Cultura

Mujeres tras la ventana | Prólogo a ‘Las horas vivas’

Fragmento

Ofrecemos el prólogo a ‘Las horas vivas’, de Mónica de Neymet, que después de cuarenta años reaparece con el sello de la UNAM.

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“Tú crees que porque estás inmóvil tu tiempo no pasa”, le dice un hombre a una mujer. Llamamos horas muertas al tiempo desperdiciado, a los ratos de aburrimiento, a no hacer nada que sea considerado “de provecho”. La primera y única novela de Mónica de Neymet, situada en 1961, retrata la vida de las habitantes de un edificio en Tacubaya. Es en esas supuestas horas muertas donde todo pasa.

Afuera se vislumbra una ciudad humeante, ruidosa. Se escuchan las canciones de moda —“Agujetas de color de rosa” o “Popotitos” —y conversaciones lejanas sobre la Revolución cubana. Los hombres desayunan en silencio, leyendo las noticias, preocupados por la economía nacional y las tensiones de la Guerra Fría. Tienen prisa, salen a trabajar con los licenciados, mientras que las mujeres se quedan en casa. El tiempo de los hombres es un tiempo vivo y vital. Hay que trabajar y después encontrarse con los amigos para debatir los temas que importan. Las horas de las mujeres, en cambio, resultan inútiles ante la mirada masculina. Matilde traduce los escritos de Egeria, una monja española del siglo IV que relata su travesía a Jerusalén. Sandra se perfuma, se aceita todo el cuerpo, se maquilla. Yolanda limpia, cocina, intenta calmar el imparable llanto de su bebé. Griselda sueña con su pasado, mezcla pesadillas con recuerdos terribles. Laura se pregunta si Mario la ama, si no ha cambiado de opinión sobre ella, si su mirada empieza a posarse sobre otras mujeres y en quiénes. Arriba, en la azotea del edificio, Lupe, María, Evelina y Tomasa lavan la ropa y esperan su turno para bañarse en las austeras y pequeñas regaderas, como si no pertenecieran al mismo edificio que las habitaciones de sus patronas.

La ciudad y su escándalo pasan a un lejano segundo plano. La vida es lo que sucede en calzada de Tacubaya 710, un edificio-pecera del que somos espías, testigos, voyeristas. Las historias presentadas en esta novela no son circulares ni terminan. Aun cuando llegamos al final de sus páginas es imposible saber si la vida de estas mujeres seguirá siendo la misma o si han podido sobreponerse a la tragedia que las persigue a todas en mayor o menor medida. Es, más bien, como mirar por la ventana de nuestros vecinos a determinadas horas. Y es que, ¿quién conoce en realidad a sus vecinos? Hacemos conjeturas a partir de los murmullos que traspasan sus paredes, de las discusiones telefónicas que escapan como un chorro de agua por sus ventanas, de los días en que las cortinas permanecen abiertas de par en par. Sin embargo, no podemos observar demasiado tiempo, pues correríamos el riesgo de ser descubiertos.

De Neymet es consciente del juego en el que sitúa al lector, e incluso sus personajes se rebelan al no querer ser vistas. “Yo no tengo rostro al que los demás puedan mirar: soy el hueco de la ventana”, enuncia una de ellas.

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Parecería que todas las mujeres de esta historia tienen un opresor en común: los hombres de los que huyen y a los que, aunque por momentos aman, no se atreven a confrontar. Sin embargo, estas mujeres no son aliadas ni iguales. Están las de los departamentos y las de los cuartos en la azotea. Las que leen y las que lavan. Las que pasan el día maquillándose para asistir a una fiesta en el Pedregal y las que solo encuentran un rato para salir cuando tienen que hacer el mandado. Se miran las unas a las otras con desdén, especulando, atravesadas por un pacto de clase que quienes se benefician de él no alcanzan a distinguir. Las horas vivas retrata una de las relaciones más complejas —y a veces crueles— que existen entre las mujeres: la de las trabajadoras domésticas y las patronas. Una relación asimétrica que, aunque puede ser cordial, siempre guarda la distancia de unas escaleras, las que llevan a un cuarto aislado del resto de la casa.

Aunque la novela fue publicada en los años ochenta y está situada en 1961, hablar de un pacto de clase no es una lectura anacrónica. Una vez más, la autora es consciente de dónde nos sitúa, y no es casualidad cuál de los personajes elige para ser la narradora —y después la escritora— de la historia. Matilde es la única de estas mujeres cuya vida económica está resuelta sin necesidad de un marido o de un trabajo. Es huérfana, pero recibe, mes con mes, un sobre con parte del dinero que sus padres dejaron para ella. Su preocupación más grande es escribir. Afuera es descrita como “demasiado seria, sin amigos, sin fiestas, como sin vida”.

En 1929, Virginia Woolf publicó A Room of One´s Own (Un cuarto propio), ensayo en el que declara que, para que una mujer pueda ser escritora, debe tener dinero y una habitación. Una habitación propia. Es decir, no depender de nadie. Hoy abro la copia empastada de Un cuarto propio que pertenecía a Mónica. Se trata de la traducción de Jorge Luis Borges de 1956. Bajo el título, en la portadilla, Mónica escribió su nombre y la fecha: “Mónica de Neymet, enero de 1959”. Lo habría leído a los 23 años, edad aproximada de Matilde, su protagonista escritora. Evelina, quien trabaja para Matilde, le dice a una de sus compañeras: “esta patrona recibe un cheque, cada mes, del dinero que le dejaron sus papás. ¡Qué buena suerte la de algunas!, porque si le tocan a uno papás pobres, pues se amuela”.

La declaración de Woolf se vuelve profecía. ¿Quién puede escribir y quién no? Evelina señala la suerte de Matilde: su habitación propia fue cuestión de azar.

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Mónica de Neymet, mi abuela, fue bautizada con el nombre de Rosa María. Al crecer decidió cambiárselo por Mónica. Rosa, Rosita, le parecía cursi. “No era yo”, decía sobre el nombre que sus padres habían elegido para ella desde antes de nacer. A esto sumo otra historia: una vez, de niña, lloró tras alguna pelea con sus hermanas o un incidente parecido —el motivo en realidad no es importante— y, de casualidad, se encontró con su reflejo en un espejo cercano. La imagen de su rostro hinchado y de los ojos enrojecidos le molestó tanto que se prometió a sí misma no volver a llorar. Quienes la conocimos sabemos que lo cumplió.

La focalización de los personajes en Las horas vivas es ágil, como si un viento ligero entrara por las ventanas del edificio y pudiera, durante unos minutos, atravesar a cada una de las protagonistas: ver sus sueños, sus recuerdos distantes, el rastro de todas las caricias sobre sus pieles. ¿Cómo escribir tal mosaico de personajes, de voces, de dolores de distinto matiz e intensidad? Quizá, pienso, no fue una tarea tan difícil para quien, desde niña, supo que podía trazar el personaje que quería ser. Tanto en su vida como en su obra —esta única y poderosa novela—, Mónica de Neymet cambió de nombre y de carácter las veces que fueron necesarias. Lo sabe cuando escribe: “Griselda se había llamado Otilia, Nancy, Maricela, dejando los nombres usados como se quitaba, alegre, despreocupada, un vestido para ponerse otro más lustroso y ajustado”.

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Las horas vivas es, exactamente, una novela de posibilidades. Leerla recuerda la sensación de caminar de noche y observar las lejanas ventanas de los edificios con la luz encendida. Observamos un pedazo de vida, la decoración de una sala, una televisión encendida, un árbol de Navidad. Somos ajenos a la vida que hay ahí adentro, pero por un instante, al mirar, nos envuelve el paisaje hasta volvernos parte de él.

Las horas vivas (prólogo), Mónica de Neymet. Colección Vindictas. Novela y memoria.

D.R. ©2026, UNAM/ DGPFE


Mariana Giacomán (Ciudad de México, 1998) es politóloga y escritora. Varios de sus cuentos han sido publicados en revistas digitales como El Cenicero de Ideas, Cuadrivio y Letralia. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023) y del programa Under the Volcano (2024). En 2022 obtuvo el primer lugar en la categoría “Cuento” del Concurso 53 de Punto de Partida de la UNAM. Es autora de las novelas Hay mucho humo en mi habitación (Floramorfosis, 2022) y Los malaventurados (Dharma Books, 2024).


AQ / MCB

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