Durante la lectura de El orden natural de las cosas, libro con el que Claudia Sandoval (1993) ha obtenido el prestigioso Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes en su última convocatoria, resulta evidente una vocación naturalista, tanto por el título que alude a la preexistencia de una organización del mundo propio, jerárquica y acaso irrefutable, con ciertas leyes impuestas a las que se somete una suerte de causalidad doméstica, como por la necesidad de diseccionar las diferencias específicas que determinan dicho orden, anunciado con descarnada precisión en el primer poema: “La violencia se hereda / del lado materno // Mi bisabuela cazaba las ratas / que salían por las coladeras / las tomaba por la cola / y las estrellaba contra el piso / hasta que se reventaban / y la sangre le escurría / por las piernas. // Mi abuela mutilaba a los pescados / les sacaba las entrañas / y exhibía los cadáveres / sobre bloques de hielo / para que otras mujeres / los compraran”. Esta visceralidad marca el tono dominante que sostiene al libro, el cual confirma que ese orden establecido, en realidad, es un pequeño mundo fracturado: “Es posible / que todo lo que guardo / con amor y recelo / termine pronto / por ser una pieza rota / en un sistema / que nadie podrá / volver a armar”.
La poética quirúrgica que persigue Claudia Sandoval crea una biopsia de las relaciones familiares, sirviéndose de un lenguaje reducido a su mínima expresión para eludir cualquier atisbo de sentimentalismo. Este lenguaje-bisturí incide, escinde y extirpa los gestos, las actitudes, las prácticas, los rituales, los mecanismos, las normas que configuró la costumbre desfigurando una subjetividad que se sirve del poema para poner a prueba el orden natural de las cosas. Esta búsqueda por aproximarse a la médula poética sin ornamentos apuesta por lo inquietante, renunciando a la carga imaginativa para que la expresión se intensifique por las sensaciones que atraviesan los poemas y no por los conceptos. Lo explícito no está en el estilo directo ni en su lenguaje aparentemente coloquial, reposa sobre la crudeza de sus imágenes que permiten que la evocación y el sentir sucedan. Esta taxidermia poética de lo doméstico es anunciada en el poema “Fósiles”: “Los restos fosilizados / de un animal / no bastan / para conocer su forma. // Faltan los músculos, / la grasa, / la piel, / sus memorias, / el peso del cuerpo vivo, / su hambre”.
El libro anatomiza de manera segmentada la noción del vínculo, no tanto desde la afinidad sino desde lo conflictivo, primero con las figuras femeninas primordiales que establecen una heredad a la que no se puede renunciar, como lo consigna el poema “Matrioshka”, que asocia el sentido de la ascendencia con la idea de provenir de un mismo vientre simbólico para compartir posteriormente la tumba: “Estamos atadas, / destinadas a estar / unas dentro de otras”. El otro lazo, más bien frágil y desanudado, corresponde a la figura paterna, que Claudia Sandoval elabora con incisivo trazo en escenas donde la distancia, los objetos y la ausencia de eco materializan ese vacío en el que, sin embargo, sucede la extraña confirmación del parentesco: “Es aterrador / parecerse / a alguien / que no conoces”.
Entre las voces emergentes de la poesía mexicana que han alcanzado recientemente el Premio de poesía Aguascalientes, percibo mayor cercanía de El orden natural de las cosas con Sigo escondiéndome detrás de mis ojos de César Cañedo por la contundencia con que construye imágenes que evocan la fragilidad de lo doméstico y con El reino de lo no lineal de Elisa Díaz Castelo por la concreción de su lenguaje y por la manera en que se replantea el correlato, siempre complejo, de las relaciones íntimas.
AQ / MCB