México terminó su participación en el Mundial 2026 con un paso perfecto de la fase de grupos, al acumular tres victorias; ocho goles a su favor, superando así los seis que marcaron en 1970, y una afición que festejó los éxitos cada vez más fuerte, apasionante y eufórica.
Las celebraciones se volvían mucho más bizarras con cada partido. Ya no era sólo tirar espuma o bailar El Payaso del Rodeo, también fue nadar en charcos de agua sucia, lanzar reporteros al aire o hacer la trust fall (caída de confianza) desde algún monumento o estructura, esperando ser atrapados por una bolita de desconocidos.
¿Sin embargo, ese es “el estado natural de la afición” o sólo un efecto aislado por el histórico desempeño del Tri?
“A mí me llama la atención que la sociedad y, de pronto, el mundo periodístico se sorprendan de la reacción del pueblo mexicano”, dijo el especialista en sociología y antropología del deporte, Sergio Varela Hernández, en entrevista con MILENIO.
La fiesta y el desenfreno
Quizás los ojos desconocedores se asombraron —e incluso criticaron —por la magnitud de surrealismo que alcanzaron las celebraciones, especialmente vistas en el Ángel de la Independencia de la Ciudad de México (CdMx).
Sin embargo, para los especialistas era un efecto totalmente esperado de un país profundamente apegado al balón pie, y más aún siendo uno de los anfitriones de la Copa del Mundo.
“Es el tema del carnaval y de la fiesta”, explica Varela. “Y una de sus características es el desenfreno. (...) Es una especie de relajamiento de las reglas sociales que en un periodo de normalidad no se pueden romper o es sancionable”.
Estas manifestaciones satisfacen la necesidad profundamente humana de celebrar en comunidad en calles y plazas, bajo la lógica de un “mundo al revés”. Es decir —y según lo que explica el libro La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento del ruso, Mijaíl Bajtín— suspendiendo y ridiculizando a los roles sociales, políticos y religiosos.
“Es un periodo de anormalidad que tiene su propia normalidad”.
De ahí que las mismas escenas se repetían festejo tras festejo: el grupito que sacudió a los automóviles que circulaban cerca de los Fan Fest; aquellos quienes lograron burlar la seguridad para ingresar y consumir bebidas alcohólicas; los que se subieron a los techos de Metrobús, o los equipos improvisados que “se aventaron una cascarita” en plena avenida Reforma.
Aunque no lo parezca, “en el mundo contemporáneo” este desenfreno sí conoce los límites y la autorregulación. Esto se vio, por ejemplo, tras la victoria de México contra Ecuador, cuando una joven fue abucheada por sus aparentes acompañantes y testigos tras aventar cerveza a un par de ecuatorianos.
Sin embargo, el problema con esta euforia es que su impredecibilidad vuelve difícil (casi imposible) conocer sus límites y, por ende, poder controlarlos al 100%; derivando en episodios trágicos, como las cuatro muertes por asfixia reportadas el 1 de julio o el linchamiento de un automovilista en los festejos de Los Cabos.
“No estoy diciendo que está bien que sucedan cosas como la muerte de estas cuatro personas. (...) Pero sí vimos a los gobiernos rebasados por la magnitud de estas celebraciones, pues es complicado saber bien qué se tiene que hacer.
(...) No es que la gente vaya a violentar o a generar un acto vandálico por estar en la bola. Sí hay autorregulaciones importantes, pero elementos como el alcohol y otros elementos desinhiben ciertas prácticas y ponen en riesgo a muchas personas”.
¿Antes no se “veía esto”?
Aunque no es la primera ocasión que la fiesta del balompié llega a tierras aztecas —pues fue el único anfitrión en las ediciones de 1971 y 1986 —, algunas opiniones afirman que aquellos festejos “no se vivieron con la locura” del 2026.
Dichos argumentos tienen cierta razón, pero por una variante importante que llegó a cambiar las reglas del juego: las redes sociales.
No hay duda que las tres ediciones se vivieron con las emociones a flor de piel. Sin embargo, para el 2026, el internet trajo consigo una experiencia distinta a la que la televisión o el radio proporcionaron en años anteriores: permitir a las demás personas “observar lo que observamos”, como si fuéramos omnipresentes.
Así, con un sólo scroll pudimos enterarnos al mismo tiempo de las celebraciones de las y los coreanos en Zapopan; las caravanas de hinchas que caminaban al Coloso de Santa Úrsula para la inauguración, o las presentaciones de k-pop en el Fan Fest de Monterrey. A partir de ello —y gracias al poder de la viralización—es que se generó “un circuito de retroalimentación”, el cual día con día ponía la vara cada vez más alta “para ver quién celebra más”.
Por esa razón, es que de cada victoria nacía una manera más “extraña” o “exagerada” de festejar, así como nuevos memes y otras cosas “de las que no tenemos la capacidad de imaginar”. Y ese fenómeno podría avanzar y cambiar tanto como la Selección Mexicana acumulara un nuevo triunfo en las rondas directas.
No obstante, ese camino culminó el 5 de julio, con la caída del Tri ante Inglaterra
ASG