Cultura

Yo soy mi casa: Jeffrey Epstein, decorador de interiores en su mente

Ensayo

Al revisar fotografías de la mansión de Epstein en NY, el autor de este texto se pregunta: ¿Quiénes y cuántos dejaron marcas de sus pisadas sobre aquella escalera o esa otra? ¿Quiénes y cuántos entraron en los aposentos a los que conducen?

A través de la exposición virtual y para dominio público de su registro en fotografías-documentos, la mansión que habitó Jeffrey Epstein en Nueva York se abre en sugerencias estéticas en su diseño de interiores (o su, a veces, claro fracaso de intención artificiosa), que al mismo tiempo podrían dar pistas de influencia simbólica en el proceder ya en actos y hechos contundentes del magnate criminal. Para quien esto escribe tales sugerencias recalan invariablemente en la percepción de que a mobiliario, a colorísticas de muros y techos, a escaleras y puertas que admiten el trampantojo, se les otorgó en su momento, por parte de Epstein, la función de reflejo biográfico de su psique o pretensión instalacionista proyectiva de su persona.

Volcada ya hacia afuera, como parte judicial y ejecución de transparencia en evidencias sobre lo criminal, desinteriorizada por así decir, mediante su fragmentación iconográfica (una especie de desarquitecturación de la que alguna vez fue considerada “la joya de la corona de las casas de la ciudad”), la mansión en torpes tomas fotográficas del FBI son parte nimia en desarticulado lote visual de hasta los últimos rincones del inmueble, no exento de tomas casi repetidas y desprovisto de sostén explicativo o precisión adjunta de a qué nivel de los siete pisos que la construcción posee corresponde cada habitación (más de 40), cada sala de estar, cada baño, cada gimnasio, cada comedor, cada oficina, cada sala de oficina, cada uno de los anaqueles desperdigados en aquel u otro rincón o al final de largos pasillos con paneles de madera oscura, cada librero, cada expresión humana de lo siniestro glosada en materia inorgánica.

***

¿Quiénes y cuántos dejarían las marcas de sus pisadas sobre aquella escalera o esa otra, y quiénes y cuántos entraron en los aposentos a los que conducen? Alguien abriría la puerta de metálico enrejado en un ascensor para subir o bajar ¿a dónde?, o descorrería, una vez perpetrado algún abuso, el cortinaje en diseño a rayas en contrastantes colores de la habitación azul rey o de la de un rosa chillante y luego se acostaría en la sala de masajes en camilla plegable y ordenaría acercarse a alguien más.

¿Quiénes y cuántos irrumpirían en una gigantesca cocina de piso ajedrezado donde yacían dos refrigeradores de distinta altura en gemelidad forzada? ¿O qué libro extraerían de la biblioteca para navegar en ensoñaciones o pedagogías vía lo textual y pictórico? Quizá alguno sobre la vida del artista Marcel Duchamp o una monografía del pintor Modigliani, un manual de jardinería o una guía de viajero. Caravaggio en libro y un catálogo sobre el barroco alternan con títulos que se ofrecen como libros de consulta de su dueño a fin de procurarse métodos y aproximaciones a instrucción disciplinaria: Yoga for Men, Ballet, How Did They Do That.

¿Cómo penetrar visualmente a la habitación de paredes tachonadas con motivos florales azules (el dormitorio de Epstein) sin que en colores y formas el espectador de estas imágenes identifique alianza o aferramiento al referente o la narrativa expuestos en soportes mediáticos a partir de otros almacenes de la inmensa Biblioteca Epstein sobre lo que posiblemente ocurriera en estos recintos?

Ahora ascenderemos por el cubo de una escalinata y al avanzar por ella advertimos que del techo pende la escultura en bronce de una mujer vestida de novia colgada de una soga (sí, la misma que fuera puesta a la venta en 2025, por la casa de subastas Millea Bros, y en cuya ficha de venta se consigna como autor de la pieza al artista francés Arnaud Kasper. Se reportó como vendida en 2 500 dólares, sin el vestido de novia con que Epstein la había dotado). La escultura se alinea en coincidencia espacial a las imágenes en gran formato (¿fotografías?), colocadas en los muros en donde inicia un segundo nivel, suponemos, de la mansión y que muestran azul cielo infinito en convivencia con volúmenes nubosos.

¿Quiénes depositarían el libro extraído de la biblioteca encima de una mesa y pasarían a la sala de estar (una más) a cuyas paredes adornan fotografías en blanco y negro de Marilyn Monroe o Muhammad Ali, y a un costado una foto más, la de Audrey Hepburn? El nicho en donde se ha colocado la foto con la cara de Albert Einstein está en otra parte.

En otros tiempos, ¿qué mirada fue absorbida por el papel tapiz color azul o por el de tonos cafés con diseños romboides en las paredes? ¿Quién tocó o movió el crucifijo colocado al lado de un lavamanos? ¿Quién atravesó y cuántas veces, además del dueño, el dormitorio de cuyo techo pende una araña azul y en la que hay sofás curvos y encima cojines color crema y otros con motivos de tallos azules? ¿Quién interpretaría música en la sala de piano? ¿Qué atestiguó en otra habitación la inorgacidad de la cama de enorme cabecera cuadrangular? ¿Y por quién y cuántas veces se hizo acompañar o forzó acompañamiento quien se tendió en ella?

Mansión de Jeffrey Epstein
Sala de piano en la mansión de Jeffrey Epstein. (FBI via Wikimedia Commons)

De la alcoba de las flores ahora la mirada se dirige hacia una sala con comedor que tiene como techo una pérgola que brinda protección de un sol imaginario y a los lados de la mesa, equipales de ratán con respaldos de rojos tapices.

¿Quién tomó esas fotografías que adornan mesas y paredes y en las que aparecen presuntas víctimas abrazadas o cargadas por Epstein?

¿Cuántos pies calzaron esas pantuflas y cuántos y quiénes cubrieron sus cuerpos con esas batas de baño en hilera que cuelgan de la barra de un clóset?

Alguien, algunos, muchos quizá.

¿Quién sentado a un escritorio se posturaba frente a seis pantallas de televisión o de computadoras superpuestas? ¿Qué vio o qué vieron cuando estaban prendidas?

¿Quién revisaba lo que habían grabado las cámaras de vigilancia y quién clasificaba el resultado en imagen de acción criminal? ¿Desde cuáles habitaciones o esquinas de techos se realizaba el registro de realidad y representación performática simultáneas?

¿Quién utilizaría los sótanos con fines distintos a los de alojar sistemas de electricidad y pluviales, sistemas de calefacción y de grabación? Un entramado de mangueras como tripas que dan fe de la complejidad con que en exigencias de mantenimiento se le dotó a la construcción. ¿Quién vagó y a qué horas (y con qué propósitos) por estos espacios que por su cualidad utilitaria demarcaban desde su origen su condición liminal?

Hay un comedor con sillas forradas de tapiz leopardino para ocho personas. Allí, las paredes están revestidas con paisajes de montes nevados y admiten, en colocación que denota cierta jerarquía de evaluación artística, un cuadro con dibujo o grabado de un rostro ancestral, un anciano, quizá la representación de un sabio o un anacoreta con la cabeza gacha y sus largas barbas ondeando como impulsadas por un vientecillo que se originara fuera del marco.

Cuando vi las primeras mil fotografías judiciales que corresponden a esta casa ubicada en Manhattan mi imaginación, atizada por informaciones escritas sobre el caso Epstein, deseó ver una con alguna inscripción en alguna puerta que dijera: “Abandonen toda esperanza, ustedes que entran aquí”. No la encontré.

Por intuición programada o por prejuicio surgido del hervor mediático en que el caso Epstein aún bulle consideré hallar imágenes de instrumentos en cámaras de tortura. No hubo indicios tales.

Y por extravagancias pictóricas vistas en otros tiempos por mí y que atendí por motivos estrictamente artísticos y por influencias literarias tal vez, estuve a punto de trazar mentalmente semejanzas del interior de la mansión con un castillo transilvánico en cuyos pasillos vagara el fantasma de Erzebet Bathory, “La condesa sangrienta”, a modo de cameo concertado por Epstein como actuación especial de un caso criminal húngaro del siglo XVI en resonancia con este del presente. Renuncié a mi propósito imaginativo.

Lo demoniaco en la acción humana transita entonces vía los pliegues del detalle y sus sutilezas o creando confusión en derroches de artificio, pensé.

***

Es descomunal y más que a casa o mansión al ver la fachada uno la relaciona de manera más pronta a una fortaleza, un eufemismo con que eludimos a la muy posible ambición de su habitante de convertir el inmueble en castillo o palacio. Con exterior de piedra caliza, una superficie de 4,700 metros y siete plantas, el diseño y construcción surgieron de la mente del arquitecto Horacio Trumbauer. Fue su dueño original Herbert N. Strauss y hay datos que la dan por terminada en 1932. Se sabe que Strauss nunca vivió en ella y a su muerte, en 1933, quedó el inmueble con trabajos de ampliación cancelados. Los hijos herederos de Strauss la condonaron en 1944 a la Arquidiócesis de Nueva York a condición de que alojara un hospital. En 1989 fue adquirida por el acaudalado Leslie Wexner. La ocupó a partir de 1995 Jeffrey Epstein. Aunque afirmaba ser el propietario desde que se mudó a ella, hay evidencia de que en 2011 modificó su registro catastral como parte de un fideicomiso vinculado a Wexner y a Epstein a un fideicomiso controlado solo por este último.

Era una de las seis propiedades de Epstein, otras se ubicaban en Florida, Nuevo México (el “Zorro Ranch”) y dos islas privadas en las Islas Vírgenes, así como un departamento en París. La periodista Vicky Ward en su ahora muy referenciado reportaje “El talentoso señor Epstein”, publicado en Vanity Fair en el año 2003, la describió como paraíso de lujo terrenal al adjudicarle el mote de Xanadú neoyorquino, y rebosante de ecléctico estilo. Está ubicada en la calle 71 entre la Quinta Avenida y Madison y corresponde al distrito de Manhattan.

***

La primera fotografía judicial es la del sello de allanamiento en pos de evidencias sobre papel a la entrada de la mansión que estaría bajo registro por parte del FBI. Incluye la fecha de allanamiento: 6 de julio de 2019, casi inmediatamente después de la detención de Epstein, con cargos federales de tráfico sexual de menores, en el aeropuerto de Teterboro, en Nueva Jersey, cuando el magnate criminal aterrizaba en su jet privado procedente de París. Identificación del caso: 31E-NY-3027571. El Nombre del fotógrafo yace oculto con rectángulo en color negro. Dirección: 9 East 71st St., New York, N.Y. Y en la parte superior del papel, el escudo del FBI. Coloca el sello un par de manos con guantes negros. Las siguientes tomas captan la fachada del inmueble, su número: 9, y las iniciales del habitante-dueño: J E. Las siguientes tres fotografías muestran el forzamiento, por parte policiaca, de la puerta ya astillada tras el uso de una palanca.

Son las primeras fotografías del lote 1 de la llamada con gran acierto Epstein Library (biblioteca Epstein), que engloba millones de archivos generados por investigación del caso criminal de Epstein: documentos escritos, imágenes, correos electrónicos, libros de registros de clientes y transacciones financieras, videos explícitos, desclasificados y publicados vía internet por el Departamento de Justicia de Estados Unidos en su mayor parte en enero de 2026.

Es la fotografía marcada con el número 00000010 la que exhibe el vestíbulo que antecede a lo que es propiamente el interior del inmueble: unas escalinatas conducen a la puerta de entrada, ahora sí que a su corazón, sistema óseo y mayormente digestivo, pienso, y de cuyos muros laterales cuelgan dos enormes cuadros paisajísticos en dibujos o grabados. El del costado izquierdo: un monte nevado a cuyo pie lo rodean escasos árboles. En el derecho, formaciones rocosas rodeadas de agua y en sus picos, de nuevo, árboles. Se trata de paisajes de raigambre en técnica muy probablemente japonesa y parecen prefaciar la inmersión en uno de los remotos mundos epsteinianos, remotos por originarse en lo recóndito de la mente de un hombre, y materializado en muebles palaciegos, cuadros con composiciones pictóricas que inevitablemente se nos imponen en este contexto como prohibitivas, un tigre y un poodle disecados y esculturas de innoble asignación curatorial o como muestrario de fijación erótica metaforizada en esculturas de torsos femeninos blancos o azules.

Mansión de Jeffrey Epstein
Figura de tigre en la mansión de Jeffrey Epstein. (FBI via Wikimedia Commons)

Las tomas, quise pensar, seguirían una secuencia lógica de revelación ascendente en su propósito evidencial de la práctica del Mal. No hay tal orden. Tras el prólogo iconográfico vestibulario con paisajes de expresión muy taciturna, aparece fotografía de habitación u oficina que se halla inmediatamente tras el cruce de la puerta de entrada y en donde se colgó la ahora muy famosa pintura con la figura del expresidente Bill Clinton, a quien se le representa sentado en sillón y en tres cuartos de perfil, la mitad del cuerpo semirreclinada en el respaldo del mueble, con las piernas cruzadas por encima de uno de los descansabrazos, y con vestido de mujer en color azul eléctrico y zapatillas rojas, es decir en pose coqueta. Al nivel del mentón de su cara, sonriente Clinton semiextiende su brazo y señala o apunta con el índice ¿a quién? De fondo, los elementos de lo que podría ser una oficina: cortinaje y una ventana, una silla, todo en colores deslavados sin que por ello se cancele saturación. Según se ha consignado, este cuadro fue pintado por la artista australiana y residente en Nueva York Petrina Ryan-Kleid. La pintura ha sido aludida por algunos medios desde parámetros extraartísticos y muy afines a evaluaciones propias de lo judicial. Se le ha calificado como “infame”, o una réplica del gusto “retorcido” de su dueño, o como obra quizá comisionada por él mismo con miras posteriores a delatar o chantajear a Clinton. Lo cierto es que no es la primera obra en la que la artista aborda figurativamente a personalidades de poder. Si uno situara la pieza fuera del marco de los hechos criminales perpetrados por Epstein en o desde su casa neoyorquina, o más allá de evidencia judicial de los actos del financiero, claramente podrá verse que se trata de una obra con composición y distribución colorística irreprochables. Yo la imaginé expuesta en una galería o en un museo, un recinto neutral y no contaminante para la vista de un probable espectador que pudiera advertir y gozar su mérito estético. Una toma más clara, aunque incompleta, de este cuadro vuelve a aparecer en el lote revisado con el número 000000862.

***

La primera foto con el cuadro de Clinton precede a la entrada de una “oficina” (una de tantas) y acusa sospecha de evidencia al formar un ángulo con la parte de un escritorio sobre el que se halla un ensamblaje de pantallas de computadoras. Las verdaderas evidencias criminales podrían alojarse en millares y millares de imágenes y documentos resguardados en discos duros de esas computadoras, pensé.

Prosiguiendo en mi recorrido iconográfico encontré tomas de fragmentos de paredes de donde cuelga una y otra fotografías en blanco y negro de muy burda factura, otras a color de paisajes playeros; hay pasillos que parecieran no tener fin y en donde hay anaqueles con carpetas, u otros con bolsas transparentes con rollos de papel, envíos por paquetería aún embalados, clósets repletos de zapatos, botas para practicar senderismo, pantuflas, o clósets de los que cuelgan chamarras y otras prendas invernales. En un pasillo hay una escultura tamaño natural de un joven negro sonriente sentado en un banquillo. Hay también el registro visual de regaderas, lavabos, excusados, la parte superior de puertas semiabiertas, libreros distribuidos en diferentes habitaciones, la escultura de una cabeza de gorila empotrada a una pared, la fotografía de un gato, la de un hombre de la que podría deducirse que se trata del natural de un país africano. Más salas de descanso o de reunión, más habitaciones con mesas al centro, encima de ellas bowls desbordantes de caramelos, o una monografía sobre el erotismo en edición de Taschen. Y en varios otros recintos, tapices enormes con motivos heráldicos, lámparas de mesa al por mayor. El tigre disecado del que tanto se ha hecho mención en la desclasificación de los archivos Epstein aparece delante de un cortinaje blanco y a su alrededor pululan mesitas o gabinetes. Un mueble angosto y de gran altura, ostenta en su parte superior dos pequeños aviones.

En algunas habitaciones, deduzco convertidas en recámaras, hay cuadros con figuras femeninas al desnudo y no precisamente en posturas obscenas; las partes pudendas y los rostros de los personajes pintados han sido incluidos en práctica judicial censora protectiva. Imposible columbrar composición completa. Hay uno, que presenta a una mujer desnuda cayendo de cabeza a un vacío con el cuerpo levemente angulado, la cara y el pubis por supuesto con su respectivo rectángulo censor en color negro; por fondo, una avalancha de objetos, cacharros o herramientas de pintor. Sugiere a un Cristo femenino invertido conservando postura de crucifixión. No obtuve resultado al indagar sobre su autor.

En la fotografía marcada con el número 00000181 se captó la escultura en busto de personaje femenino en actitud beatífica. Una pieza más que, si se arranca al contexto de lo criminal, perfectamente se erige en obra de arte hecha y derecha.

***

El único objeto claramente vinculado a la práctica sexual que aparece en este conjunto de fotografías es un consolador de color rojo, colocado como por distracción en una superficie indiscenible de catalogar como mesa o parte superior de una cajonera. Y la única fotografía en la que identifiqué la captura de un espacio de diseño de interiores en clara expresión siniestra, asimismo vulgar, es en la que se registra la puerta abierta a una regadera, y junto a esta otra puerta abierta a un excusado, en donde alcanza a verse en una de sus paredes una fotografía de persona exhibiendo su cuerpo púber y portando solo una pantaleta, la persona tiene los brazos alzados y su rostro está cubierto con rectángulo invertido color negro. Junto a este espacio, y como parte ya exterior, una pared de la que emerge en empotramiento la escultura de una pierna y unos brazos atándose una zapatilla de ballet. Este fragmento de escultura me remitió a la fotografía de la biblioteca entre cuyos libros identifiqué el título Ballet.

***

En mi decisión de revisar las fotografías del lote que incluye el registro de la mansión de Epstein en Nueva York en mucho me envalentonó la ilusión de encontrar por mí mismo el arte en versión bidimensional entre los objetos que formaban parte de su diseño interior. ¿Lo encontré? No en la mayor parte de la casa; sí como casos excepcionales. Hay, por ejemplo, un cuadro de gran formato en la habitación identificada como de rosa chillante, y en el que sí puede advertirse a bote pronto, y con la moral a cuestas, una escena de libertinaje visual, pero artística: una mujer desnuda apoya su cuerpo boca abajo en un diván y mira fijamente a un joven desnudo en actitud de danzante, al costado de éste aparece otro personaje femenino también desnudo, la cabeza rodeada por lo que pudiera ser una gran burbuja, con una mano extendida sostiene un pequeño espejo frente a su rostro, hay dos palomas en vuelo a su alrededor. De fondo, un gran biombo tirando a mural con formas no discernibles en su mayor parte y junto a ellas la figura muy precaria en su composición de una mujer más. Este cuadro se puede ver completo en la fotografía 00000234. Y una más en el supuesto dormitorio de Epstein: un cuadro en reproducción al óleo de una ilustración de Jean-Gabriel Domergue titulada Mlle Spinelly.

Mansión de Jeffrey Epstein. ‘Mlle Spinelly’, pintura de Jean-Gabriel Domergue.
Habitación con una cámara en la esquina del techo y el cuadro ‘Mlle Spinelly’, de Domergue. (FBI via Wikimedia Commons)

Dado a la adquisición de arte falso o en reproducción de obras en técnicas distintas a las originales, Jeffrey Epstein tendía a ocultar nombres de autores (había en la mansión una pieza al óleo y de formato pequeño, que reproducía una descarnada cabeza masculina pintada en color naranja y que muchos han arriesgado a catalogarla como retrato de Donald Trump. Sin reconocimiento de autor, o pese a ello, fue también subastada en 2025 por la cantidad de 850 dólares).

Las sugerencias estéticas a las que aludí al principio de este texto, y proclives a dar pistas de influencia simbólica en el comportamiento patológico-criminal de Epstein, las acapara principalmente la representación tridimensional en intención instalacionista en decorados, mobiliario y su disposición espacial, que albergara la mansión de Epstein durante el tiempo que la ocupó.

***

Conocida originalmente como la casa Herbert N. Straus, la construcción en el Upper East Side de Manhattan, fue dada por terminada a finales de 1932, a casi nada de que se consolidara el nazismo con la llegada al poder de Hitler en Alemania en enero de 1933. Fue vendida en 2021 a un ejecutivo de la institución financiera Goldman Sachs en cantidad que rebasa los 51 millones de dólares. No hay información actualizada respecto a si ya concluyeron las renovaciones planeadas por su nuevo dueño.

***

“Un niño pequeño salió a jugar. Al abrir la puerta, vio el mundo. Al cruzar el umbral, provocó un reflejo. El mal nació. El mal nació y siguió al niño”. Se trata de la parábola que cuenta un personaje en la película Inland Empire de David Lynch. Al fragor surgido en aras de aprehender ecos y resonancias en los espacios habitados por Epstein en consonancia con algunas manifestaciones artísticas no ha faltado quien haya señalado similitudes en las casas habitadas por Epstein con los escenarios en los que transcurren las historias narradas cinematográficamente por Lynch y en donde palpita siempre una conceptualización del mal. Desde mi punto de vista nada hay de comparable entre la vida de uno y el arte de otro. Lo único en lo que se les puede aproximar es en que compartían el mismo signo zodiacal: Capricornio.

AQ / MCB

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.
Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto