Cultura

Mesas y tazas del misterio

La guarida del viento

El amor contemporáneo puede nacer en las pantallas, pero las cafeterías se mantienen como escenarios de los primeros encuentros, dando lugar a la intimidad pública y soledad compartida.

Las cafeterías son espacios públicos colonizados por la vocación privada de sus parroquianos. Es un territorio neutral, el de quienes no ofrecen sus casas o sus cuartos. Uno puede sentarse a cualquier hora del día y encontrar a familias con niños, colonias de amigos o amigas de cierta edad, algunos jóvenes que trabajan con su laptop (algunas cafeterías parecen oficinas colectivas), y eventualmente parejas de enamorados (aunque estos por lo general prefieren otros escenarios). O quizás eso era antes.

En el Día de los Enamorados, me siento con un libro a leer. Pronto me siento distraído por la pareja en la mesa de al lado. Los dos parecen venir de dimensiones distintas. El es afilado, angular, con una quijada extensa. Su rostro podría haber protagonizado con éxito una película de terror. Sin embargo, a veces muestra una luz risueña en los ojos. Ella, en cambio, es baja, sonriente, con un cerquillo. Me doy cuenta de que ambos están intercambiando las historias de sus vidas. La conversación cobra un tono dramático cuando se habla de las rupturas matrimoniales de ambos.

Trato de concentrarme en la lectura de mi libro, pero en este caso el espectáculo de la realidad es más interesante. Me doy cuenta muy pronto que estoy asistiendo a la primera cita de una pareja que se ha conocido por un aplicativo. En alguna época, cuando éramos jóvenes, uno conocía a sus futuras parejas en una fiesta o en un paseo. Hoy en las aplicaciones se hace un casting sentimental basado en la información que aparece en una pantalla. Estamos tan solos que el romanticismo necesita de la virtualidad.

Por otro lado, el café como escenario sigue siendo fascinante. Uno recuerda muchas obras de arte que han querido capturar su misterio. Recuerdo Antes de que se enfríe el café, de Kawaguchi Toshikazu. Esa novela que ha vendido más de un millón de copias se sitúa en una cafetería escondida en una de cuyas sillas uno puede regresar al pasado. Solo que el presente nos obliga siempre a regresar antes que se enfríe la taza.

Esa intemporalidad en el espacio está lejos de uno de los diálogos del cine más memorables. Es el que ocurre en Heat, la película de Michael Mann. Se trata de una conversación de diez minutos en una cafetería entre un policía (Al Pacino) y un delincuente (Robert de Niro), en el que ambos comparten ideas sobre lo que es una “vida normal” y la necesidad que tienen de matarse entre ellos. Ambos actores hacen gala de su tensión contenida.

Qué lejos está ese diálogo de la minuciosidad tierna que nos ofrece Van Gogh con sus maravillosos Café nocturno y sobre todo Terraza de café nocturno. Uno tiene ganas de entrar a ese cuadro para ocupar una de las sillas.

Vuelvo a la conversación de mis vecinos. Me ha encantado hablar contigo, le dice ella. Lo mismo digo, sonríe el hombre, mostrando por primera vez sus dientes afilados. No auguro nada bueno en esta relación.

AQ / MCB​

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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