Yo hablo sola; murmuro, me dicen, pero no es deliberado. A veces me descubro dándome instrucciones, avisándome lo que planeo hacer este o aquel día, decidiéndome a hacer alguna cosa. La voz de quien habla solo es una voz descalza, por decirlo así. Palabras que se van formando sin zapatos, sin que uno se dé cuenta, hasta que el piso frío o la voz de alguien más te obliga a mirarte, a reconsiderar: guarda silencio o di todo eso a otra persona, no al gato porque el gato no entiende. Hablarle al gato es un poco como hablar solo, aunque los gatos tienen esa manera tan curiosa de hacer como que responden, y uno cree dialogar con ellos.
La verdad da vergüenza porque no queremos ser como aquellos célebres locos de Nueva York que van hablando solos por la calle —no esos que en realidad están llamando por el celular sin que se note—, pero yo pienso que esos locos sí hablan con alguien que sale de su cabeza y lo imaginan ahí presente. Yo, por lo que me he escuchado, me doy instrucciones: ahora hay que sentarse a escribir la columna, no se me olvide que tengo clase el miércoles. A veces uno se da cuenta de alguna cosa y exclama “¡claro!” en voz alta: el soliloquio sale del cuerpo por necesidad y las manos descalzas gesticulan solas.
Hay un cuento de los hermanos Grimm, “La pastora de gansos”, que siempre me ha inquietado. La protagonista es una princesa que va camino del reino en el que se casará con el príncipe, pero su doncella la obliga mediante amenazas a cederle su identidad y le hace jurar al Cielo que no lo revelará. Llegan al nuevo reino y al verla el rey sospecha, pero ella, fiel a su juramento, no le dice nada. Entonces él le propone que le cuente su secreto al tubo de la estufa. El rey escucha desde el otro extremo y así se entera de que es una princesa sin que ella se dé cuenta: habla sola y así se desahoga. La pastora de gansos le habla sola al Cielo y le habla sola a una estufa; así dice su verdad.
No creo que hablar solo sea muestra forzosa de soledad, mucha gente lo hace para ordenarse la mente. Los escritores, por ejemplo; quizá escribir es también algo parecido a hablar solo, decir en la página las cosas que vamos pensando sin que haya nadie del otro lado. En ese momento, claro, porque después querremos que alguien lo lea, aunque a veces preferimos que quede en ese limbo, a la espera de que la forma nos convenza; les ponemos zapatos a las palabras y las echamos a caminar entre los otros. “Quien habla solo espera hablar a Dios un día”, escribió Machado, y ahora que lo pienso, el rezo es una manera —disimulada muchas veces— de hablar solo, excepto cuando se cree que Dios escucha o mejor aún, responde.
AQ / MCB