Solo dos bailarines en escena: Guillermo Arriaga y Rocío Sagaón. A pesar de estar encadenada, La Tierra da a luz a Emiliano Zapata; lo ve crecer y trabajar el campo. Ella misma le pone las cananas y lo hace revolucionario. Él la libera de sus cadenas, pero muere, asesinado. Ella lo envuelve en un abrazo y retoma una de las cananas. La obra —Zapata—, estrenada en 1953, marcó un antes y un después en la danza moderna mexicana y se sigue bailando en México y en el mundo.
Su autor, su intérprete, Guillermo Arriaga Fernández (1926-2014), estaría celebrando este sábado su primer centenario: bailarín, coreógrafo, director del Ballet Popular de México, impulsor de muchas iniciativas culturales, poeta, bohemio enamorado del mar y la belleza, zapatista sin sombrero y sin bigote.
Para hablarnos de él, quién mejor que Efrén Parada Arias. Se conocieron hace más de medio siglo y la vida los hizo amigos, cómplices, compadres.
Fue a principios de la década de 1960. Efrén empezaba la carrera de Ingeniería Bioquímica en el Instituto Politécnico Nacional. Estaba en el grupo de teatro del maestro Miko Viya, muy amigo de los Arriaga, de los Malvido, quienes adoptaron a ese muchacho provinciano, oriundo de Ciudad Altamirano, Guerrero, que se sabía muchos boleros y corridos revolucionarios, que cantaba con voz templada y que tocaba la guitarra desde los siete años. Lo invitaban a sus reuniones a las que asistían actores, músicos, directores de teatro, como Julio Prieto. Personajes muy importantes de la época.
Ponciano y Camilo Arriaga son ascendentes de Guillermo. El primero era muy cercano a Benito Juárez y participó en la hechura de la Constitución de 1857. El segundo fue autor del Plan de San Luis que llevó a Francisco I. Madero a la presidencia.
Guillermo Arriaga empezó a bailar muy temprano. A los cuatro años “debutó interpretando el Jarabe tapatío en el kínder. Poco después se aficionó a los títeres y montaba pequeñas obras de teatro. Hizo su primera comunión junto con las hijas de Diego Rivera, Ruth y Guadalupe, con quienes mantuvo una estrecha amistad. Su padre lo llevó a un concierto dirigido por Carlos Chávez en el Palacio de Bellas Artes y de ahí le nació un gran amor por la música. Su primer disco, de los de 78 revoluciones, fue un regalo: le dieron a elegir entre la Sexta Sinfonía de Tchaikovsky y la Quinta de Beethoven. Optó por Beethoven. Entre sus pintores favoritos se encontraba Marc Chagall.
En la escuela era un desastre, pero le ponía mucho empeño a sus clases de piano. Fue en 1942, al asistir a una presentación de Sílfides, del Ballet Theater, cuando tuvo la gran certeza de su vida: “¡Este es el mundo al que pertenezco!”
Se colaba a los ensayos, a las puestas de coreografías. Repetía los ejercicios dancísticos en la azotea de su casa; practicaba mucho, sin parar, y se preguntaba cómo le iba a decir a su papá que quería ser bailarín y no abogado como este deseaba. Tenía 16 años. “Como Billy Elliot, pero de verdad; era ‘Billy’ Arriaga”, cuenta Adriana Malvido en su libro Zapata sin bigote: andanzas de Guillermo Arriaga, bailarín.
Efrén pregunta: “De Einstein, ¿qué sabes? Pues la Teoría de la Relatividad, pero Einstein hizo muchísimas, muchisísimas cosas cuya importancia hasta apenas ahora estamos viendo. Igual con Guillermo y el Zapata”.
Parada recuerda la emoción que sintió al ser invitado “personalmente” por Guillermo a la última función en que este bailó el Zapata con Cora Flores. Arriaga ya no se cocía al primer hervor, tenía más de cincuenta años, había dejado de bailar por un tiempo, pero el cuerpo tiene memoria e hizo una de las interpretaciones más emotivas de lo que muchos consideran su obra maestra.
“Está el Ballet Popular de México. Si para interpretar la Danza del venado iba al zoológico a estudiar a su personaje, para sus coreografías se iba a los pueblos. Cuidaba cada detalle. Conocí a mucha gente de su equipo de producción: a Josefina Binnquist, que le manejaba el vestuario, a Leonardo Velázquez, que le manejaba la música. Hay una gran aportación de Guillermo al rescate de la danza mexicana, del folklor. Es fundamental y casi no se menciona”.
Bien sabe Efrén Parada de lo que habla. Guillermo hizo una compañía disquera que se llamó La Guitarra. Un día le pidió a Efrén que lo ayudara: “Vente, ayúdanos a poner a punto la consola en el estudio de grabación. Vamos a instalar un micrófono. Tú cantas y nosotros trabajamos la parte de ingeniería”.
En eso llegó el músico y compositor Gerardo Tamez, integrante de Los Folkloristas. Tamez estaba produciendo un disco. Escuchó cantar a Efrén y le propuso hacer una prueba para integrarse al grupo.
“Yo conocía a Los Folkloristas desde su fundación y desde abajo, desde el público. Gerardo me dice que dos integrantes plantearon su salida: ‘Tú puedes ser un buen candidato para sustituir a Rubén Ortiz’. Le explico a Gerardo que no tengo tiempo, que estoy muy ocupado, que mi carrera en el Politécnico, que estoy empezando mis tiempos como profesor, que está recién nacido mi hijo Efrén, que es ahijado de Guillermo… Y, sin embargo, fui a la Peña de Los Folkloristas…Y ahí estaba todo el grupo. También audicionaba Mima de Francisco para sustituir a María Elena Torres. Me hicieron la prueba. Fue una bronca con Lidia Dorantes, mi esposa, imagínate tú. Pero me quedé. De 1975 a 1980. Cinco años. Una de las épocas de más trabajo de Los Folkloristas, cuando llenábamos el Auditorio Nacional, que entonces tenía capacidad para quince mil personas. Grabamos uno de los discos más importantes: Canto Nuevo, con piezas de Víctor Jara, de Gabino Palomares, de Violeta Parra. Un disco que marca un punto de definición política, ideológica”.
Familiarizado con el son de Tierra Caliente y con la música indígena tocada con flautas y tambores, a Efrén le toca también estrenar, junto con el grupo Tierra Mestiza, la composición de Gerardo Tamez y festejar en Bellas Artes el décimo aniversario de Los Folkloristas.
“Así que tengo que agradecerle a Guillermo Arriaga haber llegado a Los Folkloristas a través de Gerardo, que es el que me pescó. Total que fui entrando a ese círculo que me fue marcando. Conocí a Ester Echeverría y a Enrique, su esposo, gran pintor de la generación de La Ruptura, muy amigos de Guillermo y luego míos. A partir de una circunstancia fortuita el destino te va marcando todos los días”.
Efrén estuvo en las cuatro bodas de Guillermo Arriaga: “Celebraban la boda en casa de la hermana de Guillermo, la Neneka Grande, la mamá de Neneka Malvido. Todas las veces se casó ahí y como era la misma zona de la ciudad acudía el mismo juez. A la tercera boda este le dijo: ‘¡Ah, otra vez usted! Ya pórtese seriecito’. ¡Una cosa muy chistosa! Déjame volver al tema de la música y de la disquera. Guillermo tenía una característica: ayudaba mucho a los jóvenes. De ahí salió Napoleón… Guillermo lo invitaba a su casa, en la Nápoles. Le escuché ‘El grillo’ y me la aprendí. Fui el primer intérprete de Napoleón con esa canción. Es algo que no cuento mucho.
“Guillermo ayudó a mucha gente joven a ganarse un espacio. Eso te da una idea de su manera de ser, un hombre con un gran reconocimiento e influencia sobre los artistas jóvenes. Para mí representó un personaje fundamental en mi desarrollo personal.
“Era un artista que a todo le encontraba valor estético y buscaba la forma de aprovecharlo para sus obras. Creció en una Ciudad de México hermosa, desde donde se veían los volcanes, donde podías caminar y los niños jugaban en las calles”.
Cuando en 1987 Efrén recibió el Premio Nacional de Ciencia y Tecnología de Alimentos de manos del entonces presidente de la República, Guillermo Arriaga lo acompañó. Y cuando en 1999 le dieron a Guillermo Arriaga el Premio Nacional de Arte en Palacio Nacional, ahí estuvo Efrén, a quien también le tocó una parte del Premio Nacional de Ciencias y Artes entregado a Los Folkloristas en 2015.
Efrén habla de las aportaciones de Arriaga a través del Ballet Popular, de la Compañía Nacional de Danza, habla de los escritos de su compadre y de sus casas llenas de artesanías, un piano, una guitarra y muchos cuadros, tal como es la casa que el doctor Parada comparte con su esposa, Lidia Dorantes, ingeniera química especializada en alimentos como el maíz, el chile y el aguacate, investigadora multipremiada del IPN.
Efrén casi no dice que él llevó a Armando Zayas, a quien conoció gracias a Guillermo, a dirigir la orquesta del Politécnico y a poner orden en lo que era “un desmadre bien organizado”. Tampoco hace alarde de las exposiciones de pintores como Cristina Cassy o Alfredo Zalce. No menciona que, gracias a él, René Villanueva empezó a reunir sus grabaciones de campo en discos que se acompañan de libros editados por el Poli.
Pero deja muy claro que para él lo importante es el trabajo de toda la vida de Guillermo Arriaga: “hecho en ese tiempo en que la gente del gobierno pensaba todavía que la cultura servía de algo”.
AQ / MCB