires; se mudó a México de pequeño, creció aquí, y aunque tenía la opción de jugar por Argentina o por Italia eligió representar a la Selección Mexicana a nivel internacional.

¿Qué es lo que nos lleva a decidir de dónde somos y para quién jugamos, cuando la elección es una opción? ¿Cuáles son los límites de la identidad nacional más allá del acta de nacimiento, el pasaporte y la visa? 

¿Qué uniforme usará la Selección Mexicana en el partido ante Inglaterra en los Octavos de Final del Mundial?
El sueño de la Selección Mexicana terminó en el Mundial después del partido ante Inglaterra en los Octavos de Final del Mundial. (Imago7)

​Sangre, tierra y corazón migrante

Entran a un bar un argentino, un italiano, y un español. El cantinero pregunta: “¿Lo de siempre, señor Messi?”. El chiste es viejo pero refleja muy bien esta peculiaridad del futbolista más grande de esta generación: nacido en Argentina, Lionel Messi cuenta con la nacionalidad italiana por el mecanismo conocido como ius sanguinis, “derecho de sangre” que establece que la nacionalidad se transmite por la sangre de padres a hijos, más allá del lugar del mundo en el que hayas nacido –ius soilis, “derecho de tierra”–. La tercera nacionalidad de Messi, la española, le llegó por un asunto de residencia tras sus primeros cinco años jugando con el Barça.

De acuerdo con la legislación de ese país, los ciudadanos de países que fueron previamente colonias de España y hayan residido ahí legalmente durante dos años pueden solicitar la ciudadanía española. Es interesante ver cómo el tema del colonialismo, el de siglos atrás y el moderno, se trenza con los otros hilos que construyen la identidad. Más de 200 años después de haberse independizado, quienes nacieron en las colonias españolas pueden beneficiarse de un hecho ocurrido hace quinientos años porque lo dice una ley.

En España, los residentes legales provenientes de países que no fueron colonias –como Marruecos, Estados Unidos, China o Rusia, por mencionar algunos– tienen que esperar cinco veces más, una década, para optar por la ciudadanía. Del otro lado de la moneda, quien haya tenido un abuelo español puede solicitarla y tendrá derecho inmediato a tenerla, incluso si no vive en el país: ius sanguinis.

Xavi Hernández deja las puertas abiertas del Barcelona a Messi (AFP)
Xavi Hernández deja las puertas abiertas del Barcelona a Messi (AFP)


Por el derecho de sangre, que también aplicamos en México, podemos tener en nuestra selección a dos jóvenes jugadores que nacieron y se formaron en Estados Unidos. Brian Gutiérrez, de veintidós años, nació en Illinois de padres jaliscienses; Obed Vargas, de veinte años, es originario de Alaska e hijo de padre michoacano y madre chilanga. El Artículo 30 de la Constitución establece que las personas nacidas en el extranjero son consideradas mexicanas por nacimiento si son hijas de padre o madre mexicanos. Cuando en una entrevista le preguntaron a Vargas las razones para jugar representando a México, su respuesta fue que “siguió a su corazón”. Ojalá todo fuera así de sencillo y también tuviéramos un ius cordis, un derecho del corazón.

Con Brian Gutiérrez el asunto es más claro: el hecho de que su equipo, las Chivas de Guadalajara, buscara talento binacional entre la diáspora mexicana en Estados Unidos –lo cual se alinea con su política de contratar sólo jugadores mexicanos– permitió que Gutiérrez llegara a sus filas, se integrara al equipo, y que a los seis meses pudiera optar por portar en el pecho el escudo nacional

El jugador de Chivas, Brian Gutiérrez jugará con México su primera Copa del Mundo.
Brian Gutiérrez jugará con México su primera Copa del Mundo (Imago7)


Más allá del derecho de sangre, está el caso de nuestros anotadores mencionados al inicio de este texto, Quiñones y Fidalgo; aquí la nacionalidad se alinea con la burocracia diplomática. En México, tal como ocurre en España, existe la posibilidad de que una persona nacida en el extranjero se naturalice tras una residencia legal de cinco años; este plazo se reduce a dos años si eres originario de un país iberoamericano o latinoamericano, o si estás casado con una persona mexicana.

En el caso de Fidalgo, nacido en España y formado en la cantera del Real Madrid, el haberse convertido en figura del Club América en 2021 le dio la oportunidad de nacionalizarse y jugar con La Verde en este mundial. Quiñones, por su parte, nació en Colombia, llegó a México para jugar con Tigres UANL y después con el Atlas y el América. Poco antes de oficializar su naturalización en 2023, la Selección de Colombia buscó reclutarlo pero Julián se decidió por el combinado mexicano. En México, se sabe, la tierra es de quien la trabaja.

Julián Quiñones, goleador de la Selección Mexicana en el Mundial 2026, recibió la ovación de los pasajeros de un avión luego de la eliminación de México.
Julián Quiñones recibe ovación en un avión tras su actuación en el Mundial 2026 (AFP)

Jugadores y selecciones con pasado colonial

Hay un aficionado de la República Democrática del Congo, Michel Kuka Mboladinga, que desde 2013 viaja a las ciudades donde juega la selección de su país. Llega al estadio vestido con saco y corbata en los colores de la bandera congolesa, se para en la gradería y posa como la estatua de Patrice Lumumba, que se encuentra en la capital, Kinsasa. Lumumba es el primer Primer Ministro que tuvo ese país tras independizarse de Bélgica en 1960. En una región marcada por un pasado colonial bajo el dominio de potencias europeas, el gesto de Mboladinga tiene particular relevancia no sólo para los dos países involucrados en la historia de la D.R. Congo, sino para buena parte de las selecciones que participan en este torneo.

El azar no quiso que colonizador y excolonia, Bélgica y D.R. Congo, se enfrentaran en la ronda de grupos; de haber sido así, jugadores como Romelu Lukaku y Jérémy Doku, ambos nacidos en Bélgica de padres congoleses, que juegan con la selección belga, se habrían tenido que enfrentar a Noah Sadiki y Ngal'ayel Mukau, con idéntica situación, que eligieron representar a Congo, no a su Bélgica natal. El mismo azar sí permitió que Inglaterra jugara contra su excolonia Ghana, y que Francia jugara contra Marruecos y antes con Senegal. En ese partido, que terminó 3-1, Ibrahim Mbaye, francés de padre senegalés y jugador del Paris Saint-Germain, iba con la selección de Senegal y anotó el único gol contra Francia.

Conoce aquí quién es Lumumba Vea, el aficionado de la República Democrática del Congo que se volvió viral durante el Mundial 2026.
Patrice Lumumnba, ministro que Michel Kuka Mboladinga personifica, fue capturado, brutalmente torturado y asesinado en enero de 1961 por agentes belgas | Reuters


Tan pronto comenzó el mundial, en redes sociales empezaron a correr los datos y porcentajes de jugadores extranjeros en cada selección: uno de cada cuatro jugadores representa a un país en el que no ha nacido. Este ejercicio suele hacerse para demostrar la importancia de la migración para los países de destino, que con frecuencia son potencias económicas; sin embargo en este campeonato ha destacado un fenómeno interesante: además de los extranjeros –de origen indio, marroquí, senegalés– en las grandes selecciones como Alemania, Francia o Inglaterra, hay una gran cantidad de jugadores nacidos en Europa que van en un flujo inverso, jugando con la selección del país de su origen familiar, ubicado en África o América.

Se podría hacer una lista larga con los casos de extranjeros que han optado por una u otra selección, pero tal vez los más interesantes son aquellos que involucran a miembros de la misma familia, como los medios hermanos Brian Brobbey y Derrick Luckassen, nacidos en Ámsterdam de madre ghaniana; Brian decidió usar el apellido de la madre, pero juega con la selección de Países Bajos, y Derrick usa el apellido neerlandés del padre, pero juega en la selección de Ghana.

Otros hermanos conocidos por el asunto de la selección son Nico e Iñaki Williams, nacidos en España y también de origen ghanés. Aunque ambos juegan en el Athletic de la Liga española, Nico juega para España, mientras que Iñaki, el mayor, decidió representar a Ghana como homenaje al origen familiar.

Es posible que los jugadores que hoy buscan representar a los países y territorios de origen de sus padres lo hagan por motivos económicos –un futbolista que posiciona a su selección en el Mundial entra de inmediato en la lista de activos de una industria que genera cerca de treinta mil millones de euros al año en Europa–, pero es claro que no se trata sólo de eso: el sentido de identidad, la pertenencia, incluso la sangre, no tienen que ver con dónde naciste o con el color de tu pasaporte. La nacionalidad, vinculada a la identidad, hoy se mueve de ida y vuelta en el mapa.

El futbol une al mundo… de la frontera para abajo

Si la figura estoica y colorida del señor Mboladinga recreando la estatua del ministro congolés Lumumba provocó las sonrisas de quienes lo vieron en el Estadio Akron de Guadalajara durante el partido de D.R. Congo contra Colombia, quienes se lo perdieron fueron los asistentes al juego contra Uzbekistán en Atlanta, ya que a Mboladinga no le aprobaron la visa para entrar a Estados Unidos.

Ha sido interesante en este mundial ver cómo el proceso de visados, esos “ábrete sésamo” de la burocracia internacional que se otorgan con facilidad cuando de la FIFA se trata, se ha visto obstaculizado en 2026 debido a que la política de la vida real vino a romper la fantasía del Football Unites the World. Era lógico que un mundial que se juega en tres países –México, Estados Unidos y Canadá– entre los cuales el libre tránsito de mercancías está permitido, pero el de personas no, ocasionara molestias; era evidente, además, que teniendo como elemento añadido a la administración Trump, la buena voluntad fifeña no siempre alcanzara a llegar.

Casos fueron y vinieron. Al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, a pesar de que tenía la codiciada visa para entrar a Estados Unidos, lo retuvieron durante horas al ingresar al país y finalmente le fue negada la entrada “por motivos de seguridad no especificados”. El delantero Breel Embolo, de Suiza, llegó tarde a la concentración de su equipo por retrasos en la aprobación de su visa; los integrantes de la delegación de Irak tuvieron que pasar por todas las estaciones del viacrucis burocrático de entrevistas y controles migratorios, incluido un fotógrafo que viajaba con ellos.

Ciudadanos de países como Haití, Costa de Marfil, Senegal y Ghana tuvieron problemas para obtener visas a Estados Unidos y Canadá para ver a sus equipos, aun teniendo los viajes y las entradas a los partidos ya comprados. Como siempre, la autoridad explicó los retrasos o las negativas con un “disculpe usted las molestias”.

Pero el caso icónico de esta situación fue, sin duda, el de Irán, cuya selección tuvo que establecer su base en Tijuana, en el lado mexicano de la frontera con Estados Unidos, aunque jugara sus tres partidos en el segundo país; la visa que les fue negada a los miembros del equipo y las negociaciones entre los gobiernos de ambos países permitieron la ridícula situación de que los jugadores sólo pudieran entrar a la Unión Americana para jugar sus partidos –dos en Los Ángeles y uno en Seattle– y tuvieran que salir después. La federación iraní se quejó por lo que esto repercutió en su preparación y rendimiento físico, aunque también es cierto que en México fueron recibidos con tanto amor, que si existiera el ius cordis, el derecho del corazón, los jugadores de Irán, hermano, ya serían mexicanos.

La Selección de Irán podrá acceder dos días antes a Estados Unidos para su próximo partido del Mundial 2026 tras recibir el permiso del gobierno de Trump.
EU permitió a Irán entrar al país dos días antes de su partido del Mundial 2026 (AFP)

Eres de donde late tu corazón

A mí el mundial me reconcilia con México, me lleva a re-conocerlo. Soy de la generación que nació cuando aún nos jactábamos de haber sido anfitriones del México ‘70, y mi adolescencia quedó marcada por el chile Pique, la Chiquitibum, y la mano de dios de Maradona en el mundial del ‘86. Cuarenta años más tarde, he vivido más de veinte fuera de mi país, primero en Los Ángeles, el México del norte, y ahora en Barcelona, donde está la cantera que formó a un Lamine Yamal que representa todo lo que la derecha reaccionaria del mundo detesta.

Me ha conmovido profundamente ver a Memo Ochoa y a Gilberto Mora salvar la brecha generacional en la cancha del Azteca, y me ha emocionado escuchar la voz aguardentosa del Vasco Aguirre cantando el himno a todo pulmón. En medio del cotidiano dolor de las injusticias y la desigualdad en carne viva, este breve hiato permite que como sociedad nos volvamos a ver a los ojos y nos reconozcamos en el otro, más allá de todas las diferencias –las reales y las que las redes sociales nos imponen– de la narrativa del odio nuestra de cada día. Pienso en los niños y adolescentes que hoy saben que el sinónimo de esperanza es “¿y si sí?”, y los imagino en cuarenta años recordando este momento como suyo, estén entonces donde estén.

Esta manera de construir la identidad, a veces tan certera, a veces tan cursi, se ha convertido en la materia prima de quienes desde el deporte juegan al Monopoly con los pasaportes, las visas, las fronteras y la bandera nacional. Reclutadores que lanzan convocatorias a los jugadores vía LinkedIn; scouting de segundas generaciones para una selección de la que no hemos oído hablar; gestiones para que un jugador, que nació en un país y juega en otro, represente a un tercero. Las identidades construidas en torno a un balón nos pueden hacer pensar que nos hemos vuelto cínicos, dispuestos a vender nuestro himno y nuestros colores al mejor postor.

No sé si dentro de cuatro años la identidad nacional dependerá de otros factores, y si los derechos de tierra, de sangre, de cruce de fronteras, de ver quién puede habitar donde, cambiarán de un día para otro; lo que sí sé es que, a pesar de todo ello, en este mundial sabemos vibrar cuando un caleño y un asturiano anotan y luego besan nuestro escudo nacional; cuando Colombia juega en México como si fuera local; cuando la selección de un país de Medio Oriente se siente en casa en Tijuana, y cuando un coreano se vuelve mexicano a la voz de “¡quiere volar!”.

Y si, sin importar dónde naciste, o de dónde son tus padres, o con quien es tu contrato –sin tener que ir escondido en el fondo de un camión, cruzando una frontera por el desierto, haciendo cola para pedir una visa–, pudieras elegir con quién jugar, ¿qué camiseta te pondrías? Piénsalo bien porque puede ser que un día, sin importar donde hayas nacido, el gol de Cabo Verde a Argentina te robe el corazón.


ASG/GSC

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Eileen Truax
  • Eileen Truax
  • Eileen Truax es una periodista mexicana especializada en migración y política, temas que cubrió durante 18 años en EEUU. Es directora de contenido del Congreso de Periodismo de Migraciones. Vive en Barcelona.
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