DOMINGA.– Estuvo prófugo desde el 23 de junio de 2022. Esa noche, en que ocurrió el feminicidio de Yrma Lydya Gamboa, huyó del Suntory, uno de los restaurantes japoneses más exclusivos al sur de la Ciudad de México. Jesús Hernández Alcocer, esposo de la cantante, le dio tres tiros que acabaron con su vida y luego lo arrestaron en el lugar de los hechos, junto a su escolta. Pero aún faltaba detenerlo a él.
El reloj de la pantalla marcaba las veinte horas con veinticinco minutos y veinticuatro segundos, según los videos de las cámaras de seguridad del restaurante difundidos por los medios de comunicación. En una toma desde el techo en la recepción, Máximo entra y en su espalda carga una mochila negra donde guarda la pistola calibre 40. Recorre el pasillo, camina entre mesas ocupadas. La imagen se acaba cuando entra al salón privado, que parece una pecera por su ventanal transparente y cortinas, con una única mesa en su interior.
Permanece ahí sólo unos segundos y sale. Recorre el mismo camino de regreso hasta llegar a la calle. Tardó treinta segundos en llegar a la puerta, treinta segundos en los que se detonan los tres balazos que arrebatan la vida a Yrma Lydya. En ese instante, Máximo vuelve a entrar hasta el privado, con la mochila negra en la espalda, mismo recorrido. Luego corre y huye en una camioneta.
Máximo trabajaba como chofer del agresor y lo habría auxiliado en la entrega del arma con la que se cometió el crimen. Desde octubre de 2024, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México ofrecía una recompensa de 500 mil pesos a quien aportara información alguna. Las autoridades lo localizaron y aprehendieron un año después, el 29 de octubre de 2025, en el municipio de Ixtapaluca, Estado de México. Ahora permanece en prisión en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente.
A cuatro años del feminicidio de Yrma Lydya, para María Jiménez, la madre, no habrá justicia hasta que el chofer –la única persona procesada en este caso– sea sentenciado.
Estamos en junio de 2026, en una mañana de domingo nos reunimos con María y con Yrma Domínguez, su tía, en una cafetería del centro. Ambas saben que nunca van a poder recuperar a su hija, a su sobrina, pero tienen la esperanza en que la fiscalía –ahora a cargo de Bertha Alcalde– integre bien las pruebas esta vez, y los jueces determinen que Máximo fue copartícipe en el crimen.
“Queremos que la Fiscalía haga su trabajo. Él es la única persona que al final va a ser enjuiciada”, dice la madre. Ellas hubiesen querido que Hernández Alcocer fuera sentenciado por el feminicidio; pero él murió en el Reclusorio Norte el 4 de octubre de 2022, cuando su juicio estaba a punto de empezar.
Respecto a Benjamín Hernández Mendoza, su custodio y quien lo ayudó a salir del Suntory, si bien la noticia de que fue absuelto el 19 de enero de 2026 no fue bien recibida, ellas están conscientes de que las pruebas en su contra “no eran tan fuertes y, al menos, pasó una temporada en prisión”, dicen.
Laura Borbolla, titular de la Coordinación General de Acusación, Procedimiento y Enjuiciamiento de la Fiscalía de la Ciudad de México, menciona en entrevista que hubo debilidad probatoria. Es decir, las pruebas no lograban demostrar su responsabilidad y, por lo tanto, no había certeza jurídica para emitir una condena: “lo único que teníamos es que él había estado en el lugar junto con el probable responsable, que era el autor material, Hernández Alcocer. Y, al final de cuentas, no teníamos, en términos de la coparticipación, nada que lo vinculara”.
Borbolla diferencia el grado de responsabilidad de cada uno de los implicados. “El autor material era Jesús Hernández Alcocer. Las otras personas [Benjamín y Máximo] eran copartícipes, no coautores, porque no hubo un acuerdo previo para cometer el crimen [...], es decir, no hubo un concierto de ‘vamos a hacer esto’”.
“Lo que dicen todos los testigos es que se acaloró la discusión. Subió el tono entre la víctima y el victimario. Él activa el arma y la mata”, dice Borbolla. Sin embargo, aclara, “a Benjamín sólo se le ve en los videos ayudando a sacar a su patrón del restaurante, mientras que Máximo sí trató de ocultar evidencia que, en este caso, era la pistola”. Y así fue que, tras varios amparos, a inicios de este 2026, se dejó sin efectos la vinculación a proceso contra Benjamín. “La causa queda sobreseída, y esto hace las veces de una sentencia absolutoria”, explica.
Pero el caso de Máximo es mucho más sólido. “Estamos seguros de que aquí sí hay una coparticipación muy sólida. Hay evidencia videográfica incontrovertible; y aunque creo que difícilmente recibiría la pena máxima al no ser el autor material, es muy probable que reciba una sentencia condenatoria”, considera Borbolla.
Y recuerda queel propio hijo de Hernández Alcocer declaró que, ese día, cuando Máximo llegó al domicilio de la pareja en Jardines del Pedregal para abandonar el vehículo, “le dijo, palabras más, palabras menos, que su papá había matado a Yrma Lydya y que él dejaba ahí el carro y se iba”.
El feminicidio de Yma Lydya Gamboa
Yrma Lydya era una joven de veintidós años, cantante de música ranchera y boleros cuya carrera artística estaba despegando. Desde niña, empezó su preparación con clases de iniciación musical y ballet; a los nueve años cantó ante embajadores y políticos en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y consiguió sus primeras apariciones en televisión cuando era adolescente, por ejemplo, en Canal 11, Capital 21 y Televisa. Se presentó en palenques, en programas donde era entrevistada y en eventos públicos, siempre acompañada de su mamá y de su tía. Logró tres discos: Regalo de Dios’(2015), Hablando claro (2017) y Eternamente’(2019) y estaba por lanzar un tercero. Se encontraba de gira con GranDiosas, un espectáculo con cantantes como Alicia Villarreal, Dulce y María Conchita Alonso.
Jesús Hernández Alcocer, de quien estaba a punto de divorciarse por segunda vez, era un hombre de 79 años, conocido por sus relaciones políticas y de poder; documentos de Guacamaya Leaks revelan su nivel de contactos. La joven cantante estaba decidida a terminar la relación y por eso discutían en el salón privado del Suntory, del que Hernández Alcocer era cliente frecuente. Ese 23 de junio llevaba desde, aproximadamente, las dos de la tarde ahí; comió y bebió con un par de personas que se acababan de ir cuando llegó ella. La pareja usaba un mantel de papel para enlistar algunos de sus problemas. Yrma Lydya escribió con tinta azul frases como “El inicio”, “Deshonesto”, “Menos libre”, “Empezar todos los días” y “Problemas de siempre”.
Esa noche en el restaurante había bastantes comensales y en una de las mesas estaba Gabriel Sánchez, quien cenaba con un amigo. Desde donde estaban sentados se veía a la pareja a través de los ventanales del privado. Gabriel accedió a darnos una entrevista para el pódcast Un feminicidio público, estrenado en la plataforma Audible el 22 de octubre de 2025.
Cuando él y su amigo miraban apenas la carta para ordenar algo, escuchó un fuerte estruendo y pensó que a algún mesero se le habría caído alguna charola. Pero pasados unos segundos, vino un segundo estruendo con el que se dio cuenta de que más bien eran balazos debajo de una mesa. Volteó su mirada y, entre este y el tercer disparo, vio cómo Yrma Lydya se desvanecía. Gabriel también notó que Hernández Alcocer le dio un último trago a su whisky, se puso su chamarra y se dispuso a salir del restaurante. “Están matando a una chica en el Suntory de la del Valle @OVALCDMX”, publicó a las 8:28 de la noche en su cuenta de X, antes Twitter.
Los comensales entraron en pánico. Gabriel, quien trabajó años atrás en la entonces Procuraduría capitalina, se dio cuenta de algo más: un hombre entró rápidamente al privado y tomó la pistola. Era el chofer Máximo que intentaba desaparecer el arma feminicida. Acompañado por su custodio Benjamín, Hernández Alcocer iba camino a la puerta cuando varias personas lo interceptaron. Un guardaespaldas lo sujetó del brazo mientras Gabriel y otro hombre más corrían hacia Yrma Lydya. Pero la cantante ya no respiraba.
El arribo de la policía empeoró el caos. Testigos recuerdan la alteración de la escena del crimen porque las autoridades policiales no sabían qué hacer cuando llegaron: si entrar al privado, resguardar todo lo que había sobre la mesa o ir tras Máximo mientras el agresor permanecía retenido. “En ese momento, el señor asumió: ‘Sí, yo fui, me estaba extorsionando, me quería chantajear, ya me tenía hasta la madre’, con esas palabras”, narra Gabriel. Mientras eso ocurría, Máximo se daba a la fuga. La noche del 23 de junio escapó del Suntory y dejó el arma y la camioneta en la casa de Jardines del Pedregal donde vivió la pareja; después se dirigió a Chimalhuacán, Estado de México y ahí las autoridades le perdieron la pista.
El feminicida Jesús Hernández Alcocer
Yrma Lydya y Hernández Alcocer se casaron por primera vez en una ceremonia íntima el 27 de mayo de 2021, semanas después de conocerse. La diferencia de edad también era un patrón en los anteriores matrimonios de quien presumió ser “abogado” sin tener un título durante casi cincuenta años, pues obtuvo su cédula profesional hasta 2017.
En la década de los sesenta, Hernández Alcocer ingresó a las filas de la policía judicial de la Procuraduría capitalina, hoy Fiscalía, junto a su hermano, el comandante Luis Fernando. Años después, se dieron cuenta de que podían hacer una mancuerna millonaria: si Luis Fernando tenía una orden de aprehensión en contra de alguien, le avisaba a Jesús. Él se presentaba como abogado con la persona que iba a ser arrestada y le ofrecía sus servicios para evitar la detención.
En el pódcast Un feminicidio público recopilamos varios testimonios, como el del periodista Emiliano Ruiz Parra, para perfilar a Hernández Alcocer. Le encantaba rodearse de mujeres mucho más jóvenes, a muchas de las cuales elegía como sus parejas; siempre estaba armado; los tirantes eran parte de su vestimenta; tenía relaciones con funcionarios y políticos de alto nivel de las que presumía en todo momento; repartía amenazas y se valía de extorsión y corrupción para resolver a su favor los casos que llevaba. En resumen: operaba como un gánster, un mafioso.
En el artículo titulado “Border Wars (Guerras Fronterizas)”, publicado en junio de 2010 en la revista American Lawyer, el periodista Andrew Longstreth documenta que Hernández Alcocer fue juzgado en una corte de Texas en la que le apodaron El Padrino por estar involucrado en las detenciones y encarcelamiento de once directivos de una empresa estadounidense a principios de los años 2000.
Uno de los pasajes que describe mejor a Hernández Alcocer nos lo contó el abogado Alberto Woolrich. Era junio de 2011 y organizó una fiesta privada en Mazatlán, Sinaloa. Empresarios y políticos llegaron al puerto sinaloense para hospedarse en El Cid Resorts. Hubo de todo: mariscos, whisky, champagne, drogas y mujeres traídas desde Sudamérica y Europa para llevarlas a habitaciones privadas. Ninguno de los asistentes sospechó que se grabaron videos sexuales, que se convertirían en instrumentos de presión y favores políticos. Woolrich no estuvo en esa fiesta pero sí tuvo que negociar con Hernández Alcocer para que los videos de un funcionario de la Secretaría de Gobernación no vieran la luz.
Documentos de Guacamaya Leaks también revelan el nivel de contactos que tuvo. Se trata de correos electrónicos con invitaciones frecuentes de la Secretaría de la Defensa Nacional a eventos privados, cenas y celebraciones oficiales durante 2019 y 2020, años en los que Luis Cresencio Sandoval González encabezó la dependencia federal. Hernández Alcocer también sería visto compartiendo mesa con Genaro García Luna y Luis Cárdenas Palomino, hoy procesados por varios delitos.
Luna fue condenado por narcotráfico y delincuencia organizada en Estados Unidos, en 2024; y Cárdenas Palomino por tortura, en 2025.
Otro episodio, públicamente conocido, es la cercanía que Hernández Alcocer tuvo con Onésimo Cepeda, quien fue obispo de Ecatepec, tras participar como su abogado para librarlo de acusaciones de fraude por 130 millones de dólares. “Uno de tantos recuerdos cuando organizaba en mi casa bohemias”, publicó Yrma Lydya un video en Instagram, cantando “En mi viejo San Juan” con el obispo.
Para entonces, Hernández Alcocer ya vivía rodeado de escoltas y automóviles de lujo, mientras que para Yrma Lydya, la casa de Jardines del Pedregal, llena de antigüedades, personal a su servicio y lujos, terminó convirtiéndose en una “jaula de oro”. De acuerdo con testimonios, él la vigilaba permanentemente, necesitaba saber su ubicación exacta, la llamaba todo el tiempo, los choferes eran los únicos con quienes podía salir y el resto de los empleados le informaban todo lo que hacía ella.
“Para donde voltearas veías cámaras”, recuerda en entrevista Gerónimo García, un amigo de Yrma Lydya, y quien le diseñaba los vestuarios de sus presentaciones.
La violencia familiar que vivió Yrma Lydya
Documentos del Registro Civil que obtuvimos para Un feminicidio público muestran que Hernández Alcocer estuvo casado al menos cinco veces. Rastrear la historia completa de sus exesposas fue casi imposible pero medios de comunicación publicaron rumores de que un par de ellas habrían muerto en condiciones sospechosas, aunque la investigación no encontró evidencia documental que lo confirmara. De lo que sí tenemos certeza es que apenas unos meses después de la boda, Yrma Lydya pidió el divorcio. Ambos acudieron al Registro Civil para disolver el matrimonio el 23 de septiembre de 2021. La familia de Yrma Lydya sintió alivio; su madre y su tía pensaron que toda la violencia había terminado.
En una ocasión, mientras estaban en un restaurante, María Jiménez se dio cuenta cómo Hernández Alcocer le arrebató el celular a su hija para enterarse con quién estaba hablando e, incluso, iba a golpearla. “Le dije ‘a mi hija no le vas a pegar’. Y me fui encima de él”, cuenta la mamá de Yrma Lydya. Mientras suegra y yerno se jaloneaban, la hija menor le sacó el arma a Jesús de la bolsa del pantalón. El pleito terminó con la policía porque María la defendió hasta las últimas consecuencias.
Pero Hernández Alcocer no desapareció de su vida tras el divorcio. La siguió buscando y, apenas dos meses después, Yrma Lydya regresó con él. Incluso volvió a planear una boda. Su madre recuerda haberla acompañado a ver vestidos y sentir rabia de que la historia comenzaba de nuevo. “¿Por qué otra vez?”, se preguntaba. La respuesta está en la promesa que Hernández Alcocer le repetía: porque la ayudaría con su carrera artística. Yrma Lydya volvió a la casa y la violencia escaló.
La noche del 19 de diciembre de 2021, seis meses antes del feminicidio, la pareja salía del restaurante El Charco de las Ranas. Ya en el estacionamiento, él comenzó a insultarla. Luego la sujetó del brazo. La zarandeó. La pateó. Dentro del auto continuó jalándole el cabello mientras le gritaba. El trayecto hacia la residencia de Jardines del Pedregal duró apenas minutos pero la agresión no terminó al llegar.
Según la denuncia presentada posteriormente por Yrma Lydya ante el Ministerio Público, y revelada por la periodista Ariadna Lobo, Hernández Alcocer la persiguió hasta el baño de la habitación, la mojó con agua del lavabo, le escupió y la sometió mientras la amenazaba con un arma de fuego. Le dijo que quería matarla. Después la empujó dentro del jacuzzi. Ella forcejeó, logró escapar y corrió hacia una ventana para pedir ayuda a los choferes de la casa. Entonces él tomó una pistola eléctrica y la descargó contra su cuerpo mientras le decía: “Ojalá te mueras”.
Yrma Lydya huyó descalza por la calle. Uno de los choferes, Gregorio, logró ayudarla a escapar en un BMW color gris y la llevó hasta el Ministerio Público de la alcaldía Álvaro Obregón. Era la madrugada del 20 de diciembre de 2021. Yrma Lydya lo denunció formalmente por violencia familiar. Al día siguiente, sin embargo, regresó y retiró la denuncia. Le otorgó “el más amplio perdón” a su esposo.
Laura Borbolla indica que hubo una omisión institucional en la Coordinación Territorial de Álvaro Obregón: “En términos de perspectiva de género, lo que debió haber hecho el fiscal era declararse incompetente y remitir el asunto a la Fiscalía especializada en violencia familiar. Ahí se debía ponderar si procedía o no el perdón, pero sin generar una causal de sobreseimiento”. Se trata de una resolución judicial que ordena suspender o archivar un proceso legal antes de llegar a una sentencia.
Borbolla explica que no se debió aceptar el perdón de la víctima ni cerrar la carpeta de investigación. La denuncia por violencia familiar quedó archivada y, en consecuencia, no hubo seguimiento ni medidas de protección para Yrma Lydya. “Al haber un arma de fuego involucrada, debió aplicarse un tamizaje para analizar el nivel de riesgo. La mayoría de las veces ese tamizaje arroja un puntaje muy alto que coloca a la víctima en riesgo feminicida”, agrega la funcionaria.
Por su parte, la entonces fiscal general de Justicia de la Ciudad de México, Ernestina Godoy, aseguró que hubo una sanción administrativa interna.
A principios de junio de 2022 ocurrió otro episodio violento. La madre de Yrma Lydya fue personalmente a sacarla de la casa de Jardines del Pedregal. “Ya no voy a volver a ver a ese viejo”, le dijo la cantante. Su madre sintió alivio; pensó que, ahora sí, la violencia por fin había terminado. El 22 de junio de 2022, apenas un día antes de su asesinato, parecía enfocada en reconstruir su vida. Se reunió con un empresario hidalguense que le ofrecía financiar un nuevo disco junto al trío Los Herederos del Bolero. Pasaron horas cantando en un restaurante cerrado al público. Los músicos recuerdan que Yrma Lydya pidió una y otra vez la canción “Quiero abrazarte tanto” y en videos grabados esa noche interpreta “Mucho corazón”.
Las irregularidades de la Fiscalía
Tras el feminicidio en el restaurante Suntory, hubo varias irregularidades por parte de la Fiscalía. La escena del crimen fue alterada. El restaurante entregó videos incompletos. Nunca realizaron pruebas de rodizonato de sodio para detectar residuos de pólvora en Hernández Alcocer. No hubo orden de cateo para recuperar el arma. Cada omisión debilitaba el caso.
“Sayuri, buenas noches, muchas gracias. Oye, hay que tener ahí mucha firmeza con estas personas detenidas porque ya hizo llamadas por todos lados. Al parecer conoce a muchísima gente, pero pues ni modo, eso no lo exime”, dijo Ernestina Godoy a Sayuri Herrera, entonces titular de la Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio, en un audio que nos compartió ella misma.
Tres días después del feminicidio, Hernández Alcocer compareció ante un juez desde el Reclusorio Norte. Su defensa alegó edad avanzada y problemas de salud para solicitar prisión domiciliaria. El juez rechazó la petición. El abogado permaneció encarcelado pero insistía en declararse inocente.
Después del feminicidio, el arma se convirtió en una pieza central de la investigación. La pistola había salido del Suntory dentro de la mochila negra de Máximo. Horas después, fue recuperada en la residencia de Jardines del Pedregal. “No se hizo bien la cadena de custodia, tienes que preparar las investigaciones pensando en el juicio y la técnica de investigación aquí se llama cateo. Si tú entras con una orden de cateo, entra la policía, los peritos, hacen el aseguramiento de los objetos, las periciales. Todo tiene un origen lícito”, insiste Borbolla, respecto de los errores de la investigación encabezada por Sayuri Herrera.
Los peritajes balísticos confirmaron que era el arma utilizada para matar a Yrma Lydya. Pero no resolvían la pregunta clave: quién había disparado.
La prueba más elemental para saberlo era un procedimiento utilizado para detectar residuos metálicos que permanecen en la piel o en la ropa después de accionar un arma de fuego. Pero la Fiscalía no realizó pruebas de rodizonato de sodio. La omisión abrió un nuevo espacio de sospecha en un caso ya plagado de errores. Algunos abogados cercanos al expediente especularon con que Hernández Alcocer pudo haberse negado a practicarse el examen. Sin embargo, la entonces fiscal Sayuri Herrera rechazó esa versión. En entrevistas posteriores, defendió la decisión argumentando que la prueba resultaría contraproducente. Según explicó, existía la posibilidad de obtener un resultado negativo si el acusado había logrado eliminar los rastros de pólvora, algo que habría fortalecido la estrategia de la defensa.
La explicación dejó dudas incluso fuera de la Fiscalía. Consultamos directamente al Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, organización mencionada por Herrera como respaldo técnico de la decisión. La respuesta fue distinta: el Observatorio aseguró que únicamente participó en el peritaje de contexto y no recomendó omitir la prueba. Mientras la investigación acumulaba cuestionamientos, Hernández Alcocer pasaba sus días en el Reclusorio Norte. Compartía celda con su escolta Benjamín Hernández Mendoza, y versiones extraoficiales hablaban de privilegios dentro de prisión: tratos especiales, facilidades, comodidades impropias de un interno común.
En octubre de 2022 ocurrió el giro definitivo. “De última hora”, anunciaban los medios y autoridades, Hernández Alcocer había muerto en prisión. La Secretaría de Seguridad Ciudadana informó que el fallecimiento ocurrió por causas naturales.
La Fiscalía capitalina abrió una carpeta de investigación y poco después difundió los resultados de la necropsia: muerte natural. La noticia cerraba abruptamente el proceso penal contra el principal acusado del feminicidio.
Ese mismo día, la entonces jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, declaró públicamente que no habría impunidad en el caso. La fiscal Sayuri Herrera intentó transmitir un mensaje similar a la familia de Yrma Lydya: Hernández Alcocer, dijo, había muerto “donde debía”, no en la comodidad de su casa.
Sin embargo, pronto comenzaron los rumores. Algunas personas aseguraban que seguía vivo. Que había escapado. Que otro hombre murió en su lugar. Las teorías crecieron alimentadas por un detalle fundamental: casi nadie vio el funeral.
Supuesta misa de cuerpo presente con Norberto Rivera
La versión oficial describe las últimas horas: la mañana del 4 de octubre de 2022, Hernández Alcocer comenzó a sentirse mal dentro del Reclusorio Norte. Lo trasladaron al área médica. Colapsó horas después. Intentaron reanimarlo sin éxito.
A las 10:45 fue declarado muerto. El cuerpo llegó al Instituto de Ciencias Forenses, donde se le practicó la necropsia esa misma madrugada. En menos de 24 horas las autoridades determinaron la causa de muerte y entregaron los restos a la familia. El equipo de investigación obtuvo el acta de defunción, pero no hubo cobertura mediática amplia del funeral. No aparecieron fotografías públicas del sepelio. Había una columna escrita por el periodista Salvador García Soto, quien mencionó una misa de cuerpo presente supuestamente oficiada por el cardenal Norberto Rivera, título honorífico más alto que puede conceder el Papa dentro de la iglesia.
Cuando como equipo de investigación intentamos verificar esa ceremonia, encontramos respuestas evasivas. En la parroquia donde supuestamente ocurrió la misa nadie parecía recordarla. La Arquidiócesis Primada de México respondió: “No tenemos certeza de ello”. La falta de imágenes, registros claros y testimonios directos alimentó aún más las especulaciones.
Omar García Harfuch, entonces secretario de Seguridad Ciudadana a nivel local, aseguró que existían fotografías y grabaciones que documentaban la muerte de Hernández Alcocer dentro del penal y prometió compartirlas para el pódcast. Según explicó, las versiones de que el acusado se había fugado eran simplemente rumores amplificados en redes pero las imágenes prometidas nunca fueron entregadas.
Y aunque la evidencia forense, los testimonios y los videos de seguridad apuntaban hacia Hernández Alcocer como autor material, la muerte del acusado dejó una sensación de vacío judicial. Nunca hubo juicio y mucho menos sentencia. Y a cuatro años del feminicidio de Yrma Lydya, no se ha juzgado el papel de Máximo, la única persona que está siendo procesada por este caso y que representa una esperanza de acceso a la justicia para la familia de la cantante.
GSC/ATJ