Madrid vive uno de sus otoños culturales más vibrantes en años, el frío intenso no aminora el entusiasmo en esta ciudad.
Entre teatros llenos, museos repletos y calles iluminadas por la temporada decembrina, la capital española se convierte en un punto de encuentro para propuestas escénicas que dialogan con la memoria, la violencia, la identidad y la resistencia.
En este panorama diverso, el Festival de Otoño —en su edición 43, bajo la dirección artística de Marcela Diez-Martínez, ex directora del Festival Internacional Cervantino— destaca por reunir voces europeas e iberoamericanas que cuestionan, conmueven y sacuden al público, obras que abordan desde el escenario las heridas sociales que atraviesa México.
México en escena: dos obras que conmueven en el Festival de Otoño
Con compañías y artistas de Europa e Iberoamérica, dos obras resultan especialmente conmovedoras, ambas procedentes de México: Hasta encontrarte y El invencible verano de Liliana.
La primera es interpretada por Vicky Araico Casas, directora artística de la asociación civil El Ingenio del Caldero.
Es una obra unipersonal que lacera; en el pequeño escenario del Teatro Pradillo, la actriz se multiplica, se transforma una y otra vez para dar vida a esos seres que, víctimas del crimen organizado, cotidianamente desaparecen en nuestro país ante la indiferencia de autoridades, con frecuencia corruptas, que lucran con el dolor de las madres, padres, hermanos, parejas…
En este trabajo, Araico Casas construye un coro que representa todas las voces de la tragedia para rendir homenaje a las madres buscadoras, esas mujeres que enfrentan el dolor por sus hijos o hijas ausentes y en ocasiones se quedan solas, únicamente acompañadas por otras que sufren lo mismo que ellas.
Producto de una colaboración entre El Caldero, la compañía británica Ad Infinitum y Teatro UNAM, hasta encontrarte es un trabajo respetuoso, documentado, elaborado después de una larga investigación.
Es una puesta en escena que provoca un nudo en la garganta pero también empatía e indignación en el público, sorprendido de que una situación así sea recurrente en el México del siglo XXI.
El invencible verano de Liliana, por su parte, es la historia del feminicidio de la hermana menor de Cristina Rivera Garza, ocurrido en 1990, quien la escribió como homenaje a Liliana.
Protagonizada de forma magistral por Cecilia Suárez, adaptada por Amaranta Osorio y dirigida por Juan Carlos Fisher, la obra, que se estrenó en el Centro Cultural Conde Duque, ha llamado poderosamente la atención de la crítica y los espectadores.
Es un monólogo que enmudece al público. A través de la investigación y la memoria, brilla el recuerdo de una “joven universitaria brillante y creativa”, alegre y divertida, asesinada por su novio, impune hasta la fecha.
En entrevista con El País, Rivera Garza dijo haber observado durante el ensayo general, que contó con algunos invitados, “un silencio empapado de presencia. Había una conexión muy fuerte del público con Cecilia [Suárez] que me emocionó”. En el estreno, Cristina no pudo evitar las lágrimas.
La presencia cultural mexicana conquista Madrid
En Madrid se multiplican los restaurantes mexicanos, algunos especializados en tacos; el tequila y el mezcal se ha vuelto populares y los boleros en la Gran Vía presumen su mexicanidad:
“El mejor lustrador de Ciudad de México”, dice el letrero que uno de ellos ha colocado sobre una tabla a un lado de donde trabaja; el de otro bolero, más adelante, dice simplemente “México”.
En el ámbito cultural, los libros de Cristina Rivera Garza, Alma Delia Murillo y Brenda Navarro, entre otras autoras y autores, están en las mesas de novedades de las principales librerías y la exposición de arte precolombino La mitad del mundo: La mujer en el México indígena convoca cada día a un gran número de visitantes en sus cuatro sedes: la Casa de México, el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y el Instituto Cervantes.
En el Festival de Otoño, además de las puestas mencionadas, la presencia de artistas mexicanos ha destacado con la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por Alondra de la Parra, y la “danza performativa” Réquiem para un alcavarán de Lukas Avendaño, antropólogo muxe que en este espectáculo mezcla “la mitología zapoteca con una reflexión sobre la identidad de género”.
Rebeldía, crítica social y experimentación: la columna vertebral del Festival
La crítica, el cuestionamiento social, la rebeldía han sido asiduos en esta edición del Festival de Otoño.
Obras como Historia de amor de la compañía chilena Teatrocinema, que combina teatro y cine, como indica su nombre, con ritmo frenético, a la manera de Robert Rodríguez, da rienda suelta a los demonios de la violación, el acoso y la sumisión.
Protagonizada por Julián Marras y Bernardita Montero con la dirección de Zagal, está basada en la novela del francés Régis Jauffret y habla del inexorable proceso de autodestrucción de una pareja que no tiene nada en común, excepto su vocación de abismo.
Ofrenda para el monstruo, de la uruguaya Tamara Cubas, es un proyecto que involucra a jóvenes de entre 18 y 24 años; plantea un cuestionamiento al mundo adulto a través de acciones que exigen una enorme condición física, un desgaste quizá innecesario en esos muchachos y muchachas cuyos sudores y murmullos son un llamado de atención ante el mundo que heredan:
“La obra es un ritual entre ese viejo cuerpo y el nuevo cuerpo que aparece, este último se brinda en forma de ofrenda al público en el epílogo de la obra”, dice el programa de mano.
Una de las piezas estelares del festival es My Fierce Ignorant Step, del griego Christos Papadopoulos, definido “como uno de los faros de la danza europea”. Es una obra que enfrenta el pasado con el presente; que recuerda otros tiempos y se enfurece con la violencia actual.
En ella, diez bailarines ejecutan con gran fuerza sus movimientos como un acto de resistencia ante un presente violento en el que la naturaleza es destruida, surgen nuevas guerras y el futuro se oscurece, sin embargo siempre queda la esperanza de la solidaridad y la acción común.