DOMINGA.– Así ha funcionado siempre, por los siglos de los siglos: lo normal es que a uno le rompan el corazón y no estar de acuerdo con sus padres. Amén. Pero de ese desencuentro pueden surgir miles de posibilidades. A la fotógrafa Lourdes Grobet su padre no la dejaba ir a las luchas, sólo por ser niña. Quizás para él era cosa de hombres. Ella pudo haberse quedado resentida, odiando al padre en silencio, pero nada de eso ocurrió: ella esperó y esperó y, cuando tuvo cuarenta años, cometió su traición y empezó a ir a todas las luchas. Y como si eso no fuera suficiente, retrató a esos artistas del teatro y la violencia.
Grobet no se sintió satisfecha, no le bastó con asomarse al ring ni con llevar luchadores al estudio. Esta artista fue voraz y se metió a los vestidores, siguió a los luchadores hasta sus casas, descubrió qué hacían cuando no estaban peleando. Y en esa búsqueda encontró también diversidad: su lente se posó sobre luchadoras mujeres maquillándose antes de sus peleas, enmascarados con sus familias, fiestas en salones de baile. Grobet creía que ahí, en ese mundo, estaba la verdadera cultura mexicana y herencia indígena, ligada a la utilización de máscaras de los mexicas y mayas.
Pasaron los años y podemos decir que ella tuvo razón. Desde aquellas primeras fotos que tomó en blanco y negro, a inicios de los ochenta, hasta hoy han pasado muchos años y el mundo de las luchas se volvió aún más diverso. La práctica de este deporte –que oscila entre el teatro, el humor y la violencia– ahora es cosa amplia, más rara y más bella de lo que cualquiera imaginaba. Dentro de ella hay hombres y mujeres, sí, pero también hay exóticos: luchadores de la comunidad LGBT+ que suben al ring sin máscara, con maquillaje, peluca y lentejuelas, que han peleado por hacerse un lugar en esta escena tan masculinizada, donde ganaban siempre que el guion lo permitía.
Los exóticos, un ejército de fantasías y gracias que han copado las luchas, empiezan a llenar unos cuantos rings. Llevan más de ochenta años sobre el cuadrilátero. Los llaman el “tercer bando”: ni técnicos ni rudos, sino algo que el reglamento nunca supo bien cómo clasificar. En pocas palabras, los exóticos se suben con maquillaje y brillantina, pertenecen y representan a la comunidad LGBT+ –o bien se identifican con una orientación sexual que el resto del mundo todavía debate en voz baja–. Adentro del colectivo, nadie debate nada: se pelea, se cae, se gana o se pierde.
La pertenencia funciona como armadura y eso ha hecho que la discriminación hiera menos. No luchan por ser quienes son. Luchan y punto. Aunque con cada caída también rompen algunas cosas: sus huesos y los prejuicios.
La manera en la que los exóticos han aparecido ha cambiado a lo largo de las décadas. Leonardo Bastida Aguilar y Ariel Cruz Ortega, investigadores de la UNAM que han historizado a estos luchadores, señalan que los primeros exóticos poseían una imagen más cercana a la del dandy. Pero lo que ocurría entonces –en las décadas de los años cuarenta y cincuenta– es que la imagen del dandy se usaba como sinónimo de maricón, una persona de gustos refinados y delicados.
El primer exótico que apareció fue Gardenia Davis, en los años cuarenta, y era descrito por la prensa de la época, según las citas recopiladas en el número 26 de la revista especializada en fotografía Luna Córnea, de esta manera: “¿Dónde es que la lucha exótica tuvo tal inspiración? Ese sistema de rizar la melena, perfumar toda la piel, desinfectar a su adversario, declarar públicamente la guerra a los microbios y el amor a las orquídeas tiene un antecedente en México: Dizzy Davis, ¡Gardenia!”.
Antes de subir al ring, se hacía peinar y perfumar por un asistente que lo seguía hasta el cuadrilátero como si fuera una estrella de cine. La bata blanca, impoluta. En el camino repartía gardenias a las mujeres del público y escupitajos a los hombres.
Ya arriba, rociaba con insecticida al réferi y al rival de turno: los consideraba sucios, y los sucios debían ser desinfectados. Muchos luchadores pagaron caro el atrevimiento de despeinarle un solo cabello. Pero Gardenia también pagó, y caro, por ser lo que era; de hecho, en varios artículos de la época se relata que desde las tribunas le gritaban sin cesar: “¡Maricón!, ¡Maricón!”.
El pleito de Cassandro con el Hijo del Santo
Los espacios, al igual que los cuerpos, pueden travestirse. Un edificio puede tener la misma inocencia que tiene un niño cuando se sube a los tacones de su madre o se prueba las joyas de la abuela. Todo puede transformarse y hasta una arena de lucha libre puede cambiar su función en un abrir y cerrar los ojos.
Es viernes por la noche. La Arena San Juan, en el límite de Ciudad Nezahualcóyotl y Ciudad de México, se ha transformado en un cine. Con este pequeño movimiento se confirma la siguiente sospecha: la Arena San Juan es versátil. Como quien no quiere la cosa, al lado del cuadrilátero se ha levantado una pantalla para proyectar Cassandro, el exótico, un documental de la directora francesa Marie Losier que retrata a uno de los luchadores exóticos más populares. No sólo tiene su documental sino también su propia película de ficción: en 2023, Amazon Prime estrenó un largometraje protagonizado por Gael García Bernal sobre la vida de este luchador –no está demás recordar que esta producción nos regaló un apasionado beso entre el actor mexicano y Bad Bunny, disponible a dos clicks de distancia–.
El evento sucede en el marco de la tercera edición de ALT*, el primer festival de cine documental LGBT+ de América Latina, que este año –después de dos ediciones centradas en la producción de la región– ha abierto su programación a historias de todo el mundo. Y entre esas historias, está la de este exótico, que tuvo que enfrentarse a una infinidad de obstáculos, dentro y fuera del ring, para poder consolidar su carrera ya que la llegada de Gardenia Davis a las luchas no significó el fin de los prejuicios ni el surgimiento de muchos más exóticos.
Tuvieron que pasar varios años más para que las lentejuelas se lucieran otra vez en las luchas. Recién en la década de los setenta algunos exóticos volvieron a aparecer en algunas arenas y hacia finales de los ochenta y durante los noventa sí tuvieron una gran participación. Entre las estrellas que aparecieron estaba Cassandro, nacido en El Paso en 1970 y criado entre esa localidad de Texas y Ciudad Juárez. Saúl Armendáriz, como se llama fuera del cuadrilátero, se convirtió en uno de los exóticos más respetados dentro de las luchas.
“Mi primera lucha fue como Mr. Romano, enmascarado. Pero apenas subí al ring la gente empezó: ese es puto, ese es maricón. Así que yo dije: ¡fuera la máscara! Y me quedé como Cassandro”, contó el luchador en el ciclo “Miscelánea”, producido por Vice en español, sobre sus comienzos y dando a entender que desde el origen su propia identidad tenía que ser motivo de orgullo.
Su primera gira fue en Tijuana con su maestro Rey Misterio, a finales de los ochenta, y rápidamente se volvió muy popular. Pero no por eso era bien recibido por la comunidad. “En el ‘91 me quise suicidar. Tenía la lucha contra el Hijo del Santo, me sentía muy presionado, y tenía a la comisión organizadora en contra de mí, a mis compañeros en contra de mí, a todos diciendo: ‘¿Por qué tú?’ "Y yo: ¿Por qué no yo?". Cassandro fue salvado por Pimpinela Escarlata, otra exótica icónica como él; el combate se pospuso una semana y, aunque no consiguió la victoria, su performance le hizo ganar el respeto de toda la comunidad.
Veinte años después, durante una entrevista que El Hijo del Santo le hizo a Cassandro en su programa de televisión, dijo: “Cuando lo convoqué a usted dije: ‘Yo no tengo problema en luchar contra Cassandro porque se me hace un muy buen luchador, muy profesional y porque no es vulgar’”.
Las luces bajan y los gritos de la Arena San Juan se apagan. En la pantalla aparece una película filmada en 16mm, con esa textura granulada que los formatos digitales nunca terminan de imitar. Esa decisión estética transforma el documental de Marie Losier en una suerte de registro familiar, como si se tratara de una película casera hecha por la prima ‘cool’ que estudió arte.
Marie Losier no vino únicamente a documentar a Cassandro, su búsqueda la llevó a habitar su mundo, a meterse en sus cuartos de hotel, su casa, sus rituales, sus penas, sus problemas de salud y, principalmente, el final de su carrera después de casi treinta años porque treinta años de caídas tienen un precio. Losier filmó el momento en que el cuerpo, después de décadas de entregar hasta lo que no tenía, empezó a decir que no. El ring exige todo y al final siempre cobra: Cassandro le dio su cuerpo entero y el cuerpo dijo basta.
Las adicciones arriba del ring: “bebida, hierbita y después polvitos”
La película muestra cómo vive el exótico después de que se apagan las luces del ring: la casa desordenada y llena de objetos, el oso de peluche gigante que usa como apoyo emocional, los momentos en que el maquillaje ya no está y cómo es la cara de un luchador que está llegando a su ocaso. En una arena donde los cuerpos chocan y el público exige sangre o al menos sudor, Losier propone lo contrario: quietud, intimidad, tiempo muerto. El documental coquetea con el videoarte sin perder de vista a su personaje.
La Arena San Juan, que esta noche es sala de cine y dentro de unas horas volverá a ser ring, contiene sin esfuerzo aparente una gran contradicción: el mismo público que ansía gritar cuando un luchador cae, ahora mira en silencio cómo Cassandro se peina frente al espejo. “He pasado por mucho –dice en Cassandro, el exótico–. Me han golpeado, insultado y hasta acuchillado sólo por ser gay y estar en las luchas. Pero no estoy arriba de un ring por las plumas y el maquillaje, estoy arriba de un ring porque soy un luchador profesional”.
Cassandro realmente ha pasado por todo: ha sido hospitalizado infinidad de veces luego de luchar, ha tenido que atravesar una decena de cirugías por las consecuencias de su práctica, estuvo en la cárcel tres meses y hasta tuvo serios problemas de consumo: “Yo me hice adicto en la lucha libre. Al principio mucho cotorreo, mucho jajaja y mucho jijiji. Pero llega un momento en que el cotorreo pasa al ‘oye, qué pedo, esto’. Primero, bebida. Después, hierbita. Y después polvitos”.
Frente a la cámara de Losier, la estrella exhibe las medallas que fue consiguiendo de Narcóticos Anónimos en cada uno de sus aniversarios, como si fueran trofeos tan importantes como los que recibió al ganar el NWA World Welterweight Championship y al convertirse en campeón mundial de peso ligero de la Universal Wrestling Association.
Cuando esta reina sale a luchar, camina hacia el cuadrilátero con una chaqueta que termina en una gran cola, como las que tienen las novias y las reinas. Inspira sus looks en íconos gay e íconos pop, como Lady Di. Ha llevado siempre la frente en alto, la cara descubierta y el pelo bien peinado. Se ha presentado ante el mundo como es: un maricón que también es rudo, que puede ser una eminencia de la lucha libre y que puede, sobre todo, repartir besitos para sus contrincantes. Se ha convertido en un embajador de la lucha libre y se ha presentado por todo el mundo; de hecho, junto al Hijo del Santo hicieron una exposición de lucha libre mexicana en París.
Las idas y vueltas de su vida, sus luces y sombras, lo han convertido en un activista por los derechos de la comunidad LGBT+ y en un miembro clave para su comunidad: a través de su organización Mamá Lucha promueve que jóvenes de El Paso y Ciudad Juárez empiecen sus caminos dentro de la lucha libre e incluso ayuda a los mexicanos que quieren adentrarse en la escena estadounidense a obtener visas de trabajo. El documental Cassandro, el exótico muestra al luchador dando sus clases, asistido por otro exótico, Diva Salvaje, e invitando a jóvenes a que se animen a saltar desde la esquina del cuadrilátero o a salir volando de él.
La llegada de este personaje al mundo de la lucha libre y la atención que se ha puesto sobre él y su biografía han servido como puerta de entrada para una infinidad de luchadores exóticos. Éstos encarnan en el ring todo lo que el ring históricamente rechazó. Y sin embargo pelean, caen, se levantan y ganan con la misma técnica y la misma fuerza que cualquier otro luchador. La mariconería no es ahí un disfraz ni una debilidad, aparece como parte del estilo, de la magia que le entregan los exóticos a los espectadores. Y el estilo, en la lucha libre, también es una forma de poder.
El show debe continuar
Los créditos todavía no terminan de desaparecer de la pantalla y aparece La Maga, la host de la noche, arengando al público con el micrófono. Traje dorado bien apretado, peluca carré y una presencia que ocupa la arena como si siempre hubiera sido suya. Los espectadores, que durante noventa minutos se mantuvieron en silencio frente a la pantalla, se desparraman por la Arena San Juan para llenar sus copas antes de que empiece el segundo acto de la noche.
Una demostración de lucha libre con exponentes del universo de los exóticos: Demasiado y Mingo, vedettes de la lucha LGBT+, se enfrentarán a dos de los “Insagramers”, Ángel Madero y Andrei Montiel.
Adiós a la pantalla. Bienvenido el ring. Alabada sea esa estructura de metal y lona que ahora se convierte en una extensión física de lo que acabamos de ver en pantalla. El corazón de la Arena San Juan recibe a Demasiado, con su traje negro y plateado y una suerte de trueno en la cara –¿cita directa a David Bowie?–; detrás suyo, Mingo, con un trajecito ajustado rosa chillón y blanco. Luego, los contrincantes, Madero y Montiel, apenas con unas remeras verdes, como de béisbol, y dos shorts del mismo color. Estridencia y mariconería de un lado. Sobriedad y discreción del otro.
Los luchadores exóticos ya no son la excepción y hace tiempo dejaron de ser el hazmerreír de las luchas. Ellos habitan las empresas más grandes de lucha libre mexicana: en AAA están Pimpinela Escarlata, Polvo de Estrellas, Mamba y Máximo; en el CMLL aparece Dulce Gardenia; en la estadounidense AEW llegó a luchar Sonny Kiss. Todos nombres que ya se han ganado su capítulo en esta historia de pasión y diversidad. También ha tomado reconocimiento el grupo Las Shotas –en el que participa Diva Salvaje–, que trasladó el performance del ring a las redes sociales, convirtiendo la lucha libre en un escenario multimedia donde se celebran la identidad y la comunidad. La normalización de los exóticos abrió espacio también a luchadores trans como Estrella Divina y a iniciativas como LuchaTrans, que buscan dar visibilidad al colectivo. Lo que en los años cuarenta era una tercera posición encarnada en un único personaje –Gardenia Davis, sus flores y sus perfumes–, hoy es una genealogía larga y viva.
Demasiado sabe de dónde viene esa genealogía. Mingo también. Lo que hacen en el ring esta noche no es imitar a Cassandro sino continuar algo que Cassandro ayudó a hacer posible; decidir ponerle el cuerpo a la idea de que un exótico puede subir al cuadrilátero sin pedir permiso, sin disculparse por el maquillaje ni por el resultado. En numerosas oportunidades, Demasiado contó cómo este deporte lo ayudó a aceptar su identidad y su cuerpo. Esto es muy frecuente entre los exóticos, de hecho, en uno de los testimonios que recogió Heather Levi para su libro The World of Lucha Libre: Secrets, Revelations, and Mexican National Identity (2008), se incluyó la voz de un joven de Tamaulipas que contó que superó los miedos que tenía con respecto a su sexualidad gracias a ver a un exótico derrotar a su oponente.
Una noche de luchas que termina en el Spartacu’s
En la Arena San Juan vuelan los chistes por el aire: de si los “Insagramers” son pasivos o activos, de si los poppers ya están listos. Los exóticos se mueven con firmeza y con dulzura, amenazan a sus contrincantes con darles besitos y palmaditas en las nalgas. Imparten el miedo de la mariconería. Los exóticos se apropian del ring sin pudor. Saben que pueden ganar, que pueden perder, que simplemente tienen el derecho de estar ahí, como cualquier otro luchador, porque eso es exactamente lo que son: luchadores que se erigen como performers de un deporte, artífices de ilusiones físicas y rudas. “Este deporte me ayudó a aceptarme –dice Demasiado–, los exóticos cada vez ocupamos más lugar en las luchas y combatimos la discriminación. Ya no somos los payasos del circo”.
Esta fecha del festival ALT* no termina aquí. La noche continúa en el Spartacu’s, la mítica discoteca gay en la que también habrá una gran batalla: la de la tanga del año. Pero esa es una pelea que no se dará en el ring sino en la pasarela. Vale la pena recordar que el Spartacus abrió sus puertas en 1984 en Ciudad Nezahualcóyotl, a pocas cuadras de esta arena, en un tiempo otro, cuando ser gay podía significar una declaración de guerra. Cuarenta años después sigue ahí, igual de ruidoso, igual de vivo, igual de delirante. Esta noche, cuando la Arena San Juan apague sus luces y los luchadores guarden el maquillaje, la fiesta se mudará ahí nomás, a la vuelta de la esquina.
Lo que Cassandro empezó en el ring, lo que Demasiado y Mingo continuaron esta noche, termina donde siempre terminan estas cosas: en una pista de baile, entre cuerpos que encuentran un refugio en un antro y que esta noche, por si hiciera falta recordarlo, también van a ganar.
GSC