Café Felicidad, Calle Durango, No. 233, Colonia Roma, Ciudad de México
Una Margarita agria remató mi largo recorrido por lo que hace feliz a algunas personas.
Es lunes por la mañana, cada uno de los que estamos en la fila para ser atendidos en el IMSS me dice con exactitud el número de viajes que ha hecho, ida y vuelta, antes del actual.
(Tenme paciencia, querido lector. Después de todo, el tema de hoy es la paciencia.)
En mi propio intento por reclamar mi prestación de seguridad social mexicana, fui primero a la oficina más cercana a mi domicilio, donde un empleado buscó mi dirección en una lista pegada en la pared y me envió a la Unidad de Medicina Familiar Número 14, lejos de donde vivo, pero cerca del aeropuerto.
Allí me dieron una lista de los documentos que tenía que presentar y me dijeron que me había equivocado de unidad.
Fui después a donde allí me indicaron: la Unidad Número 2, donde me dieron una lista distinta de requisitos y me informaron de que tenía que certificar mi acta de nacimiento.
Cuando volví con el documento ya certificado, el mismo empleado me dijo que también tenía que ir a mi embajada para obtener una traducción oficial del mismo.
Bueno, pues, volvemos al cuasi-presente. El jueves anterior al lunes en cuestión, tomé asiento para esperar frente a las ventanillas de servicio, traducción oficial en mano. Un hombre con gorra de lana se sentó a mi lado, esperando su turno para entregar sus documentos.
Me contó su historia. Todo el lado izquierdo de su cuerpo quedó paralizado tras un ataque por parte de unos matones en 1979. Tuvo que ser operado desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde del día siguiente.
“Me dijeron que me compondrían y lo hicieron. Mira esto”. Feliz se quita la gorra y se da tres golpecitos en la frente, los cuales reverberan en una placa metálica que cubre su cráneo.
Mientras tanto, cada vez que el empleado de la ventanilla anuncia el nombre de la persona a quien le toca, una mujer a mi derecha repite ese nombre. “¡Alberto! ¡Tu turno!” vocea sin saber ni quién es Alberto ni dónde se encuentra.
Mi turno en la ventanilla llega justo a las 13:30, hora de cierre. El empleado dirige la pantalla de su ordenador hacia mí. “Mire, el sistema está saturado, tendrá que volver mañana, preferiblemente antes de las 7 de la mañana”.
En la mañana, el sistema sigue saturado.
El lunes, cuando vuelvo, me toca el número 20 en la fila, según el recuento mutuo de los que estamos allí. Consigo entregar mi carpeta con el papeleo, feliz como nunca, tras cinco horas de espera. Todos los empleados detrás del mostrador observaban mi cara feliz.
Claro, la felicidad se transmite. Pero no siempre podemos ser felices. Y algunos estamos más inclinados que otros a la satisfacción.
Si tenemos suerte, sin embargo, alguien, en alguna parte, quizá un burócrata, nos da un pequeño empujón hacía la hora feliz y una buena Margaríta agria y fría en algún café o bar por allí en nuestro camino.
* Dorothy Dean Walton nació en Colquitt, Georgia. Graduada como B.A. en Letras Inglesas en la Universidad de Chicago, formó parte del consejo editorial de poesía de la revista The Chicago Review. Escribe ficción, guiones para cine y no-ficción creativa.
** Estos relatos también pueden encontrarse, tanto en inglés como en español, en el blog Third Place Cafe Stories (https://www.thirdplacecafestories.com), enfocado en “terceros lugares”, o espacios públicos informales que sirven de lugar de reunión y conexión para la comunidad.
AQ / MCB