En épocas turbulentas conviene leer a Heinrich Heine (1797–1856). La suya fue una Europa con semejanzas a la actualidad: rebeldías, militancias, pequeñas crisis que se suman y hacen una grande, que parece incontrolable. Mientras todo parece llamar a un poder tiránico para que ponga orden, como de hecho sucedió temporalmente con Napoleón, Heinrich Heine llama a lo contrario: una íntima sensatez que, dadas las circunstancias, no puede ser ni solemne ni rígida ni, mucho menos, afiliada a ideologías. No solo le provocaban antipatía los nacionalismos y patriotismos sino que le resultaban imposibles. Era francés por haberse refugiado en París, alemán por lengua y porque vivió toda su juventud en Alemania, y judío más o menos simpatizante con el propósito de Israel, pero él parece haber entendido que el desorden es pasajero cuando la cabeza y el espíritu están en su lugar y no atados a pasiones ideológicas.
Durante la restauración de Metternich, Heine tuvo que exiliarse en Francia. Salió de Alemania en 1831 y volvió en 1843. Al año siguiente publicó un libro con los poemas que fue escribiendo durante el viaje de regreso a su país, al que ama mucho con mucho odio: Alemania. Un cuento de invierno. Es una sátira disfrazada de épica y uno de los libros más extraños del siglo XIX.
En español hay al menos dos versiones. La del peculiar médico y escritor austriaco argentino Alfredo Bauer, que es loable, aunque Bauer es más aficionado a la destreza de rimar el alemán en español que a la musicalidad poética, característica de Heine; y otra, de Jesús Munárriz, que todavía no tengo.
Es una obra llena de agudezas, puyas y burlas, pero al mismo tiempo es una obra filosófica y de crítica literaria. En el canto XII, su sombra, un lictor romano que le surge de lo Unheimlich y encargado de llevar al acto su voluntad destruye en la catedral las estatuas de los Reyes Magos, que fungían como guardianes de la fe.
Es muy difícil entrelazar la sátira con la ironía. Son dos tonos distintos, dos vocabularios que tienden a ser incompatibles, dos ritmos: la sutileza de la ironía y lo abrupto de la sátira. Pero eso es la obra de Heine, un recurso articula al otro, y no solo el libro de Alemania. Por ejemplo: “Toca el tambor, no temas a nadie/ y besa a la vivandera. Es ésta la ciencia más profunda, es éste el sentido de los libros…/ ¡Es ésta la filosofía de Hegel…/ Lo he comprendido porque soy listo/ y porque soy buen tamborilero” (de Poemas contemporáneos, en traducción de Berit Balzer).
Nada que ver con el yo heroico y grandilocuente del alma romántica y su épica. Heine no se parece a nada. Y Alemania es un libro divertidísimo que, al levantar la mirada, también se vuelve profunda crítica y preciso encomio. No queda títere con cabeza: “De los franceses, no temas el humor,/ ni sus perspicaces razones./ Ya no son los de antes”, pero los alemanes, “ellos se entusiasman ahora por Kant,/ por Fichte y por Hegel, tan solo…/ De mente cerrada llegaron a ser./ Dejaron de ser voltairianos”.
Sospecho que la literatura alemana soporta mucho mejor la vulgaridad y no se asusta con lo escatológico, lo visceral, lo sucio; es parte de su naturalidad, aunque incomode a los lectores románicos o anglosajones, que no sabemos evitar nuestra repugnancia. En alemán es distinto, y probablemente desde Lutero, cuando confiesa que “esta destreza [la comprensión de la justicia divina] me la dio el Espíritu Santo en esta cloaca de la torre” (Charlas de sobremesa, 3232a). Büchner, en su Woyzeck, después de argüir que “la moral es un lujo de los ricos”, se defiende de haber orinado en la calle, contra la pared: “Doctor, la naturaleza manda”. Y podríamos seguir: Nietzsche, Brecht, Grass… Pero el ejemplo más famoso es el final del Fausto II: Fausto se salva porque Mefistófeles se distrae persiguiendo el culito de los ángeles. En el penúltimo canto de Alemania. Un cuento de invierno, Heine introdujo un pasaje de revelación sagrada: la diosa Hammonia (encarnación del romanticismo gastado) que encarna al Espíritu de la Sabiduría, la Justicia y la Historia Patria, se enamora del poeta y, como revelación, le otorga el privilegio de ver el futuro si se asoma a su Trono de la Noche: “Sabéis que juré no revelar/de lo que vi ningún dato./Apenas os puedo proporcionar,/ ¡oh, Dios!, los del olfato”, y los describe.
En nuestra lengua, las referencias olfativas son perfumes o tabú, pero a Heine no le asusta describir el trono de la patria como un retrete repugnante.
AQ / MCB